La foto de Lionel Messi con Donald Trump no explica a Messi. Explica al progresismo realmente existente, cada vez más incapacitado para leer el mundo, ordenar contradicciones y producir política. Lo que alguna vez quiso transformar la realidad hoy parece reducido a administrar escándalos culturales y exámenes de pureza moral.
La reacción progresista ante la imagen de Messi junto a Trump fue, una vez más, reveladora. No por lo que diga sobre Messi, ni siquiera por lo que diga sobre Trump, sino por lo que desnuda acerca de un espacio político e intelectual que hace tiempo viene perdiendo el sentido de proporción, la jerarquía de los conflictos y, sobre todo, el vínculo con la realidad.
Hay algo casi patético en esa escena repetida. El mundo atraviesa guerras, mutaciones geopolíticas, crisis de representación, nuevas derechas populares, fatiga democrática, reconfiguraciones tecnológicas y desplazamientos profundos del trabajo, de la cultura y de la autoridad. Pero una parte del progresismo cree que el drama central de la época pasa por auditar las fotos de los héroes populares como Messi, con el fin de tomas de posiciones de nicho hilarantes. Ya no organiza pueblo, ya no interpela mayorías, ya no disputa sentidos densos, ahora vigila gestos, fiscaliza proximidades, y finalmente emite certificados morales.
La decadencia está ahí, a la vista de todos. Lo que antes, al menos, se proponía pensar estructuras, intereses, clases, mediaciones e instituciones, hoy se consume en una ansiedad casi parroquial por determinar quién estuvo con quién, quién sonrió frente a quién, quién incumplió el protocolo de virtudes exigido por el pequeño clero digital de cada semana.
No es una mutación menor de una tradición que en sus pocos momentos de lucidez supo pensar y tener un proyecto de corte universal. Es una bancarrota de un espacio que mutó hacia un neopuritanismo sin Dios, y sobre todo, el síntoma de la pérdida de todo sujeto político relevante, cuyo efecto central es la pérdida de la la capacidad de distinguir entre lo central y lo accesorio.
Eso es hoy buena parte del progresismo cultural. Un ridículo dispositivo de expiación permanente que funciona como maquinaria de señalamiento y cancelación. Ya no se busca comprender el mundo, mucho menos transformarlo como pedía Marx, sino detectar manchas y clasificar contaminaciones, con el fin de establecer quién es puro y quién no.
Por eso la foto de Messi con Trump produce semejante temblor. Porque Messi no encaja en esa liturgia. Porque el ídolo popular, el héroe deportivo, la figura transversal, no acepta quedar reducido al papel de alumno obediente del moralismo progresista. Y entonces sobreviene la furia. No contra el poder real, no contra las estructuras efectivas de dominación, no contra los intereses que ordenan materialmente el mundo. Contra la ofensa simbólica de que alguien muy querido no se comporte como el manual indica.
La impotencia se vuelve entonces moralina, y la moralina, histeria, dado que se sobreactúa un drama para no admitir una impotencia. Se eleva el tono para ocultar el vacío y se castiga culturalmente porque no se puede construir políticamente. El viejo progresismo que alguna vez aspiró a ser inteligencia crítica de su tiempo ha quedado reducido a ser una patrulla semiótica, en modalidad juguete para niños, que confunde una foto incómoda con una tragedia civilizatoria.
La actitud se vuelve, además, penosa porque el mecanismo ya no asusta a nadie. Hubo un tiempo en que la sanción simbólica progresista podía intimidar, disciplinar o al menos producir incomodidad. Ese tiempo pasó, no porque la derecha haya ganado todas las discusiones, sino porque el moralismo automático perdió prestigio, densidad y eficacia. Sobre todo porque generó un hartazgo de todos los ordene, especialmente estético por el culto a la fealdad extrema de su cosmovisión.
Messi no está obligado a ser un referente ideológico de nadie, ni a tener coherencia política alguna, es un jugador de futbol que ganó todo y que debería ser tema de conversación de quienes aman tal deporte, antes que de comentaristas de la cultura de clase B.
Pero el problema, de vuelta, no es Messi con Trump. El problema es una constelación ideológica que, habiendo claudicado en la gran política, se aferra a la inspección moral de la cultura como último territorio de soberanía imaginaria. Como ya no puede ordenar el mundo, intenta al menos reprender a quienes lo habitan. Como perdió gravitación, se refugia en la amonestación que se hace en un jardín de infantes.



