La intervención de ueno bank devolvió al paraguayo una duda que llevaba más de veinte años sin sentir, la de saber si su plata está segura en el banco. El consenso económico construido desde 2003, que respetaron gobiernos de todos los signos y que llevó al país al grado de inversión, hoy está roto. Reconstruirlo exige medidas urgentes desde el sector público.
Quien tenga algunos años encima recuerda las crisis bancarias de 1995 y de 2002, los bancos que cerraban de un día para otro y los ahorristas que hacían fila frente a puertas cerradas. En ese Paraguay, mucha gente prefería guardar sus ahorros en la casa antes que en una cuenta, y tenía buenas razones para hacerlo.
En 2003, con el gobierno de Nicanor Duarte Frutos y las cuentas públicas en rojo, el país tomó un rumbo que marcó su historia económica reciente. Se decidió proteger la economía de los factores exógenos, empezando por la política, y apostar siempre por lo técnico. Ese mismo año se aprobó la ley de garantía de depósitos y resolución de entidades financieras, la misma que hoy se aplica en el caso de ueno.
Esa apuesta país sobrevivió a quien la inició. La respetó Fernando Lugo, que llegó desde la vereda opuesta, y también Federico Franco en un período de fuerte turbulencia política. Horacio Cartes la sostuvo con disciplina fiscal y Mario Abdo Benítez mantuvo el mismo camino. Fueron gobiernos con diferencias profundas en casi todo, pero ninguno se animó a tocar las bases de la economía.
Los resultados de esas dos décadas se reflejan en un crecimiento sostenido, en una reducción de la pobreza que alcanzó a cientos de miles de familias y en un sistema financiero sólido que atravesó crisis internacionales sin grandes sobresaltos. El histórico grado de inversión que obtuvo el país vino a coronar todo ese recorrido.
Hubo además un logro que no aparece en las estadísticas. En estos años, a algunos paraguayos les fue mejor y a otros peor, como pasa en cualquier economía, pero la posibilidad de una debacle país había desaparecido de la cabeza de la gente. Sacar la plata del banco por miedo dejó de ser una preocupación cotidiana, y las generaciones más jóvenes crecieron dando esa tranquilidad por sentada.
Esa confianza se rompió. Los motivos serán materia de investigación y este editorial no pretende adelantarse a ella. El hecho concreto es que un banco con cerca de tres millones de clientes, más de la mitad de la población adulta del país, amaneció con sus cuentas y tarjetas congeladas, y las filas volvieron a las puertas de las sedes. A partir de ahora, el paraguayo promedio, el que cobra su sueldo por transferencia y tiene sus ahorros en una cuenta, va a pensarlo dos veces antes de depositar su dinero.
Una economía emergente como la nuestra no puede permitirse esa duda, porque de ella dependen el ahorro, el crédito y la inversión. La respuesta tiene que llegar con urgencia desde el sector público, con el pago puntual de las garantías a los depositantes, con información clara y constante, y con una señal firme de que el sistema financiero vuelve a quedar en manos de criterios técnicos.
En 2003 el país partió de una situación mucho más difícil que la actual, con un Estado sin recursos y una población que no creía en sus bancos, y aun así logró salir adelante con reglas claras, instituciones técnicas y una dirigencia capaz de ponerse de acuerdo en lo esencial. Es momento de reencauzar el camino y volver a los pasos que hicieron fuerte a nuestra economía.



