Paraguay empezó a mover piezas en dos prioridades esenciales, la alimentación y la vivienda, mientras la tercera, el transporte público, sigue esperando su turno. Entre avances concretos y deudas pendientes, el desafío del gobierno es sostener la ambición donde más se juega la vida cotidiana.
Si uno observa las preocupaciones más elementales de cualquier familia paraguaya, aparecen siempre los mismos verbos. Comer, tener un techo, llegar. Comer todos los días, tener un lugar propio donde resguardar la vida y poder moverse por la ciudad sin que cada traslado sea una prueba de paciencia y resistencia. En torno a estas tres acciones, aparentemente simples, se define buena parte del destino de un país. Amartya Sen, Nobel de Economía, decía que la verdadera libertad empieza cuando las condiciones básicas de existencia están garantizadas. El Paraguay de hoy está intentando dar ese salto y convertir necesidades crónicas en políticas públicas reales.
La primera prioridad es Hambre Cero, quizás el avance más profundo en materia social de los últimos tiempos. Lo que propone el programa no es solo distribuir alimentos. Busca reordenar el sistema educativo desde una premisa elemental. Ningún niño puede aprender si llega a clase con hambre. Hoy la alimentación escolar cubre a más de un millón de estudiantes en miles de instituciones de todo el país. Para los padres significa alivio económico. Para los niños significa dignidad. Para el Estado significa entender que el aprendizaje empieza mucho antes de abrir el cuaderno. Hambre Cero no es caridad. Es política pública orientada a futuro.
La segunda prioridad, Che Róga Porã, intenta responder a una herida histórica, la dificultad de las clases medias emergentes para acceder a la vivienda propia. Con créditos más razonables, requisitos posibles y cuotas que se acercan al precio de un alquiler, el programa comienza a abrir una puerta que durante décadas estuvo cerrada para este segmento. Las primeras viviendas ya están siendo entregadas y, para muchas familias, lo que era un sueño improbable empieza a convertirse en un pedazo de suelo propio, escritura en mano. La vivienda no es solo un techo. Es la idea de permanencia, de proyecto, de pertenencia a un lugar.
Hambre Cero y Che Róga Porã comparten la misma intuición. La política debe intervenir en lo esencial y no solo en lo urgente. Un país mejora no cuando crece su PIB, sino cuando mejora la vida diaria de quienes lo habitan. Estos programas no están exentos de desafíos. Mejorar la calidad de los alimentos, garantizar la transparencia, acelerar los tiempos de entrega. Aun con esas tareas pendientes, el rumbo es reconocible. Se está actuando sobre lo que sostiene la vida, el cuerpo que se alimenta y la familia que se protege bajo un techo propio.
La tercera prioridad, la reforma del transporte público, sigue siendo la deuda abierta. El gobierno presentó un proyecto ambicioso. Renovación integral de flota, buses eléctricos, planificación estatal más fuerte, integración tarifaria, monitoreo en tiempo real. Sobre el papel es un salto necesario. En la práctica, el usuario aún no siente el cambio. Siguen las reguladas, los paros, los horarios impredecibles. El trabajador que madruga para cruzar la ciudad sigue sin ver el fruto de esas promesas. Y la política pública, para ser real, debe sentirse en el trayecto cotidiano, no solo en los discursos.
Estas tres prioridades, alimentación, vivienda y transporte, forman parte de una misma trama. No basta con que un niño coma mejor si pierde horas en un sistema de movilidad que no lo respeta. No basta con que una familia acceda a su hogar propio si cada día de trabajo empieza y termina en un colectivo que no llega. La dignidad no es un programa. Es un ecosistema. Y un ecosistema solo funciona si todas sus piezas se mueven.
Ser justos implica reconocer las dos caras del presente. Lo que ya empezó a cambiar y lo que todavía duele igual. Hambre Cero y Che Róga Porã ya están alterando, para bien, el paisaje social del país, en especial para las clases medias emergentes que por primera vez sienten que el Estado les habla en serio. El desafío inmediato es que el transporte deje de ser la promesa recurrente y pase a ser la mejora palpable que complete el trípode de lo básico. Comer, tener techo y poder moverse. Tres urgencias que, bien resueltas, ordenan todo lo demás.



