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sábado, abril 5, 2025

El gusto por lo clásico

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«Las vanguardias, en su ceguera por la novedad, se opusieron a lo clásico partiendo de elementos técnicos, de los que nadie se acuerda, como un telégrafo, un tren». Por: Derian Passaglia

Hace algunos veranos enganché en la tele una escena de una de las tantas secuela de American Pie, la película de adolescentes para adolescentes por antonomasia. Los personajes habían crecido, estaban viejos como su público, y el argumento jugaba con eso. Adam Sandler, un cuarentón con camisa floreada en la playa, lleva a una chica en auto. Van despacio, hablando. Sus intenciones son claras, se la quiere levantar. Para hacer más agradable el ambiente pone música, como un lobo que conoce los trucos de su presa.

-¡Britney Spears! -dice la chica excitada. ¡Me encanta el pop clásico!

Adam Sandler queda recalculando unos segundos. ¿Cómo que Britney Spears es pop clásico si no habían pasado más que cinco, diez años de su surgimiento? El concepto de lo clásico que maneja la chica parece distinto al de Hegel. El arte clásico, para Hegel, son los griegos, las grandes obras de la antigüedad que fundaron las bases de la civilización moderna. Para la joven veinteañera de American Pie, lo clásico se remontaba a unos cuantos años atrás, y hasta podía ser un arte que tuviera vigencia en el presente, visto como algo retro, vintage. El clasicismo sería un arte del pasado que vuelve al presente resignificado, ya no como hit que suena en las radios y la rompe en MTV, sino como una excentricidad simpática para momentos especiales.

En uno de sus primeros artículos de los años veinte, Borges dice que los franceses inventaron lo clásico cuando lo llamaban así a Racine. Es una palabra elástica para Borges, a la que puede ir a parar prácticamente cualquier cosa. ¿Quién define entonces lo clásico? ¿Por qué Britney Spears es clásica, ahora, solo veintidós años después de Oops… I did it again. Quizá no tenga tanto que ver con el tiempo que pasa desde el momento en que surge la obra y sus condiciones de recepción, sino en su poder para transformar lo dado, la capacidad para cambiar y redefinir la cultura de un momento particular.

Algo clásico podría ser clásico así desde el momento mismo en que irrumpe en el mundo, o sea que podría ser nuevo y clásico a la vez. Las vanguardias, en su ceguera por la novedad, se opusieron a lo clásico partiendo de elementos técnicos, de los que nadie se acuerda, como un telégrafo, un tren. La novedad se entiende en la vanguardia como un objeto que antes no existía en el mundo, y que con su irrupción lo modifica, lo transforma. Esta forma de pensar la novedad no está lejos de lo clásico, y de hecho novedad y clasicismo se retroalimentan: las vanguardias pertenecen a la literatura más clásica del siglo XX.

Una novedad técnica como internet (novedad que ya tiene más de treinta años) funciona como lo clásico en la cultura, porque es capaz de conectar todo con todo y almacenar datos y datos, llega incluso a la sobrecarga. La información es ilimitada, verdadera o falsa (más falsa que verdadera), y se actualiza minuto a minuto. Antes que en un objeto, lo clásico puede buscarse en la mirada, que se vuelve hacia el pasado, un pasado contenido en el segundo que pasa, para mostrar que el presente es diferente e igual a lo que pasó.

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