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lunes, marzo 9, 2026

¿Solo en Paraguay? Leer sin comprender: una crisis global

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La frase “jóvenes que saben leer pero no logran entender los textos”, que encabezaba recientemente un suplemento de formación de El País, condensa una paradoja de nuestra época: la alfabetización formal avanza, pero la comprensión se desvanece. Jóvenes que leen sin comprender, que repiten sin elaborar y que reconocen las palabras pero no las ideas, son el síntoma visible de una mutación cognitiva y cultural que ya no distingue geografías ni sistemas educativos.

Un problema mundial, no una rareza local

La evidencia es contundente. El informe PISA 2022 de la OCDE muestra la mayor caída en comprensión lectora en veinte años: diez puntos menos en promedio respecto a 2018. En Estados Unidos, las evaluaciones del National Assessment of Educational Progress registran retrocesos equivalentes, devolviendo los niveles de lectura a los de hace tres décadas. La UNESCO advierte que más de 1.600 millones de alumnos sufrieron una pérdida de aprendizajes significativa, no solo por la pandemia, sino por un ecosistema digital que favorece la dispersión y la lectura fragmentaria.

Los estudios sobre lectura en pantallas confirman lo que se ha denominado screen inferiority effect: quienes leen en dispositivos comprenden menos, recuerdan menos y elaboran peor los textos que quienes leen en papel. Las causas van desde la fatiga visual hasta la pérdida de la memoria espacial del texto, ese anclaje físico que el libro ofrece y la pantalla diluye. La lectura digital no es necesariamente superficial, pero tiende a ser más rápida, menos reflexiva, más ansiosa.

En Paraguay, los resultados de la Evaluación Regional Comparativa y Explicativa (ERCE) de la UNESCO muestran que menos de la mitad de los alumnos de tercer grado alcanza niveles básicos de competencia lectora, y que en sexto grado la proporción disminuye aún más. Sin embargo, sería un error leer estos datos en clave de excepcionalidad o fracaso local. Lo que se observa en Paraguay es una manifestación del mismo fenómeno que afecta a toda América Latina y al mundo desarrollado: el debilitamiento global de la lectura profunda. Las alarmas sobre la comprensión lectora no deben interpretarse como un problema nacional, sino como un síntoma civilizatorio.

Contra el discurso apocalíptico

El discurso público tiende a la exageración moralista: jóvenes distraídos, pantallas culpables, inteligencia artificial como enemigo. Pero ese tono apocalíptico suele ocultar la complejidad del proceso. No se trata de nostalgia por el libro de papel ni de un rechazo irracional a la tecnología. Lo que está ocurriendo es una reconfiguración del modo en que procesamos el sentido. La lectura lineal, sostenida y argumentativa —base del pensamiento crítico— está siendo reemplazada por una atención fragmentaria y rizomática. No asistimos al fin del intelecto, sino a su reprogramación: la inteligencia se desplaza del esfuerzo reflexivo a la gestión veloz de la información.

Kojève y el retorno a la animalidad 

En este contexto, resulta iluminador volver a Alexandre Kojève, el filósofo que en sus Lecciones sobre la Fenomenología del Espíritu reinterpretó a Hegel desde la idea de que la historia humana es el proceso por el cual el hombre se emancipa de la animalidad mediante el trabajo, la negación y la búsqueda de reconocimiento. Para Kojève, la historia culmina cuando esa lucha cesa, cuando la humanidad alcanza la satisfacción plena en un mundo racional y sin contradicciones. En ese punto, el ser humano deja de transformar el mundo y se dedica simplemente a administrarlo. La dialéctica se apaga, la negatividad desaparece, y el hombre se vuelve un animal satisfecho: inteligente, pero sin historia.

Si se traslada esa idea al presente, la inteligencia artificial puede verse como el instrumento que acelera esa animalización del espíritu. Las máquinas no piensan en nuestro lugar, pero nos liberan —y al mismo tiempo nos privan— del esfuerzo de pensar. Externalizan las operaciones del logos: escribir, resumir, inferir, argumentar. Transforman la reflexión en consumo. El estudiante que pide a una IA un resumen de un texto no trabaja el sentido; lo recibe ya digerido, sin atravesar la mediación, la duda o la contradicción. En términos kojevianos, se trata de una forma de poshistoria intelectual: el hombre renuncia a la tensión del pensamiento para vivir en la comodidad de la respuesta inmediata. Ya no hay error, ni riesgo, ni esfuerzo; solo satisfacción cognitiva. El saber se convierte en un bien de consumo.

La tarea pedagógica en la era postcrítica

Ante este panorama, la educación enfrenta un dilema: adaptarse pasivamente al nuevo orden técnico o reconstruir las condiciones del pensamiento crítico. No se trata de prohibir la tecnología ni de añorar un pasado de tiza y papel, sino de repensar la mediación pedagógica. La inteligencia artificial puede ser una herramienta poderosa si se la integra como aliada del pensamiento y no como su sustituto. La escuela y la universidad deben volver a enseñar el arte de la pregunta, el sentido del error, la paciencia del concepto, la lentitud de la lectura. Comprender un texto es recorrerlo, discutirlo, desmontarlo; no obtener de él una respuesta instantánea.

En ese sentido, el aula del futuro no puede ser una oficina de administración de información, sino un espacio de resistencia simbólica frente a la automatización. Releer, discutir, comparar, escribir con esfuerzo: esas son las prácticas que devuelven humanidad al aprendizaje. El desafío no es tecnológico, sino antropológico.

Más allá de la animalidad satisfecho-digital

El drama de nuestro tiempo no es que los jóvenes no lean, sino que ya no necesitan hacerlo para sobrevivir. En la sociedad de los algoritmos, la comprensión profunda deja de ser una herramienta de supervivencia y se convierte en un lujo cultural. Pero si dejamos que eso ocurra, renunciaremos al último espacio de libertad que nos queda: el pensamiento crítico. La lectura no es solo una habilidad escolar, sino una forma de resistencia frente a la pasividad.

Como advirtió Alexandre Kojève, la historia termina cuando el ser humano deja de luchar por el reconocimiento. En esa clave, preservar la lectura profunda y la interpretación crítica es una manera de mantener viva la historia, de sostener la humanidad en un tiempo que tiende a reemplazarla por la eficiencia. Leer con atención —y enseñar a hacerlo— se vuelve, entonces, un acto político: un modo de defender la conciencia frente al sueño satisfecho de la máquina.

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