En el mes en que más nos movemos, el gobierno elige moverse primero. La decisión anunciada por el presidente Santiago Peña de bajar 300 guaraníes por litro en todos los combustibles de Petropar, y hacerlo además por duodécima vez desde que asumió, no es un gesto aislado ni una simple “buena noticia de fin de año”. Es la confirmación de una promesa de campaña: usar las empresas públicas y la política económica para cuidar el bolsillo de las familias paraguayas y sostener el consumo interno en un contexto mundial incierto.
No es menor que la medida llegue en diciembre, “el mes en que más te movés”, como sintetiza la campaña oficial. Es el mes en que las familias viajan para reunirse, se llenan las rutas, se planifican vacaciones cortas, se organiza la ida al interior para ver a los abuelos. Reducir el precio de todos los combustibles en este momento es un alivio directo y tangible: abarata el transporte público y privado, baja el costo logístico del comercio y del agro, y se traduce –aunque sea en márgenes pequeños pero reales– en más capacidad de gasto para consumo cotidiano. No es teoría: es plata que se queda en la billetera del ciudadano y circula en la economía local.
Además, hablar de la “duodécima baja” no es un juego de palabras. Desde 2023 Petropar viene encadenando reducciones sucesivas –de 250 y 300 guaraníes– gracias a una combinación de compras estratégicas y al uso activo de la empresa estatal como amortiguador frente a la volatilidad internacional del petróleo. Es exactamente lo contrario de la lógica de abandonar al consumidor “a la suerte del mercado”: el mensaje político es claro, el Estado no mira desde la platea, interviene para ordenar precios y defender la capacidad de consumo de la población.
Esta línea de acción dialoga con otro de los grandes compromisos del gobierno: Hambre Cero en las Escuelas. Cuando en 2024 se sanciona la Ley 7264, que crea el Fondo Nacional de Alimentación Escolar (FONAE), se da un giro histórico: se unifican recursos, se los blinda y se establece la universalización progresiva de la merienda y el almuerzo escolar hasta el noveno grado en todo el país. No se trata solo de garantizar que los niños coman mejor –que ya es enorme– sino de algo que impacta directamente en el consumo y en la economía real de los barrios.
Hoy Hambre Cero llega a más de 7.000 instituciones educativas en 263 distritos, beneficiando a alrededor de 1.050.000 alumnos. La inversión anual ronda los 370–375 millones de dólares y genera cerca de 60.000 empleos directos, muchos de ellos en las propias comunidades donde se compran alimentos, se cocinan las raciones y se organizan los servicios. Para las familias, que ya no tienen que financiar de su bolsillo almuerzo y merienda diaria de sus hijos, Hambre Cero funciona como un aumento del ingreso disponible: esos recursos se pueden destinar a otros bienes y servicios, desde cuadernos y ropa hasta pequeñas mejoras en la vivienda.
El impacto educativo también tiene un rostro económico. La evidencia oficial muestra mejoras significativas en retención y asistencia: en niños de 6 años, la retención subió de 77% a 94%; en los de 9 años, la asistencia pasó de 59% a 78%; y en los de 12 años, de 40% a 57%. Cada niño que permanece en la escuela gracias al incentivo de la alimentación escolar es un futuro adulto con más capacidades, más productividad y mejores salarios. Es decir, Hambre Cero no sólo “alimenta hoy”; está construyendo el mercado interno del mañana, con capital humano más calificado y menos desigualdad.
Para sostener esta política, el gobierno no sólo hizo la ley: la está financiando. El informe de cierre fiscal 2024 muestra cómo se inició Hambre Cero priorizando 90 distritos vulnerables y alcanzando unos 100 millones de raciones; el Presupuesto 2026 incorpora 657.000 millones de guaraníes adicionales para expandir el programa y consolidar la universalización. Mientras otros países recortan gasto social, Paraguay decide blindar justamente la política que más incide en la vida diaria de los hogares de menores ingresos.
La misma lógica de “cuidar el bolsillo sin descuidar la macro” aparece en otras decisiones recientes. La reducción de tasas aeroportuarias e IVA para importadores del régimen de turismo, por ejemplo, busca abaratar productos y dinamizar el comercio fronterizo, un sector que sostiene miles de empleos en ciudades como Ciudad del Este, Encarnación o Pedro Juan Caballero. La agenda de incentivos a la inversión productiva –con la actualización del régimen que sustituirá a la histórica Ley 60/90– apunta en la misma dirección: atraer capitales, generar empleo formal y dar más aire al consumo interno sin poner en riesgo la estabilidad fiscal.
Si se mira el conjunto, aparece una coherencia que muchas veces se pierde en la espuma del debate cotidiano. De un lado, un programa social emblemático que asegura que más de un millón de niños coman y permanezcan en la escuela, con recursos trazables y reglas claras. Del otro, una empresa pública como Petropar que, lejos de ser una carga, se convierte en herramienta antiinflacionaria para abaratar un insumo clave en toda la estructura de costos del país. En el medio, medidas fiscales y de incentivos que estimulan inversión y comercio.
Por supuesto, nada de esto resuelve de un día para otro problemas estructurales como la informalidad laboral o la brecha de ingresos. Pero sí marca un rumbo: un gobierno que entiende que la macroeconomía no es un cuadro de Excel, sino –como la salud– algo que se valora cuando se la pierde. La estabilidad sirve de poco si no se traduce en más capacidad de consumo, mejor nutrición y más oportunidades para las familias. La combinación de Hambre Cero y sucesivas bajas de combustibles es justamente la traducción de esa estabilidad en hechos concretos.
En un momento en que abundan los discursos antisistema que prometen soluciones mágicas, la estrategia de Peña apuesta a otra cosa: políticas públicas que se ven en el surtidor, en el plato de comida de los escolares, en el empleo del proveedor local que entrega frutas, verduras y carne al programa de alimentación. No es una revolución estridente, pero es una transformación silenciosa del día a día.



