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sábado, marzo 7, 2026

La epopeya de Boquerón y el renacer de la patria

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Un día como hoy, el 29 de septiembre de 1932 culminaba, tras veintidós días de asedio, la epopeya de Boquerón. Allí, bajo el sol implacable del Chaco y con escasos recursos, el ejército paraguayo cercó la fortaleza boliviana hasta forzar su rendición. Los defensores, exhaustos, sin agua ni provisiones, no pudieron resistir más. El pabellón tricolor flameó en lo alto del fortín, anunciando la primera gran victoria paraguaya de la Guerra del Chaco.

El triunfo no fue producto del azar ni de la simple desesperación. Fue el resultado de la estrategia serena y firme del entonces teniente coronel José Félix Estigarribia, que prefirió la paciencia del sitio antes que un asalto suicida. Fue también el fruto del sacrificio de soldados campesinos y estudiantes, de hombres que, sin más armas que su fe en la patria, se lanzaron a la tarea de quebrar la voluntad de un enemigo mejor equipado. En Boquerón, la sed se combatió con ingenio y la falta de municiones se suplió con coraje.

Los testimonios recogidos en la época describen noches de combate a bayoneta, columnas que se infiltraban entre los pajonales y heridos que continuaban peleando a pesar de todo. Justo Pastor Benítez, escribió en Bajo el signo de Marte (1975): “El paraguayo… no es militar pero es guerrero”, y añadió que en Boquerón se probaba, más que la táctica, la fibra íntima de la nación. Sus crónicas resaltan cómo, en las noches chaqueñas, “se escuchaban los alaridos de los heridos, los estampidos aislados de los fusiles y el rumor de los hombres que, arrastrándose entre espinas, iban a buscar la vida o la muerte”.

Los detalles del sitio muestran la dimensión del sacrificio. Los paraguayos cavaron trincheras en círculo alrededor del fortín, estrechando el cerco cada día. La falta de agua fue un tormento para ambos bandos: los combatientes guaraníes recorrían kilómetros para hallar algún charco en los esteros secos, mientras los sitiados sufrían dentro de Boquerón hasta recurrir al líquido salobre de los pozos agotados.

La artillería paraguaya, limitada en número pero manejada con precisión, golpeaba sin descanso las posiciones enemigas. Hubo ataques nocturnos cuando las municiones comenzaban a escasear; los soldados se arrastraban entre los matorrales espinosos usando el silencio como arma. Durante los últimos días, las fuerzas bolivianas intentaron romper el cerco, pero fueron rechazadas con ferocidad. La aviación enemiga lanzó suministros, que en su mayoría cayeron en manos paraguayas. Cuando el hambre y la sed ya eran insoportables, la moral se quebró y el 29 de septiembre la guarnición se entregó.

Efraím Cardozo, en La guerra del Chaco, resumió la trascendencia del hecho con una frase que se repite hasta hoy: “La victoria fue de positivos efectos morales en el Paraguay”. Para Cardozo, Boquerón fue el renacimiento de la fe nacional, la prueba de que el país, tras medio siglo de vacilaciones, podía volver a erguirse. Natalicio González, en El drama del Chaco (1933), sostuvo que “Boquerón no fue solamente una victoria militar, fue la irrupción de un nuevo Paraguay”, señalando que en esas trincheras no se defendía solo un fortín, sino que se forjaba la conciencia de un Estado en proceso de reconstrucción.

La importancia de Boquerón no se limita al mapa militar de 1932. Fue el punto de inflexión de la guerra: desde ese día, el Paraguay dejó de ser visto como un contendiente menor para convertirse en protagonista. La confianza ganada en esas trincheras guió las campañas posteriores y cimentó la victoria final de 1935.

Pero su herencia más duradera se proyecta al presente. Boquerón enseñó que la unidad nacional puede superar cualquier carencia material. Forjó una identidad basada en la resistencia, el sacrificio y la fe en la patria. En un mundo globalizado, donde los pueblos corren el riesgo de diluirse en la uniformidad, Boquerón recuerda a los paraguayos la necesidad de fortalecer nuestra identidad cultural, de afirmar con orgullo lo que somos y de no renunciar jamás a nuestra memoria histórica. Y como ya lo había presagiado Juan E. O’Leary en Nuestra epopeya, obra de 1919: “El Paraguay es un pueblo de héroes. La desgracia lo hizo grande y lo mantendrá inmortal.” Boquerón, trece años después, confirmó en los hechos aquella visión profética del apóstol de la causa paraguaya.

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