Pensar que la gente vota solo por una ayuda o un favor es quedarse con la mitad de la historia. La política también se sostiene en comunidades vivas, en lugares donde se comparten servicios, aprendizajes, deportes y celebraciones. Hoy, con una sociedad más informada y conectada, el clientelismo ya no alcanza para entender por qué las personas eligen como eligen.
Desde 1989, el Partido Colorado ha atravesado derrotas y victorias. Perdió la presidencia en 2008 frente a Fernando Lugo; cedió intendencias en Asunción, Ciudad del Este y Encarnación, además de gobernaciones en distintos departamentos. Si el voto colorado dependiera únicamente de intercambios clientelares, ¿cómo se explicarían esas caídas? ¿Acaso los “favores” dejaron de repartirse en esos años? La evidencia contradice esa lectura simplista.
La tesis del clientelismo como explicación total del comportamiento electoral resulta cómoda, pero poco convincente. ¿Qué pruebas sólidas la sostienen como razón suficiente? La realidad paraguaya del siglo XXI muestra algo distinto: una sociedad en transformación, con una clase media en expansión, conectada al mundo, más informada y con capacidad de evaluar alternativas. ¿De verdad se puede creer que cientos de miles de paraguayos deciden su voto únicamente a cambio de prebendas? Esa hipótesis desconoce los cambios sociales y culturales del país, y reduce la complejidad política a un estereotipo.
Si miramos más de cerca, la fortaleza del Partido Colorado no está solo en su capacidad electoral, sino en algo más profundo: su dimensión asociativa. Alexis de Tocqueville advertía que la vitalidad de la democracia no depende únicamente de las instituciones del Estado, sino también de la existencia de asociaciones que tejen vínculos y hábitos de cooperación. ¿Qué son, entonces, las seccionales coloradas sino asociaciones vivas, presentes en cada barrio? Allí se dictan cursos de idiomas, robótica y oficios; se organizan partidos de fútbol; se celebran cumpleaños de 15 o aniversarios; se ofrecen bibliotecas y residencias para jóvenes del interior. ¿No es esto una forma concreta de capital social, un espacio donde la política se confunde con la vida comunitaria?
Bajo la conducción de Horacio Cartes, esta lógica histórica fue reactivada y modernizada. El Partido Colorado volvió a presentarse como una comunidad abierta a todos los paraguayos, sin distinción. ¿Qué significa esto en términos prácticos? Que cualquiera puede acudir a una seccional no solo en campaña, sino en cualquier momento del año: para formarse, para celebrar, para compartir. Esta continuidad en la presencia territorial explica por qué el partido sigue siendo el más influyente del país: no se enciende cada cinco años, sino que acompaña la vida cotidiana de sus miembros y simpatizantes.
El contraste con los partidos de oposición es inevitable. ¿Dónde están sus estructuras? ¿Qué ofrecen más allá de consignas y reacciones coyunturales? Mientras la ANR multiplica espacios de encuentro, los demás partidos suelen limitarse a declaraciones, a momentos de indignación que se disipan rápidamente. Carecen de seccionales activas, de locales abiertos a la comunidad, de vínculos que atraviesen generaciones. ¿Cómo construir alternativa política sin presencia territorial, sin comunidad organizada?
Por eso la explicación del clientelismo como razón única es no solo reduccionista, sino también ciega frente a las evidencias. El Partido Colorado es más que un vehículo electoral y más que una identidad afectiva. Es un entramado complejo de servicios, afectos, celebraciones y aprendizajes compartidos. Es la fuerza de una comunidad política que se ha mantenido viva en el tiempo, incluso cuando perdió, porque su esencia no depende solo del resultado electoral, sino de la densidad social que la sostiene.
¿No será, entonces, que lo que persiste en Paraguay no es un “electorado comprado”, sino una comunidad política organizada, con sus contradicciones y tensiones, pero también con una vitalidad que los demás partidos no han sabido construir? La pregunta incomoda, pero la respuesta es clara: reducir la ANR al clientelismo es desconocer la realidad de un partido que, con todas sus luces y sombras, sigue siendo el actor social y político mejor organizado del país.



