El INAP es una institución pública creada para fomentar la industria audiovisual nacional, no para convertirla en altavoz de una sola cosmovisión. Y la cosmovisión que González Ramírez representa no es neutral, es una agenda que prioriza la deconstrucción de la familia, la ideología de género y el relativismo moral por encima de todo.
El Consejo Nacional del Audiovisual presentó una terna para dirigir el Instituto Nacional del Audiovisual Paraguayo que indigna a todo aquel que paga impuestos en este país. Encabeza esa lista Ramón González Martínez, activista LGBTIQ+ declarado cuya principal “obra” audiovisual es la serie documental Todo Mejora – La Serie (2020), un panfleto militante financiado para contar “30 años de activismo” con protagonistas como Yren Rotela y Mariana Sepúlveda.
Cada quien puede vivir su vida como mejor le parezca, es asunto privado y las garantías constitucionales de nuestro república lo respeta. Lo que no se puede aceptar es que la plata de todos los paraguayos se use para financiar proyectos cuyo fin principal es promover una agenda política específica y militante.
El INAP debería servir para desarrollar una industria audiovisual seria que represente y fortalezca a la sociedad paraguaya. Necesitamos una cultura que fomente la cohesión social defienda la familia y contribuya al crecimiento de nuestra población. No por cuestiones religiosas sino porque sin eso es imposible que Paraguay se convierta en una nación fuerte y soberana.
El INAP no debería ser un club militante. Es una institución pública creada para fomentar la industria audiovisual nacional, no para convertirla en altavoz de una sola cosmovisión. Y la cosmovisión que González Ramírez representa no es neutral, es una agenda que prioriza la deconstrucción de la familia, la ideología de género y el relativismo moral por encima de todo.
Paraguay necesita crecer, necesita más niños paraguayos que nazcan y se críen en familias que inculcan el amor a la patria, necesita cohesión social y no fragmentación identitaria. Necesita una cultura que una, que eleve, que construya. No una cultura que funcione como accesorio de la casta progresista que en el presente ha perdido toda fuerza política, legitimidad moral e incluso a sus grandes figuras del pasado.
Las políticas culturales que se financian con la plata de los contribuyentes deben tener un rumbo claro y definido. La cultura no es sinónimo de la cosmovisión decadente de ciertas vanguardias imaginarias. Es la expresión viva de nuestra historia nacional y de los valores que nos han sostenido como pueblo. El Ministerio de Cultura está obligado a rechazar esta terna y reiniciar el proceso desde cero, incorporando realmente a todos los sectores del audiovisual que quedaron afuera, especialmente a los productores con trayectoria.



