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jueves, octubre 15, 2026

Las penas de amor del Partido Colorado

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Las internas coloradas se encuentran en una deslumbrante fase de calentamiento afectivo que tiene todos los ribetes de una telenovela de la siesta, con algunos pasajes propios de una película muda de intriga, de esas de clase B donde los personajes se miran fijamente, gesticulan y desaparecen detrás de una puerta.

Por el momento, toda la comunicación política se realiza mediante fotitos. Una reunión, una sonrisa, un abrazo, una silla vacía, una mano sobre el hombro: todo adquiere una significación extraordinaria. Los dirigentes parecen haber renunciado al uso de la palabra para confiar sus mensajes a las artes visuales, aunque nadie sabe muy bien qué quieren decir.

Por supuesto, también existen declaraciones, pero se utilizan las palabras para evitar toda referencia concreta. Se habla casi balbuceando de los tiempos, del respeto, del duelo, de los compromisos, de los sentimientos, de las lealtades, de las infidelidades masculinas de la política, sin que nadie consiga precisar absolutamente nada.

La palabra palabrea, como la nada nadea, según aquella célebre fórmula del antiguo rector de la Universidad de Friburgo, filósofo que habría encontrado en las internas coloradas un campo extraordinario para sus investigaciones sobre la inautenticidad.

Aquí todo es posible porque nada está definido: los candidatos anunciados no anuncian, los candidatos desplazados cuentan historias de bullying y desamor, mientras los dirigentes ensayan una hermenéutica de la imagen que haría palidecer a los grandes intérpretes de las Sagradas Escrituras.

Lo verdaderamente extraordinario es el carácter rigurosamente prepolítico de toda esta controversia. Entre “la vida me engañó” y todos “los hombres son iguales”, se mueve hoy la cúpula colorada, en sus desconsoladas intervenciones.

Todo transcurre en una atmósfera tribal de afectos contrariados y exhibiciones de poder con menos originalidad que los globos en un cumpleaños infantil.

Hay, finalmente, una transformación cultural que merece ser destacada. El viejo coloradismo, tantas veces acusado de representar la virilidad hegemónica, el patriarcado y las formas más ásperas de la autoridad masculina, se encuentra ahora dominado por una sensibilidad sentimental que sus antiguos caudillos difícilmente habrían reconocido.

Los herederos de una tradición de hombres fuertes discuten quién lastimó a quién, quién dejó de querer a quién y quién debe pedir perdón para que la familia vuelva a reunirse.

Todo un progreso en materia de deconstrucción de la masculinidad tradicional, aunque bastante modesto en términos de pensamiento político.

A este paso, el célebre abrazo republicano tendrá que ser reemplazado por una terapia de pareja donde se aprendan técnicas de respiración y modos de vibrar con energías positivas en este mundo desencantado.

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