El Partido Colorado atraviesa un momento de hegemonía política indiscutida del movimiento Honor Colorado, pero esa fortaleza expone también un fenómeno inverso: la disidencia se ha quedado sin voz, sin relato y sin propósito.
Hoy es un archipiélago de liderazgos sin magnetismo. Colorado Añeteté impulsa a Arnoldo Wiens, Fuerza Republicana sostiene los restos de la estructura de Hugo Velázquez y Causa Republicana gira en torno a Lilian Samaniego. Ninguno de estos espacios logra sintetizar un discurso, una narrativa o una identidad que les permita disputarle al oficialismo el control del imaginario partidario.
Durante el gobierno de Horacio Cartes (2013–2018), Mario Abdo Benítez protagonizó un momento importante de la disidencia colorada contemporánea. Su liderazgo, articulado en torno al movimiento Colorado Añeteté, representó una apuesta política con base en las estructuras tradicionales del partido y apeló a la identidad republicana del coloradismo. Ese proceso culminó con su triunfo interno en 2017, que evidenció la capacidad del partido para producir alternancia sin fractura.
Posteriormente, durante el gobierno de Abdo Benítez (2018–2023), el binomio Horacio Cartes–Santiago Peña se consolidó como la nueva disidencia, con una estructura sólida, una narrativa definida en torno al eje de la modernización y la recuperación pospandémica. Este sector no solo reorganizó el partido, sino que recuperó el poder interno y nacional, imponiéndose electoralmente al abdismo, a la oposición y a la injerencia del gobierno de Biden, que intentó condicionar la política paraguaya mediante sanciones y presiones diplomáticas. El triunfo de Honor Colorado fue una afirmación de soberanía política frente a un intento externo de tutelaje, y marcó el fin de una etapa.
Desde entonces, la disidencia colorada no ha logrado reconstruir una identidad política capaz de representar un proyecto nacional de poder. El anticartismo, que durante un tiempo funcionó como su eje moral y emocional, colapsó por diferentes razones, pero tuvo su tiró de gracia cuando se levantaron las sanciones internacionales al presidente de la ANR.
El relato que había hecho de la crítica al expresidente Cartes su única bandera se quedó en el desierto de la irrelevancia. Lo que antes era un discurso de oposición se transformó en un eco vacío, sin idea de país, sin horizonte y sin identidad política.
El caso de Arnoldo Wiens refleja con nitidez ese agotamiento. Fue un ministro con buena gestión, al frente del Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones, que exhibió resultados concretos en obras e infraestructura. Sin embargo, eso nunca se tradujo en liderazgo político. A pesar de la visibilidad y el peso del cargo, Wiens no logró posicionarse como figura de proyección nacional ni disputar seriamente la candidatura presidencial de 2023 a Hugo Velázquez.
Pero el problema de Wiens va más allá de su falta de arraigo político: está asociado a la bancarrota de un sector que apostó a subordinar la política interna paraguaya a los comunicados de las embajadas. Su figura encarnó la expectativa de que una intervención norteamericana resolvería, desde afuera, lo que no se podía construir desde adentro. Esa visión -ajena a la tradición partidaria- chocó de frente con el ADN nacionalista del Partido Colorado, que históricamente se forjó en torno a la soberanía, la autodeterminación y la defensa del interés nacional.
Su precandidatura anterior terminó surgiendo a partir de un hecho externo a la dinámica nacional: la decisión de la administración Biden de intervenir en el proceso político paraguayo, forzando la salida de Velázquez en el momento en que la candidatura del exvicepresidente ganaba fuerza. Esa condición de candidato de emergencia, más producto de un episodio internacional que de una construcción política interna, dejó en evidencia la fragilidad de su liderazgo.
Tras ese episodio, la disidencia quedó atrapada en una retórica sin contenido. Se limita a ser una repetidora sin fuerza de los argumentos de los medios anticolorados, sin advertir que ese discurso carece de resonancia en las bases de la ANR. La disidencia es un eco precario e inexpresivo de líneas editoriales que no tocan la fibra íntima del afiliado colorado.
Incluso la oposición no colorada —fragmentada y errática— al menos balbucea una resaca trasnochada del antiimperialismo en clave anti-Trump, una forma anacrónica de resistencia simbólica frente al nuevo orden mundial. La disidencia, en cambio, ha quedado muda, porque nunca tuvo un proyecto político: lo único que tuvo fueron expectativas de intervención extranjera que sacara del juego a Horacio Cartes. Su fracaso fue el de un sector que confundió la diplomacia con estrategia y la tutela externa con liderazgo.
Ese agotamiento discursivo tiene consecuencias estructurales. La disidencia no habla del país, de la educación, del empleo, del desarrollo ni del futuro tecnológico. No discute el papel del Paraguay en la región ni el destino de su economía. Se limita a una impugnación testimonial, rutinaria, sin pensamiento estratégico. Y mientras el partido avanza con una agenda de modernización, la disidencia envejece aferrada a un léxico que ya no expresa nada.
Si pretende sobrevivir, deberá abandonar de una vez por todas el eje de confrontación con el presidente del partido, Horacio Cartes, y salir de la zona cómoda del discurso prestado. No hay futuro para una corriente que viva de la negación del otro. La disidencia debe reinventarse: renovar sus figuras, reencontrar su vínculo con las bases y construir una agenda que hable de lo que verdaderamente importa a los colorados -la economía familiar, el empleo, la seguridad, la educación, la presencia del Estado en los territorios.
El Partido Colorado ha demostrado que puede sobrevivir a sus crisis porque sabe regenerarse. Si la disidencia quiere volver a existir dentro de él, debe dejar de ser un reflejo cansado del poder que critica y transformarse en una corriente con ideas, con visión y con sentido histórico. De lo contrario, seguirá siendo lo que hoy ya es: un residuo cada vez más débil de un pasado que ya no vuelve.



