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jueves, marzo 5, 2026

La transición en Venezuela se juega, por ahora, dentro del chavismo

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En esta etapa de la transición venezolana, la oposición antichavista mira desde afuera porque el control del Estado sigue concentrado en el oficialismo reorganizado. El pulso decisivo está en las tensiones internas del chavismo y en la forma en que esa nueva cúpula gestiona la presión externa. Trump y Marco Rubio lo dejaron entrever con una señal política clara, hablar con quienes hoy tienen los mandos antes que apostar a un traspaso inmediato a la oposición.

El cambio más importante en Venezuela no es un giro del poder hacia la oposición, sino un desplazamiento del conflicto hacia el interior del bloque gobernante. La captura de Nicolás Maduro en una operación de Estados Unidos reordenó la cúspide, pero no desmontó el andamiaje estatal que el chavismo construyó durante años. Delcy Rodríguez fue juramentada como presidenta interina en un acto administrado por la propia Asamblea Nacional, presidida por su hermano Jorge Rodríguez, y con un Parlamento donde la oposición es minoritaria en gran parte por el boicot a las elecciones legislativas de mayo.

Ese detalle es la clave de la fase actual. Quien conduce una transición no es quien tiene mayor legitimidad democrática, ni quien tiene más simpatía internacional, sino quien puede dar órdenes que se cumplan. En Venezuela, hoy, esos resortes siguen dentro del oficialismo. La oposición podría denunciar, movilizar, exigir elecciones y disputar el sentido de lo que ocurre, pero no controla los instrumentos que convierten una consigna en gobierno. Esa es su condición de espectadora en esta fase, no como identidad permanente, sino como posición de poder en el presente.

El caso de María Corina Machado ilustra ese límite con crudeza.  Trump descartó trabajar con ella con un argumento revelador, no ideológico sino de fuerza. Dijo que no tiene apoyo ni respeto suficientes dentro del país. No hace falta compartir esa evaluación para entender lo que está señalando. Washington, en el arranque, privilegia interlocución con quienes hoy administran el Estado, no con quienes aspiran a reemplazarlo.

La postura pública de Trump fue incluso más explícita respecto del tipo de transición que imagina. En declaraciones recogidas por Americas Quarterly, afirmó que Estados Unidos “va a dirigir” el país hasta lograr una transición “segura” y “adecuada”, y en ese mismo contexto volvió a minimizar la viabilidad política inmediata de Machado.   La frase importa menos por su factibilidad que por lo que sugiere como orientación. Para Trump, lo central es controlar el rumbo del proceso, y ese control se ejerce tratando con quienes están sentados en el poder de hecho.

Marco Rubio reforzó esa interpretación desde otro ángulo, con un lenguaje de condiciones e incentivos. En ese sentido, Estados Unidos está listo para trabajar con el liderazgo existente si “toma la decisión correcta”, y que incluso consideró “prematuro” hablar de elecciones en ese momento.  Rubio precisa idea de que Washington no “administra” el día a día, sino “la dirección” del proceso mediante palancas como la política petrolera. Dicho más claramente, la prioridad inmediata es moldear el comportamiento del poder efectivo, no coronar a la alternativa opositora.

Por eso la transición, hoy, se decide dentro del chavismo. Y ahí está la verdadera complejidad. No existe un solo chavismo, monolítico y disciplinado, sino un conjunto de núcleos con intereses que se superponen y a veces chocan. Está el núcleo político institucional que se apoya en la continuidad legal y en la administración del Estado, el que puede juramentar autoridades, nombrar ministros, sostener la caja y gestionar la relación con actores económicos. Está el núcleo de seguridad, para el cual la prioridad es conservar el control del orden interno y evitar que cualquier apertura se transforme en una cascada de rendiciones, purgas o fracturas. Y está el componente militar, que en momentos de ruptura se vuelve el árbitro silencioso porque su cohesión define si el país entra en un reordenamiento controlado o en una fragmentación peligrosa.

Estas tensiones no se expresan necesariamente como discursos enfrentados en televisión. Se expresan como negociaciones sobre garantías, lealtades, control de información, nombramientos sensibles y manejo de recursos. El dilema es difícil. Si el oficialismo se cierra por completo, se expone a más presión externa y a más deterioro económico, con costos sociales y riesgo de fisuras. Si se abre demasiado, se expone al temor central de todo aparato de poder cuando pierde a su figura principal, que la apertura sea el inicio de una pérdida en cadena.

Delcy Rodríguez, en este tablero, aparece como una figura funcional a un equilibrio provisorio. Su valor es operativo. Puede ofrecer continuidad administrativa y, al mismo tiempo, explorar una negociación que reduzca asfixia económica sin presentar el giro como capitulación. Ese equilibrio es inestable y en dicha incertidumbre se juega hoy la política venezolana.

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