¿La juventud le dice adiós al alcohol y hola al cuerpo como templo?
Los bares ya no son el escenario principal de los veinteañeros. No es un capricho ni una moda pasajera: los números lo confirman. En Estados Unidos, las encuestas federales muestran que el consumo de alcohol entre estudiantes de secundaria está en su punto más bajo desde comienzos de siglo. En Australia, la proporción de adolescentes de 14 a 17 años que beben de manera riesgosa cayó casi a la mitad en apenas cuatro años. En Europa, cada vez más jóvenes declaran abstenerse por completo y el descenso del consumo per cápita de alcohol desde 2011 es sostenido.
¿Qué está pasando? Para entender el fenómeno hay que mirar más allá de la estadística y detenerse en un concepto que parece haber regresado bajo nuevos ropajes: el ascetismo. Durante siglos, el ascetismo fue la práctica de la disciplina y la renuncia voluntaria, asociada al mundo religioso. Los monjes se privaban de la carne, el vino y la comodidad como forma de purificar el alma y acercarse a Dios. El sacrificio corporal tenía sentido espiritual.
Hoy, sin necesidad de monasterios ni reglas eclesiásticas, ese ascetismo reaparece en clave secular. El cuerpo ya no se disciplina para salvar el alma, sino para optimizar la salud, la apariencia y el rendimiento. Las rutinas de gimnasio reemplazan a los antiguos suplicios, las dietas sin harinas ocupan el lugar de los ayunos religiosos y el rechazo al alcohol se convierte en un gesto de coherencia con una vida “fit”. Lo que antes se llamaba penitencia, hoy se traduce en detox; lo que antes eran rezos, ahora son planillas de calorías y relojes que cuentan pasos. El sacrificio dejó de ser espiritual y se volvió práctico, inmediato y medible.
En este nuevo marco cultural, el alcohol sobra. Los datos encajan con esta transformación: en Estados Unidos, la proporción de jóvenes menores de 35 que consume bebidas alcohólicas cayó diez puntos en dos décadas. En Europa, la juventud lidera la reducción de la ingesta y en Australia más de la mitad de los adolescentes declara no beber. Incluso en América Latina, aunque persisten niveles preocupantes de consumo episódico excesivo, las tendencias comienzan a mostrar un retraimiento en las franjas más jóvenes.

La clave está en cómo se interpreta este ascetismo. Para algunos, es la señal de una juventud más responsable y consciente de su salud. Para otros, es una mutación del hedonismo: el placer ya no se busca en la embriaguez, sino en la performance física, en la estética cuidada y en la capacidad de control. La resaca perdió glamour, el six pack se trasladó del envase de cerveza al abdomen, y la noche de copas se reemplaza por la carrera de diez kilómetros.
Sea como sea, el cambio es evidente. Brindar ya no es sinónimo de beber y el ascetismo, lejos de las celdas monásticas, volvió a instalarse en la vida cotidiana, con un nuevo altar: el propio cuerpo.



