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viernes, marzo 13, 2026

La oposición paraguaya: una geopolítica tan mediocre como su política doméstica

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En política exterior, como en la vida de los Estados, no existen las amistades eternas ni los enemigos perpetuos: existen los intereses permanentes. Así lo entendieron Tucídides, Morgenthau o Kissinger, y así lo entienden las naciones que se respetan. Pero en Paraguay, buena parte de la oposición parece guiada no por la razón de Estado, sino por una moralina importada, una sensibilidad superficial que confunde diplomacia con sentimentalismo y termina sacrificando los intereses del país en el altar de las causas del día.

La indignación selectiva

La reciente condena al gobierno por mantener su alianza con Israel no obedece a un pensamiento estratégico, sino a la emotividad progresista que transforma todo conflicto ajeno en una causa doméstica. Esa sensibilidad —dictada desde las redes y los organismos internacionales— se activa solo cuando conviene: llueven pronunciamientos sobre Gaza, pero nadie se inmuta por los niños que mueren a diario en Sudán, por las masacres en Tigray, o por el infierno humanitario del Congo, donde milicias explotan el coltán que alimenta los celulares y autos eléctricos que el mismo progresismo idolatra como símbolo de “transición verde”.

¿Dónde están las marchas? ¿Dónde los manifiestos? No los hay. Porque no hay cámaras ni trending topics. El dolor africano no genera likes, y el progresismo regional solo se conmueve cuando los reflectores del antisemitismo marcan la agenda. Se trata de una moral de ocasión, no de principios.

Realismo y desarrollo: aliados que suman, no consignas vacías

Paraguay no puede darse el lujo de jugar a la diplomacia simbólica. Debe pensar en alianzas que produzcan transferencia tecnológica, cooperación en seguridad, innovación industrial y soberanía alimentaria.

Israel representa todo eso: conocimiento, tecnología aplicada, investigación científica, desarrollo agrícola de vanguardia y defensa inteligente. Por el contrario, el romanticismo del “antiimperialismo” aliado a grupos como Hamas solo ofrece atraso, fanatismo y destrucción.

Confundir empatía humanitaria con alineamiento político es un error de principiante en geopolítica. La solidaridad con las víctimas no obliga a legitimar a los verdugos. En eso radica la diferencia entre el moralismo y la política exterior de un Estado serio.

El doble estándar chino

Paradójicamente, los mismos sectores que claman por derechos humanos y autodeterminación de los pueblos guardan silencio ante la política neocolonial de la República Popular China. Mientras condenan al Occidente democrático, celebran a un régimen de partido único que impone cláusulas onerosas a los países latinoamericanos: control de sus puertos, cesión de soberanía sobre infraestructuras logísticas y endeudamientos condicionados que hipotecan generaciones enteras.

China no regala, compra voluntades y captura posiciones estratégicas. Sus “préstamos blandos” incluyen anexos que aseguran el control de terminales marítimas, la gestión de redes de fibra óptica, y la infiltración económica en sectores críticos. Eso no es cooperación: es subordinación.

En cambio, Paraguay ha sabido sostener una relación coherente, transparente y solidaria con Taiwán, basada en el respeto mutuo y en la cooperación real. Los programas de becas, las inversiones productivas y, ahora, la nueva Universidad Politécnica Paraguayo-Taiwanesa, son ejemplos concretos de una alianza que forma capital humano, transfiere conocimiento y fortalece la soberanía tecnológica nacional.

No es casualidad que los países que apuestan a la educación técnica y la innovación sean los que más crecen: ahí está la verdadera batalla del siglo XXI.

El mito del “factor geopolítico” en las sanciones a Cartes

El endeble relato opositor intenta ahora explicar el levantamiento de las sanciones internacionales a Horacio Cartes como una maniobra geopolítica, una decisión ajena al mérito o al contexto nacional. Pero olvidan —o fingen olvidar— que esas mismas sanciones también respondieron a una política de intervención e injerencia de la administración Biden, orientada a debilitar al Partido Colorado y modificar el equilibrio político del Paraguay.

Fue una operación diplomática que buscó aislar al coloradismo bajo el disfraz de la “lucha anticorrupción”, cuando en realidad se trató de un intento de desestabilización política que fracasó. El resultado fue el contrario: el pueblo colorado cerró filas y la oposición quedó reducida a la irrelevancia más profunda desde el retorno de la democracia.

El error de cálculo fue monumental. Se creyó que Paraguay podía ser tratado como un peón menor en el tablero hemisférico, ignorando la densidad institucional y la cohesión social del Partido Colorado. Las sanciones no quebraron al coloradismo: lo consolidaron. Y hoy, con el restablecimiento de la legitimidad internacional de su líder, la narrativa opositora se derrumba. Pretenden explicar con conspiraciones lo que no logran asumir con autocrítica: su incapacidad para construir poder propio.

El país posible frente al país declamativo

Mientras el gobierno busca articular una política exterior con sentido estratégico —basada en la cooperación tecnológica, la seguridad energética y la apertura de mercados—, la oposición se refugia en una diplomacia de consignas, donde cada causa global se adopta como bandera local, aunque nada aporte al bienestar del Paraguay.

La política exterior no puede ser un espejo de las emociones del día. Se construye con visión, no con hashtags. Paraguay debe hablar el lenguaje de sus intereses, no el de las modas ideológicas.Y en ese terreno, el realismo no es cinismo: es la forma más alta de responsabilidad nacional.

Solo una política guiada por la razón de Estado —no por la ansiedad moral del progresismo— podrá garantizar que el país sea dueño de su destino en un mundo que, una vez más, se divide entre quienes piensan estratégicamente y quienes solo reaccionan.

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