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lunes, marzo 9, 2026

Ozempic, tirzepatida y el principio del fin de la civilización del exceso

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La expansión de los nuevos fármacos metabólicos anuncia algo más profundo que una innovación terapéutica. Estamos entrando en una etapa en la que la industria alimentaria, edificada durante décadas sobre el consumo compulsivo, la hiperpalatabilidad y la explotación comercial del desorden metabólico, deberá adaptarse a un cambio biológico y cultural que puede alterar sus bases de rentabilidad, sus formatos de producto y hasta el imaginario contemporáneo de la comida.

 

Una parte decisiva de la economía contemporánea se organizó sobre una premisa tan brutal como silenciada. Resultaba extraordinariamente rentable producir sujetos fisiológicamente vulnerables, rodearlos de estímulos alimentarios permanentes, abaratar la caloría de baja calidad, intensificar químicamente el placer del consumo y luego moralizar desde la tribuna sobre la falta de autocontrol de quienes quedaban atrapados en esa maquinaria. Durante años, el discurso público sobre la obesidad y la mala alimentación descargó sobre el individuo el peso de una culpa que convenía repartir de otro modo, porque detrás de cada sermón nutricional operaba una infraestructura entera dedicada a fabricar deseo, repetición, ansiedad oral y dependencia cotidiana del exceso.

En ese contexto, la irrupción de semaglutida, tirzepatida y otras terapias afines introduce una discontinuidad histórica que todavía no terminamos de pensar en toda su magnitud. Estos fármacos no están actuando solamente sobre el peso corporal, sino sobre la economía política del apetito. Modifican la saciedad, amortiguan el impulso, reducen cravings, alteran la relación subjetiva con la recompensa inmediata y empiezan a erosionar uno de los grandes motores de la cultura alimentaria de masas, que consistía en hacer del hambre un fenómeno cada vez menos necesario para que la gente siguiera comiendo. La novedad, por eso, excede el consultorio y penetra en el corazón mismo del mercado.

El alcance de esa transformación se vuelve todavía más evidente cuando se observa el cambio de estatuto de estas moléculas dentro de la medicina contemporánea. La FDA aprobó para semaglutida una indicación destinada a reducir eventos cardiovasculares graves en adultos con enfermedad cardiovascular y obesidad o sobrepeso, y la Organización Mundial de la Salud publicó en 2025 una guía global sobre terapias GLP-1 para obesidad dentro de un abordaje integral. Ese desplazamiento importa mucho, porque saca a estos tratamientos del registro banal de la moda adelgazante y los instala en una zona de legitimidad clínica más amplia, con consecuencias que se proyectan sobre seguros de salud, decisiones regulatorias, inversiones de la industria farmacéutica y expectativas de millones de consumidores.

La investigación en curso refuerza todavía más esta impresión de cambio de época. Eli Lilly informó resultados exitosos de fase 3 para orforglipron, un GLP-1 oral, y eso significa que la frontera de uso puede ampliarse a medida que los tratamientos se vuelvan más simples, más cómodos y más escalables. Toda tecnología altera de verdad el paisaje social cuando abandona el carácter excepcional y empieza a insinuar masividad, y en ese punto la transición desde inyecciones semanales costosas hacia formulaciones orales o esquemas más accesibles puede acelerar una mutación que ya asoma en el horizonte. La historia del consumo enseña que las innovaciones verdaderamente disruptivas rara vez cambian una práctica aislada. Lo que hacen es rediseñar, en cadena, el ecosistema entero que rodeaba a esa práctica.

Por eso importa tanto registrar que el fenómeno ya empezó a expresarse en la conducta de compra.

Un estudio difundido a partir de una publicación en el Journal of Marketing Research encontró que los hogares con usuarios de GLP-1 reducen su gasto en supermercado y también en restaurantes de servicio rápido, con caídas particularmente visibles en snacks, dulces, panificados y otras categorías vinculadas al consumo impulsivo, mientras algunas canastas más asociadas a proteína, fruta fresca y opciones funcionales muestran crecimientos relativos. Estos datos todavía no describen una civilización nueva consumada, pero sí permiten detectar una fractura en la vieja inercia del mercado alimentario, que durante décadas confió en la expansión casi automática de la porción abundante, el picoteo permanente y la gratificación barata como motores estables de negocio.

