WIRED, la revista que mejor supo contar la tecnocultura desde dentro, publicó hace unos años un artículo que parecía una broma pero era una radiografía espiritual: “The Shamanification of the Tech CEO”. El antropólogo Manvir Singh observaba que los ejecutivos de Silicon Valley han empezado a comportarse como chamanes: ayunan, se aíslan, se purifican, renuncian al placer, todo bajo la apariencia de optimización personal. En lugar de templos, tienen coworkings. En lugar de incienso, suplementos de magnesio. En lugar de dioses, algoritmos.
La escena podría hacer reír, si no fuera tan melancólica. Es la versión premium del desierto espiritual del mundo moderno: seres que, habiendo reemplazado la trascendencia por la eficiencia, buscan en la privación corporal la señal de un alma que ya no escuchan. Como si el ayuno intermitente fuera una forma de penitencia laica. Como si en cada detox se insinuara, sin saberlo, un intento de expiación.
El hombre moderno —decía Kierkegaard— no ha dejado de creer: ha olvidado en qué creer. Lo que vemos en los templos de vidrio de Silicon Valley no es descreimiento, sino una religión desplazada. Donde el cristianismo occidental proponía la gracia, ahora se impone la productividad; donde prometía redención, se promete longevidad; donde había silencio orante, hay silencio con AirPods Pro. Elizabeth Holmes, con su voz de apóstol y su mirada de mesías fallida, fue una versión posmoderna de la profetisa: no vendía sangre, vendía salvación científica.
Singh cita un estudio antropológico que muestra que en el 81 % de las culturas tradicionales, los chamanes se someten a restricciones alimenticias o sexuales para alcanzar poderes sobrenaturales. En Palo Alto, los CEO ayunan, meditan y se “desintoxican” de dopamina con el mismo fin: conquistar lo invisible, dominar el azar, otorgar sentido. Pero la diferencia esencial es que el chamán se sacrificaba por otros, mientras el tecnólogo se purifica para sí. Esa es la medida exacta de nuestra decadencia espiritual: la redención se ha vuelto un emprendimiento individual.
Lo que llamamos “nuevas espiritualidades” —el yoga convertido en marca, la meditación con suscripciones mensuales, la búsqueda del “yo cuántico”— no son señales de iluminación, sino síntomas de inautenticidad. Son el reflejo de un alma occidental que, habiendo despojado al mundo de misterio, se ha vuelto adicta a la autoayuda porque no puede soportar el vacío. En esa feria del espíritu, la tecnología cumple el papel que antes tenía la fe: prometer trascendencia sin exigir conversión moral.
Tal vez por eso el fundador que ayuna no es tan distinto del monje medieval: ambos buscan el absoluto. Pero el primero lo hace sin comunidad, sin Dios, sin sacrificio compartido. Solo queda la voluntad desnuda, la ilusión de control sobre un universo que se le escapa. Lo que WIRED retrata, sin proponérselo, es la nostalgia de la fe: una civilización que conserva los gestos del ascetismo pero ha olvidado su sentido.
No es casual que estos rituales aparezcan en los centros de poder económico y tecnológico del mundo. Cuando el hombre se cree dios, no deja de ser hombre: solo sustituye el altar. En los laboratorios donde se promete vencer la muerte y mejorar el cuerpo, resuena, apenas disfrazada de ciencia, la vieja aspiración cristiana de la vida eterna. La diferencia es que ahora se compra por suscripción mensual.
En el fondo, lo que late bajo esas prácticas de auto-privación no es arrogancia, sino orfandad. Silicon Valley no necesita otro algoritmo, necesita una teología. Y mientras no la tenga, seguirá buscando a Dios en un espejo de realidad aumentada.



