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miércoles, julio 22, 2026

Vivir como perro: de Diógenes a los “therians”

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Hay épocas que producen filósofos y épocas que producen tendencias. En la Grecia antigua, hacia el siglo IV a.C., surgió una escuela que decidió tomarse en serio algo que hoy parecería una provocación estética: vivir como perro. Se llamaron cínicos, del griego kynikós, “perruno”. No era un insulto: era un programa de vida.

 

El más célebre fue Diógenes de Sinope, aquel hombre que dormía en un tonel, despreciaba el lujo, caminaba descalzo y, según la anécdota inmortal, le pidió a Alejandro Magno que se apartara porque le tapaba el sol. El gesto no era capricho: era coherencia. Diógenes quería demostrar que la libertad no dependía del poder ni del reconocimiento, sino de la capacidad de reducir las necesidades al mínimo. El perro —animal autosuficiente, ajeno a la vergüenza social, indiferente al protocolo— era su símbolo.

Para los cínicos, vivir “como perro” no significaba jugar a serlo. Significaba rechazar las convenciones artificiales, la acumulación innecesaria, la hipocresía moral. Antístenes, fundador de la escuela, defendía la virtud como único bien verdadero. Lo demás —riqueza, fama, honores— era accesorio. El perro no necesita títulos, pensaban; tampoco el sabio.

Avancemos veinticuatro siglos. En las redes sociales aparece otro fenómeno: jóvenes que se identifican como therians, personas que dicen experimentar una conexión espiritual o identitaria con animales —lobos, zorros, felinos— y que, en algunos casos, adoptan comportamientos simbólicos asociados a esas criaturas. La cultura digital amplifica estas expresiones, y el debate no tarda en dividirse entre quienes lo ven como exploración identitaria y quienes lo miran con perplejidad.

Hay algo sutilmente cómico en esta contraposición. El filósofo antiguo ladraba contra el poder desde la austeridad radical; el joven contemporáneo puede declararse lobo mientras revisa notificaciones en un teléfono de última generación. No es una burla, es una paradoja cultural

Aquí la ironía se escribe sola. Si alguien quiere ser perro, magnífico. Pero el perro clásico no pedía inclusión en la polis ni reclamaba que lo entendieran: simplemente vivía como tal. Sin filtro. Sin coreografía. Sin audiencia. Lo demás empieza a parecer más performance que filosofía

Tal vez esa sea la diferencia más graciosa entre Atenas y TikTok. Los antiguos cínicos escandalizaban porque eran radicales. Hoy el escándalo dura lo que tarda en cargar el próximo video. Y si Diógenes pudiera comentar, probablemente no escribiría un tratado. Haría algo más simple: apagaría el celular, saldría al sol… y volvería a pedir que no le tapen la luz.

Al final, ser perro puede ser una gran metáfora. Pero conviene recordar que, en la versión original, el perro no actuaba: simplemente era. Y eso —hay que admitirlo— exige bastante más que una máscara bien hecha.

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