La aprobación de la eutanasia en Uruguay no es un hecho aislado ni un simple avance legislativo. Es un signo inequívoco de que un país hermano ha decidido alinearse, de manera trágica, con el proceso de disolución moral que atraviesa al mundo occidental. Bajo la máscara de la compasión y la bandera de la “libre elección”, se consagra la idea más peligrosa de nuestra época: que la vida humana es un bien disponible, sometido al cálculo del dolor, del costo o de la conveniencia. Así, la muerte se vuelve un servicio, y el Estado, su garante.
Ese es el mismo hilo que une al aborto, a la eutanasia y a la disolución de los lazos familiares: la transformación de la libertad en pura autonomía, en el poder solitario de decidir sin deberes hacia nadie. Se nos enseña que ser libre es no depender de los otros, no tener vínculos, no cargar con el peso del cuidado ni con la responsabilidad de continuar la vida. Pero la libertad que no reconoce límites, la libertad que no se ordena hacia el bien común, deja de ser libertad: se vuelve un vacío. El progresismo contemporáneo ha hecho de ese vacío su religión. Ha sustituido la búsqueda del sentido por la adoración del yo, ha hecho de la voluntad individual su divinidad y de la corrección política su catecismo.
Ese progresismo, que se proclama emancipador, termina por deshumanizar. Elogia la libre decisión mientras olvida la preeminencia de la comunidad. Defiende la autonomía mientras destruye los vínculos que hacen posible la vida. Habla de compasión mientras normaliza el descarte. En nombre de la libertad, celebra el aborto; en nombre de la dignidad, promueve la eutanasia; en nombre del progreso, disuelve la familia. Pero un pueblo sin hijos, sin comunidad y sin raíces no es más libre: es un pueblo moribundo.
Europa encarna con crudeza ese extravío. En los Países Bajos y Bélgica, jóvenes piden morir por episodios de tristeza o rupturas amorosas. Lo que antes eran pruebas formativas, momentos de crecimiento y maduración, se han convertido en razones para desistir. Canadá, convertida en un modelo de “muerte digna”, ofrece la eutanasia a personas con discapacidad o a quienes viven en pobreza extrema, incapaces de costear una vida digna. Y en los países nórdicos, los adultos mayores son tratados como un problema presupuestario: su vida se mide en términos de gasto sanitario, no de valor humano. En nombre de la eficiencia, se normaliza el descarte de los que ya no producen.
Uruguay, al legalizar la muerte asistida, se aliena de forma nefasta con esa línea de suicidio civilizacional. Se suma a un Occidente que envejece y se extingue porque ha perdido su voluntad de vivir. Paraguay no puede -ni debe- seguir ese camino. Somos un país joven, con una reserva espiritual viva, donde la familia sigue siendo el corazón de la comunidad. Pero si no actuamos, si cedemos a la propaganda que convierte la vida en un objeto de consumo, terminaremos atrapados en la misma lógica nihilista que ya domina en Europa.
Nuestro país necesita políticas públicas afirmativas de la vida. No solo leyes que impidan matar, sino políticas que promuevan vivir. Debemos fortalecer la natalidad con políticas de acompañamiento real a las familias: subsidios por hijo, redes de apoyo para madres trabajadoras, incentivos a la paternidad responsable, viviendas accesibles para familias jóvenes, programas educativos que dignifiquen la maternidad y no la presenten como un obstáculo, sino como una vocación social. Debemos invertir en centros integrales de acompañamiento y cuidados paliativos que aseguren que ningún enfermo muera en soledad ni en desesperación. Debemos ofrecer atención psicológica, espiritual y médica que restituya el sentido del cuidado. La compasión no se legisla matando: se practica cuidando.
Un Estado moderno no es el que provee la muerte bajo protocolo, sino el que garantiza condiciones para vivir con dignidad. Un país que ofrece la eutanasia en lugar de asistencia social, el aborto en lugar de apoyo a la maternidad, y la soledad en lugar de comunidad, no está avanzando: se está suicidando.
No debemos dejarnos engañar por la retórica vacía del progresismo, que ha convertido la libertad en licencia y la dignidad en derecho a desaparecer. Esa libertad negativa, ultraliberal y autorreferencial, destruye el alma colectiva porque desliga a la persona de todo deber con el otro. La verdadera libertad es relación, no aislamiento; es compromiso, no indiferencia; es pertenencia, no soledad.
Paraguay tiene la oportunidad de convertirse en faro en medio de esta oscuridad. De afirmar, con la fuerza de su tradición y su fe, que toda vida merece ser vivida; que la comunidad es más fuerte que el dolor; que la familia es el santuario donde el ser humano aprende a ser libre. Necesitamos un patriotismo que vuelva a colocar la vida -toda vida- en el centro del proyecto nacional.
En una época que llama progreso a la desaparición de los débiles, defender la vida es un acto de resistencia y de esperanza. El futuro pertenece a los pueblos que todavía creen en algo más grande que sí mismos. Y Paraguay, si quiere conservar su alma, debe proclamarlo sin miedo ni titubeos: aquí la vida no se negocia, se celebra.



