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jueves, marzo 5, 2026

Trump, el nomos de la tierra y los mares

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No fueron misiles iraníes ni un bloqueo naval lo que paralizó el 20% del comercio mundial. Fue un la negativa de las aseguradoras internacionales a cubrir riesgos de guerra en el Golfo Pérsico. El Estrecho de Ormuz, ese angosto paso entre Irán y Omán por el que fluye la mayor parte del petróleo del mundo, se convirtió en una ruta fantasma. Hasta que Donald Trump, con un anuncio en Truth Social, decidió que Estados Unidos no solo escoltaría los buques con su Armada, sino que también los aseguraría con el respaldo del Estado federal.

 

La medida es tan sencilla como disruptiva, dado que la Corporación de Financiamiento para el Desarrollo (DFC, por sus siglas en inglés) ofrecerá de inmediato seguros y garantías contra riesgos políticos “a un precio muy razonable” para todo el comercio marítimo que transite el Golfo, especialmente el energético. Si es necesario, la US Navy escoltará los petroleros. El objetivo declarado: garantizar “el libre flujo de energía al mundo”. El efecto colateral, mucho más profundo: desplazar el centro del poder asegurador marítimo global desde Londres hacia Washington y Wall Street.

El mecanismo que bloqueaba el estrecho no es militar, sino financiero. El consorcio mundial de aseguradoras, liderado históricamente por Lloyd’s de Londres (que suscribe cerca del 40% de la carga marítima mundial), retiró las coberturas de “war risk” ante la escalada del conflicto con Irán. Sin seguro, ninguna naviera se atreve a navegar. El resultado es un estrangulamiento invisible del comercio que ningún misil había logrado. Trump lo identificó al instante y actuó. Como señalaron analistas en tiempo real, esta no es una “falla de mercado”; es la guerra trasladada al terreno de los contratos.

Desde Schmitt hasta el Rimland de Spykman

Esta jugada trasciende la táctica inmediata y toca el núcleo de la geopolítica realista. Carl Schmitt, en su obra Tierra y Mar (1942) y especialmente en El Nomos de la Tierra (1950), explicó que la historia moderna es la historia de la lucha entre potencias telúricas (de la tierra firme) y talasocráticas (del mar). Gran Bretaña construyó su imperio no solo con cañones, sino con un nomos marítimo: el control de los “grandes espacios” oceánicos mediante el dominio financiero y jurídico. Londres no solo aseguraba los buques; definía las reglas del juego global. El seguro marítimo era, en esencia, la continuación de la política por otros medios.

Trump acaba de ejecutar una Seenahme (apropiación del mar) estadounidense del siglo XXI. Al respaldar con el Estado federal los riesgos que el mercado privado rechaza, Washington impone un nuevo orden en uno de los Großräume (grandes espacios) más estratégicos del planeta. Schmitt advertía que los imperios marítimos no toleran vacíos de poder; organizan el espacio según su propia lógica elemental. Estados Unidos, heredero de la talasocracia británica, no deja que el caos iraní desordene su nomos.

Lo reordena con dólares y destructores.

Esta lectura schmittiana se complementa con los clásicos del realismo geopolítico angloamericano. Alfred Thayer Mahan, en La influencia del poder naval en la historia (1890), insistía en que el control de los choke points -los puntos de estrangulamiento marítimo- decide la supremacía mundial. Ormuz es el ejemplo perfecto: quien lo domina, domina la energía global. Nicholas Spykman, el teórico del Rimland, completaba la visión: el poder no se juega solo en el Heartland eurasiático de Mackinder, sino en la franja costera que rodea ese corazón. El Golfo Pérsico es el Rimland por excelencia. Controlarlo no es solo cuestión militar; es también financiera y aseguradora.

Lo que estamos presenciando es, por tanto, un cambio de guardia en el nomos marítimo. Durante dos siglos, Lombard Street y Lloyd’s de Londres fueron el cerebro invisible del comercio mundial (y, según sospechas recurrentes, una fuente privilegiada de inteligencia para el MI6). Ahora, la DFC y Wall Street asumen ese rol. El golpe a Reino Unido es doble: pierde influencia económica y, potencialmente, capacidad de inteligencia sobre flujos globales. Trump no solo resuelve una crisis; redefine quién escribe las reglas del mar en la era multipolar.

Consecuencias que trascienden el Golfo

El impacto inmediato será la rápida normalización del tráfico marítimo y una probable baja en los precios del petróleo, que se habían disparado por la incertidumbre. Pero el mensaje estratégico es más duradero: en un mundo donde las guerras híbridas combinan misiles con sanciones y riesgos aseguradores, Estados Unidos demuestra que sigue siendo el poder marítimo decisivo. No necesita cerrar el estrecho; basta con abrirlo bajo su protección.

Carl Schmitt habría reconocido aquí la lógica elemental. El Leviatán estadounidense no permite que el caos terrestre (la guerra en Irán) desordene el espacio marítimo que define su poder. Otros realistas, desde Mahan hasta Spykman, verían confirmada su tesis central: quien controla las rutas marítimas y los instrumentos financieros que las hacen posibles, controla el siglo.

El Estrecho de Ormuz ya no está cerrado por el miedo. Está abierto por la voluntad de Washington. Y en geopolítica, como en el mar, quien decide cuándo y cómo se navega, escribe el nomos del presente.

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