Aquí es donde la cuestión se vuelve intelectualmente interesante y políticamente incómoda. La industria alimentaria de las últimas décadas fue celebrada en nombre de la libertad de elección, cuando en realidad había refinado como pocas el arte de modelar elecciones previsibles a partir de la vulnerabilidad biológica. La góndola contemporánea fue menos un espacio neutro de opciones que una arquitectura minuciosa de inducción, montada para maximizar frecuencia de consumo, recompensa sensorial y repetición automática. En ese mundo, el consumidor parecía soberano solamente porque se había naturalizado el hecho de que deseaba exactamente lo que el sistema necesitaba que deseara. La llegada de estos fármacos introduce una cuña en ese circuito, porque altera desde adentro la docilidad metabólica sobre la que descansaba buena parte del negocio.

No sorprende, entonces, que las grandes compañías ya estén explorando reformulaciones, líneas más proteicas, alimentos de mejor digestibilidad, porciones distintas y productos orientados a consumidores que comen menos y esperan otra densidad nutricional de aquello que compran. Ese movimiento no debe leerse como un despertar ético de los fabricantes, sino como el comienzo de una adaptación defensiva ante una posible reconfiguración del mercado. Cuando el consumidor promedio deja de responder con la misma intensidad a las antiguas tácticas del exceso, la mercancía necesita reinventarse. La industria, que durante años lucró con la captura del apetito, empieza a estudiar cómo lucrar con su modulación.

Sin embargo, sería intelectualmente pobre convertir este proceso en una fábula redentora. Ninguna molécula va a clausurar por sí misma el problema de la obesidad, la desigualdad nutricional ni la degradación cultural de la comida. Persisten barreras de acceso, costos altos, discontinuidad terapéutica, efectos adversos y riesgos vinculados a productos no regulados. La propia OMS insiste en que los GLP-1 deben insertarse en estrategias más amplias de salud, y esa advertencia conserva toda su fuerza porque el descenso de peso no organiza por sí solo una relación más sabia con la alimentación, ni garantiza una composición corporal adecuada, ni reemplaza la necesidad de una política pública seria sobre prevención, educación, actividad física, urbanismo y regulación del entorno alimentario.

Pero incluso admitiendo todas esas cautelas, algo de enorme importancia ya quedó a la vista. La difusión de estas terapias ayuda a desnudar una hipocresía central de la modernidad tardía, que consistió en privatizar la culpa y socializar el estímulo patológico. Se le exigió fortaleza moral al individuo mientras se organizaba una economía entera para derrotar esa fortaleza miles de veces por día. Se exaltó la autonomía personal mientras se invertían fortunas en diseñar productos, envases, campañas y entornos capaces de colonizar el deseo prerreflexivo. Se habló de elecciones saludables en sociedades estructuradas para que la opción más inmediata, más barata y más adictiva fuera, de manera sistemática, la peor.

En ese sentido, Ozempic, tirzepatida y los nuevos péptidos están produciendo una revelación antes que una simple novedad terapéutica.

Están mostrando, con brutal claridad, que la cuestión alimentaria contemporánea nunca fue apenas un asunto de voluntad individual, sino también una disputa sobre biología, mercado, técnica y poder. Están obligando a reconocer que buena parte de la rentabilidad alimentaria del último medio siglo dependió de un cuerpo capturado por la lógica del exceso, y que una modificación farmacológica de esa relación puede desencadenar efectos que llegan hasta el diseño de menús, la arquitectura del supermercado, la publicidad, la investigación en alimentos y la conversación pública sobre salud.

La pregunta de fondo, por eso, ya no es si estos tratamientos van a cambiar algo importante. Lo decisivo consiste en determinar qué tipo de cambio quieren producir nuestras sociedades a partir de esta disrupción. Existe la posibilidad de un simple aggiornamento mercantil, con una nueva generación de productos premium, etiquetas funcionales y estrategias de segmentación que vuelvan a convertir un problema colectivo en fuente de rentabilidad privada. También existe la oportunidad de pensar una transformación más ambiciosa, capaz de empujar a la industria, a los Estados y a los sistemas sanitarios hacia una cultura alimentaria menos dependiente del estímulo compulsivo, más racional en sus incentivos y más compatible con la salud de poblaciones enteras.

Lo que está en juego, en definitiva, no es una moda farmacéutica ni una conversación de celebridades obsesionadas con adelgazar. Lo que está en juego es la estabilidad misma de una civilización del exceso que había hecho del desorden metabólico una mina de oro y del autocontrol una obligación moral distribuida de manera obscena. Cuando una tecnología empieza a desactivar, aunque sea parcialmente, esa vieja alianza entre vulnerabilidad biológica y rentabilidad industrial, el problema deja de ser cuántos kilos pierde una persona y pasa a ser qué mundo económico comienza a perder equilibrio. Ahí reside la verdadera importancia histórica de esta nueva era.

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