El Covax se ha revelado como un rotundo fracaso, tanto para el Paraguay como para su propia misión fundamental: acelerar el desarrollo y la fabricación de vacunas contra el Covid-19 y garantizar un acceso equitativo a ellas para todos los países del mundo.
El Dr. Luis Roberto Escoto, representante de OPS/OMS en Paraguay, comunicó este jueves al ministro de Salud Pública, doctor Julio Borba, que el lote de 64.000 dosis de vacunas pertenecientes al mecanismo Covax que ayer mismo debía llegar al Paraguay, finalmente no arribará debido a problemas de orden “logísticos”. Y no sólo eso, sino que tampoco existe una fecha específica para su desembarco en el país.
A esta altura de los acontecimientos, estamos en condiciones de afirmar que el mecanismo Covax desnuda la completa incompetencia burocrática de los organismos internacionales de los cuales depende. Al menos en lo que respecta a su relación con nuestro país, ha fracasado completamente en el cumplimiento de sus obligaciones. Y ello desde el principio.
Ya en el mes de octubre pasado (hace casi medio año), el Paraguay pagó importantes sumas de dinero para adquirir las vacunas a través de este mecanismo, que está codirigido por la Alianza Gavi para las Vacunas, la Coalición para la Promoción de Innovaciones en pro de la Preparación ante Epidemias (CEPI) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), institución esta última, que en nuestra región opera a través de la Organización Panamericana de la Salud (OPS).
A partir de entonces, el vínculo de Covax con el Paraguay ha sido, cuando menos, frustrante y fracasado. Inicialmente, la OPS prometió al gobierno paraguayo que el primer lote de 36.000 dosis llegaría al país en la segunda quincena de febrero. Sin embargo, esta promesa no fue cumplida y el arribo de la vacuna se demoró un mes.
Es más, las vacunas recién llegaron al Paraguay luego de que su gobierno se viera en la necesidad de denunciar la situación en el transcurso de una cumbre presidencial de Prosur, en la que varios mandatarios de la región se comprometieron a interceder ante la OPS para que Covax diera cumplimiento a su palabra.
Este retraso derivó no solamente en una grave crisis sanitaria y política, sino que también tuvo efectos verdaderamente devastadores, por no decir lisa y llanamente criminales, en el sistema de salud pública del Paraguay. Por un lado, contribuyó al colapso de los hospitales y, por otro, a un número de muertes que sólo el transcurso del tiempo nos permitirá precisar.
El nuevo retraso del arribo de 64.000 vacunas implica no solamente una conculcación contractual inaceptable, sino también una peligrosa dilación en la aplicación de la segunda dosis para aquel personal de salud que ya recibió la primera, y que, para garantizar su inmunización, debe forzosamente cumplir el ciclo vacunatorio.
El Covax se ha revelado, pues, como un rotundo fracaso, tanto para el Paraguay como para el cumplimiento de su misión fundamental: acelerar el desarrollo y la fabricación de vacunas contra el Covid-19 y garantizar un acceso justo y equitativo a ellas para todos los países del mundo. El mencionado mecanismo ha demostrado ser un simple membrete que distribuye, a cuentagotas, las sobras de las vacunas acaparadas por las grandes potencias.
Bien es sabido que el acceso a las vacunas contra el coronavirus ha desatado lo que probablemente se conozca en el futuro como la primera guerra global del siglo XXI, un conflicto quizás más letal aún que los del pasado. Sin embargo, lo que Covax y la OPS han hecho con nuestro país no se compadece ni de las obligaciones que estos tienen para con sus estados partes ni de los vínculos contractuales que han asumido con el Paraguay.
El manejo del mecanismo Covax desnuda, una vez más, la completa ineptitud de la burocracia que los organismos internacionales sostienen, precisamente, con los recursos que sus socios les proveen. Paraguay, su gobierno y su pueblo, son hoy víctimas de este sistema decadente, incompetente e inmoral.
Urge que nuestro país eleve su más enérgica protesta, en todos los foros internacionales, contra el colosal fracaso de la OMS y el sistema económico mundial que ayer como hoy sigue postergando a los países en desarrollo.