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viernes, abril 4, 2025

Humanos embarazados de divinidad. Segunda parte

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El filósofo César Zapata presenta la segunda parte de un ensayo sobre la relación entre la divinidad, los absolutos y el pensamiento de Friedrich Nietzsche.

Ndera, exclamé internamente, cuando vi en mi wsp un audio de mi amigo Lucas Diel, doctor en filosofía y una de las personas más entendidas en el pensamiento de Nietzsche que conozco. Me preparé para escuchar amables objeciones respecto de mi lectura en la primera parte de este ensayo de la máxima «Dios ha muerto».

Sin embargo, no fue así, al contrario le pareció interesante y con ojo clínico me mencionó dos cosas: el pensamiento de Hegel y el concepto mismo de absoluto, Ufff, me salvé!!!, pensé, pero me quedó dando vueltas el asunto, porque efectivamente suelo mencionar a Hegel, a mis estudiantes de enseñanza media y justamente con el objetivo de darles insumos para que puedan imaginar el concepto de absoluto.

A los días después me escribe otro amigo, Alipio Domínguez, un colega licenciado en filosofía muy agudo que además maneja muy bien el alemán, y me pide bibliografía de algunos de mis dichos, sobre todo en relación con la opinión del santo chileno Alberto Hurtado, respecto a la crítica de Friedrich al judeocristianismo, no tuve otra que contarle una anécdota acerca de cómo tuve acceso a esos escritos, demasiado larga para escribirla aquí, no obstante me la reservo para otro momento.

Al final, todo quedó saldado y nuevamente quedé ileso,  pues me cuenta que recordaba que un amigo en común: Fabián Caceres, que está haciendo su tesis en Nietzsche, le había mencionado algo de un jesuita que interpretaba a Nietzsche como una renovación del mundo católico. Llamé a Fabián y me dice que él no conoce la obra de Alberto Hurtado, sino de otro jesuita: Jorge Manzano, que escribió un libro con el sugerente título: Friedrich Nietzsche. Detective de los bajos fondos (IBERO. Ciudad de México.2002) Y bueno me encuentro en deuda con la bibliografía de Alberto Hurtado, pero en otra oportunidad contaré la mencionada anécdota acerca de cómo llegué a sus escritos.

Ahora bien, en esta segunda parte intentaré precisar algunos puntos claves de mi  lectura sobre dicha sentencia.

Vamos al grano: si admitimos como posible que un Dios es producto del diálogo de una cultura determinada con el misterio del universo, con el absoluto ignoto que constantemente interpela a la bestia humana;  así por ejemplo Odín, desde este punto de vista, fue una representación encarnada entre el diálogo de la cultura vikinga y el misterio del universo, entonces es posible aceptar que es la cultura quien se embaraza de un Dios y lo hace con la fuerza suficiente para parirlo, mantenerlo vivo y dejarlo morir o asesinarlo en la decadencia propia de la temporalidad humana.

Pero para considerar esto no solamente habría que aclarar el concepto de representación, como lo hicimos medianamente en la primera parte de este ensayo a través de la figura de Schopenhauer y su influencia en Nietzsche, sino que, por sobre todo, esclarecer que objeciones o precisiones tenemos que tomar en cuenta respecto al concepto de espíritu.

Nietzsche pretende destruir con su martillo todos los absolutos, uno de ellos es el espíritu o el Yo o la  identidad. La identidad no existe como algo auténtico y perdurable (Deleuze, Nietzsche). La identidad es una máscara fabricada sobre la tensiones de fuerzas (pulsiones) que configuran y reconfiguran al cuerpo; por ejemplo: el enamoramiento de una idea y la acidez del estómago construyen una máscara que tiene la misma sentencia de los instantes, es decir es temporal, pues depende de la tensión de fuerzas, de las voluntades de poder (Mas allá del bien y el mal) que combaten en la interioridad de cada cuerpo individual.

Más allá del bien y el mal, célebre obra de Nietzsche

Sin embargo, frente a la máscara hay una corriente mas profunda en el cuerpo, ella es justamente la individualidad: una suerte de “sí mismo”, capaz de navegar en los distintos pliegues de las máscaras. Dicha individualidad en términos políticos es la prerrogativa para alejarse del rebaño (Así habló Zaratustra I parte) o lo que es lo mismo: la prerrogativa para darse cuenta que desde fuera hay ideas hechas para colonizarlos, para subjetivarse en nosotros hasta el punto de volverse invisibles y autoproclamarse como propias. Entender que nos manipulan es la mejor confirmación de que tenemos un reducto individual inmanipulable capaz de desenmascarar aquello que nos quiere convertir en rebaño.

En términos ontológicos la individualidad es una suerte de movimiento interno que se objetiva como un devenir que constantemente hiere a la inmovilidad parmenídea del Ser, dicho de otro modo es el dinamismo que no se deja congelar o definir, como diría Neruda: nosotros los de entonces ya no somos los mismos…

Pues bien, traslademos esto ya no a un cuerpo individual, sino a un cuerpo cultural.

La cultura es un ropaje complejo, y de manera isomorfa al cuerpo individual, Nietzsche le llama raza, sí, leyó bien: raza. El espíritu de un pueblo es la raza, concepto rematado a bala por el multiculturalismo por sus nefastas consecuencias.

La raza NO es biológica, es corporal, idea encarnada, voluntad encarnada, proyecto colectivo dinamizado por las individualidades, cuyo momento más excelso se produce  cuando puede embarazarse del misterio ignoto y parir un Dios. Pero, si puede parir un Dios, es un dios infectado de vida, que como tal tiene que morir. He aquí el punto que creo más interesante, pues es justamente en esta contradicción donde vibra el notable pensamiento del bigote prusiano.

Demoler a pedazos los absolutos con el martillo nietzscheano, implica que no se puede descartar la posibilidad de la emergencia de otros absolutos, pues si operamos de ese modo elevamos inmediatamente a dicha demolición como otro absoluto. Expresado de otro modo: el absoluto sería aceptar absolutamente que No pueden existir los absolutos.

Por tanto la destrucción no es absoluta, sino que es dinámica. Si Dios ha muerto hay que aceptar que otro Dios  puede nacer o, aún mas inquietante, que el Dios judeocristiano puede resucitar.

Hagamos un cierre abierto a todo este asunto: existe un misterio que de vez en cuando se devela como una divinidad (otras como razón) cuya composición es una mixtura, un dialogo del espíritu de una cultura con el cosmos. Dicha divinidad es un absoluto, sobretodo en el caso de las religiones monoteístas, pero herido de temporalidad humana, un absoluto dinámico condenado a muerte y en apertura a reconfigurarse o resucitar. Pienso que para Friedrich, los absolutos no se puede descartar del todo, pues si así se hace, aterrizaríamos  en el abismo de erigir el absoluto negativo de que no existen los absolutos.

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