A diferencia de otros periodos, en la ANR no existe una disidencia con proyección nacional. Wiens, Velázquez, y Pettengill aparecen en escena, pero sin bloque ni discurso común, mientras el cartismo mantiene la conducción y se proyecta hacia 2028.
Por: Héctor Gayoso
En otros momentos de la historia reciente del Partido Colorado, la disidencia interna no solo existía, sino que proyectaba liderazgo con fuerza real. Durante el gobierno de Horacio Cartes, Mario Abdo Benítez se consolidó como un referente joven y articulado, capaz de aglutinar un bloque legislativo con peso propio.
Bajo la administración de Abdo, Santiago Peña emergió como heredero natural del cartismo. Incluso, a comienzos del siglo, Nicanor Duarte Frutos abandonó el Ministerio de Educación para conquistar la Junta de Gobierno con un discurso endurecido contra González Macchi, que llegaba con claridad a las bases. Esa dinámica de alternancia interna, con liderazgos claros y bloques cohesionados, daba al partido la capacidad de reinventarse y disputarse a sí mismo el rumbo del país.
La evidencia empírica confirma esa tradición. Una encuesta de El Trueno en agosto de 2020 ya mostraba a Santiago Peña como la única figura del Partido Colorado con intención de voto relevante, junto a Payo Cubas y Kattya González en la oposición. Sucesivas encuestas de OIMA Data ratificaron luego ese posicionamiento como candidato, confirmando que el cartismo había encontrado en él a su referente natural. La candidatura de Peña no fue improvisada: se construyó en tiempo y forma, con respaldo y consistencia.
El contraste con la actualidad es evidente. A mitad del mandato de Peña, no existe un liderazgo disidente con proyección nacional. No se conocen encuestas que ubiquen a Arnoldo Wiens con un posicionamiento comparable al que alcanzaron Peña o Mario Abdo en sus momentos de ascenso. Tampoco tiene la performance ni la construcción de candidato que tuvieron sus antecesores, y está lejos de liderar estructuras reales de la ANR o bloques legislativos capaces de contrapesar al oficialismo. Luis Pettengill, por su parte, dispone de recursos económicos, pero su poca inserción partidaria limita cualquier proyección. Hugo Velázquez mantiene llegada al seccionalero, aunque esa cercanía constituye más un techo que un piso. Y Lilian Samaniego recorre el país con su “ambulancia republicana”, sin definir aún su apoyo a ningún presidenciable.
La disidencia, en consecuencia, no solo está fragmentada: presenta candidatos que superan la media generacional de los presidentes colorados post 2003 en un país joven, y carece de un discurso convocante. En rigor, no existe disidencia porque no hay figura aglutinadora ni proyecto de futuro. No se avizora innovación ni capacidad de proponer un coloradismo del siglo XXI que compita con el relato oficialista.
El cartismo, en cambio, está construyendo un modo de sucesión que devuelve centralidad a la ANR, frente a una oposición que no logra generar liderazgos ni espacios institucionales de incidencia por la impopularidad de sus referentes. A esta asimetría se suma un cambio institucional decisivo: la elección de la Junta de Gobierno ya no se realiza a mitad del mandato, sino al final, lo que impide la emergencia de un liderazgo alternativo en el corto plazo. Esa modificación refuerza el statu quo y consolida a Horacio Cartes como el gran elector hacia 2028, el “cabeza real de lista” que volverá a ordenar al oficialismo colorado en torno a su figura.
El Partido Colorado, que en otras épocas gestaba alternativas desde su propia disidencia, hoy no tiene un proyecto que dispute al oficialismo ni un liderazgo que lo encarne. Peña se consolidó como candidato desde el gobierno anterior gracias a una trayectoria respaldada en encuestas y en la conducción del cartismo. Hoy, en cambio, la disidencia es apenas una constelación dispersa de nombres, sin programa ni relato capaz de convocar. Frente a ese vacío, el oficialismo permanece cohesionado y el cartismo se proyecta nuevamente como el gran articulador del futuro colorado.



