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viernes, marzo 6, 2026

Educar para un nosotros: la urgencia de reconstruir el relato nacional

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La democracia desmontó los viejos rituales patrióticos sin construir un nuevo relato que unifique a las generaciones. Hoy, la educación forma habilidades pero no pertenencia, dejando a jóvenes sin un horizonte común. Reconstruir un relato nacional es una urgencia cívica y pedagógica.


El proceso de democratización paraguaya no pudo proponer un relevo de relato nacional que tomara el lugar de la inculcación patriótica consolidada desde 1936 con la rehabilitación del Mariscal López como símbolo máximo de la nacionalidad. Se deconstruyeron “supuestos ideales autoritarios”, muchas veces con razones atendibles, pero a cambio se dejó a las nuevas generaciones sin un suelo común de héroes, mitos y sentidos compartidos. Se desmontó el viejo altar cívico sin ofrecer una nueva casa simbólica, y una República que renuncia a narrarse a sí misma termina a merced de la fragmentación: grupos que ya no se reconocen en un “nosotros” y jóvenes sin horizonte de pertenencia.

Aquí el concepto de paideia vuelve a ser decisivo. Como mostró Jaeger, en la Grecia clásica paideia no era solo “instrucción”, sino la formación integral del ciudadano: razón, carácter, sensibilidad estética, sentido de justicia y responsabilidad hacia la polis. Aristóteles definía al ser humano como zoon politikon, un animal llamado a vivir en comunidad, y por eso la educación tenía la tarea de modelar hábitos y virtudes que lo hicieran capaz de compartir un mundo común. Sin ese trabajo silencioso de formación, no hay civismo duradero ni comunidad política que se sostenga.

Paraguay tuvo en el pasado una narrativa nacional: la épica de la Guerra Grande, la memoria del sacrificio, la figura de López, el Chaco, las efemérides escolares, los rituales patrios que unían familia y escuela. Esa narrativa fue utilizada de forma autoritaria en distintos momentos, pero daba un horizonte de sentido. La transición democrática se concentró en desarmar sus excesos sin construir un nuevo imaginario compartido. Como diría Charles Taylor, dejamos vacante el “imaginario social” que permite a una sociedad reconocerse a sí misma, y, siguiendo a Durkheim, debilitamos la función de la educación como gran “agencia de socialización moral” que da cohesión al cuerpo social.

Hoy se insiste, con razón, en articular mejor educación y trabajo, competencias y empleabilidad, pero no es menos urgente reconstruir un cimiento nacional que impida el separatismo social, el tribalismo cultural y la soledad del individuo sin faros de pertenencia. Alasdair MacIntyre recuerda que solo podemos comprendernos como parte de tradiciones de virtud que se transmiten en comunidades concretas; sin ellas, el individuo queda librado a un mercado de identidades efímeras. La familia, en este marco, es la primera escuela: es allí donde se aprenden la lealtad, el cuidado, el respeto intergeneracional y las primeras formas de amor a la patria, a través de relatos, gestos y ritos cotidianos.

Una paideia paraguaya del siglo XXI debería pensarse como política de Estado que abarque todos los niveles educativos y que aspire, en la línea de Jacques Maritain, a una “formación integral de la persona”: intelectual, ética, cívica, espiritual y afectiva, siempre en relación con la comunidad. No se trata de volver a un nacionalismo excluyente, sino de un patriotismo potente que reconozca la dignidad de toda persona, valore la familia como núcleo básico de la sociedad y proponga el amor a la patria como compromiso activo con el bien común, por encima de las diferencias partidarias o de tribu cultural.

Llevar esto a la práctica exige revisar currículos y métodos, pero también lenguajes. La paideia de hoy debe habitar el mundo digital: documentales, podcasts, plataformas interactivas, videojuegos y redes pueden convertirse en espacios para que niños y jóvenes conozcan la historia de resistencia y grandeza del Paraguay, sus héroes y heroínas, sus tragedias y reconstrucciones. Al mismo tiempo, se necesitan experiencias concretas de encuentro: proyectos de servicio, hermanamientos entre escuelas de distintos contextos, actividades donde la familia participe y donde el amor a la patria no se reduzca a un acto escolar, sino se viva en obras, barrios y comunidades.

Si el Estado y las instituciones educativas renuncian a esta tarea, otros ocuparán el vacío: algoritmos que fragmentan, discursos que enfrentan, identidades cerradas sobre sí mismas. Recuperar la vigencia de la paideia no es un ejercicio nostálgico, sino una apuesta estratégica: articular libertad con memoria histórica, derechos individuales con pertenencia comunitaria, innovación con raíces profundas. Paraguay tiene una historia demasiado dura y demasiado grande como para dejarla en el olvido; hacer de esa historia una escuela de civismo, de amor a la familia y de amor a la patria es, quizás, la política educativa más importante que todavía nos debemos.

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