Paranaländer vuelve a un tiempo originario, sacro, para contarnos el momento justo de su despertar filosófico-vital en un mundo de oficinas y yiyis venidas del país del frío.
Hubo un tiempo que hacía vida de oficinista, al filo de los 80-90. Leer sobre todo era mi pasar en esas largas horas de tedio oficinesco. En la calle, camino al banco, a efectuar un depósito o cobro, los kioscos me deslumbraban con sus novedades baratelis. Las yiyis que palmeaban con sus tics de esquimales exiliadas del Ártico, también desconyuntaban mi cabeza de su tenor racionalista. En suma, entre yiyis y libros, mi vida se hundía como rana en Pirareta en el tedio diario. Los libros hasta entonces eran abstracciones en mi vida sin sentido (Las yiyis nunca alcanzaron ese nivel de abstracción la verdad, pues eran muy susceptibles de dañar, lastimar, infectar, contagiar, dejar cicatrices en nuestros magros y abandonados cuerpos pos-adolescenciales). Los libros, pobre ánga, solo dejaban agujeros a lo más en los bolsillos descosidos ya al salir del mercado 4. Hasta que llegó el sacrosanto día en que un mísero libro de kiosco me tocó cual descarga eléctrica, pesadilla de fiebre infantil, o un episodio de Barnabas Collins en canal 9 Cerro Corá en la tele’i en blanco y negro… Ese libro estaba firmado por un ensayista rumano afincado en París llamado Emil Cioran (1911-1995).
Ya no era como los otros libros que me decían cosas que me tocaban superficialmente. Cioran era un pequeño demonio que había dado vuelta mi alma como una media. Me decía, el muy atrevido, todo lo que yo alguna vez había pensado y sentido sobre la puerca vida. Con una claridad fulminante y una transparencia inemendable. Quedé maravillado y devastado a la vez. Entendí, por fin entonces, que un libro puréte, genuino, era como una droga. Se servía por dosis cuantificadas, que según el caso saturaría o incluso llevaría a un coma al lector goloso.
Este acto zafado de pereversionar al guarani/jopara a Cioran es un homenaje a aquel primer deslumbramiento.
“Solo al insensato le parece un bien la vida” decía hace veinticinco siglos Hegesías.
He’i ymaite Hegesías, “pe tarovápe añoite ningo teko iporä”.
“Haber naufragado en alguna parte entre el epigrama y el suspiro”.
Ñañapymï kuri pyahë ha kachiäi pa’üme.
“Una sola cosa importa: aprender a ser perdedor”.
Peteï voínte la mba’e guasu jaipotáva: ehupyty pe arandu he’íva nde revaléiha mba’eve.
“Antes en una alcantarilla que en un pedestal”.
Tuyucuápe añamemby aikone araka peteï jokohapeári.
“Todo lo que está vivo hace ruido. ¡Qué alegato para el mineral!”
Oikóvaguive hyapu. ¡Ita kuéra iñakärapu’äpaite!
“La negación sollozante: única forma tolerable de negación”.
Jahe’o nambre: pea añoite tove mbarete.
“Cuanto más se vive, menos útil parece el haber vivido”.
Hetave jaikovo jahecha vyresa ha jaiko hague.
“Un libro es un suicidio diferido”.
Peteï kuatia ko ha’e hina che jejuka jejoko.
“No es posible decir nada de nada. Por ello es ilimitada la cantidad de libros”.
Mba’eve ndi katui ja’e mba’evére. Upévarengo chamigo ndo pamo’ái araka’eve la kuatia ñembohai.
“Perdimos al nacer lo mismo que perderemos al morir: Todo”.
Nda jarekovéima ñamanóvove pe jahejava’ekue ñane reñoivo kuri.
“Ser estéril, ¡y con tantas sensaciones! Perpetua poesía sin palabras.
Oikona chehegui pe kuña memby’ỹ ha oñandupaiteva la mundo. Purahéi ñe’ë’ỹ ndopavéimava.
“Me gustaría ser libre, inimaginablemente libre. Libre como un ser abortado”.
Mba’eichata mora’e nda che sä’ỹne. Sä’ỹ pe membycuäicha.
fuente. “El inconveniente de haber nacido”, Emil Cioran, 1973, Taurus, traducción al español de Esther Seligson.