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lunes, julio 6, 2026

Después de resistir, llega el tiempo de proponer

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La frente en alto no debe ser el techo de este proceso, sino su piso: el punto desde el cual un Paraguay que demostró poder competirle a cualquiera asume ahora la obligación —difícil y estimulante— de aprender a hacer algo más que resistir. El desafío para los próximos cuatro años es llegar a 2030 convertidos en una mejor versión: con la solidez de siempre y, esta vez, con una propuesta distinta que ofrecer.

 

La eliminación de Paraguay ante Francia, por 1-0 en Filadelfia, con un penal de Kylian Mbappé, cerró una participación mundialista que deja sensaciones encontradas. Hasta el silbato final, el equipo hizo aquello que había definido su recorrido: resistir con orden, reducir espacios y obligar a una de las candidatas al título a jugar incómoda, lejos de su mejor versión. No alcanzó. Y la despedida, aunque digna, es también una eliminación que conviene mirar sin la anestesia del orgullo.

Paraguay regresó a una Copa del Mundo tras una ausencia de dieciséis años, la más extensa de su historia moderna. Ese dato por sí solo dimensiona el valor del proceso y un camino que no fue sencillo. La eliminación a Alemania en los dieciseisavos de final, tras imponerse 4-3 en la tanda de penales, con dos atajadas decisivas del arquero Orlando Gill, fue la victoria más importante de Paraguay en su historia mundialista y, lejos de ser un golpe de suerte, resultó la consecuencia lógica de una idea de juego sostenida con disciplina.

Esa idea tiene un responsable claro. Gustavo Alfaro asumió la conducción en agosto de 2024, con la selección fuera de la zona de clasificación en las Eliminatorias, y la ordenó hasta conducirla a la sexta y última plaza directa de la Conmebol. Su impronta fue explícita desde el comienzo: defensa firme y compacta, esfuerzo colectivo y una entrega que convirtió al equipo en un rival incómodo para cualquiera. Fue con esas herramientas —las que este plantel tenía y supo aprovechar al máximo— que Paraguay volvió a competir de igual a igual entre los mejores. Reconocer eso no supone conformismo, sino comprender el punto de partida.

Sin embargo, el propio partido ante Francia expuso el límite de ese modelo. El equipo resistió con solvencia. Julio Enciso quedó demasiado aislado como referencia ofensiva, la salida fue apresurada y sin destino, y la falta de profundidad terminó pesando tanto como el penal que definió la serie. La solidez defensiva devolvió a Paraguay al primer plano, pero difícilmente pueda llevarlo más lejos por sí sola. Ese es, probablemente, el aprendizaje más valioso de todo el ciclo, y el que no debería diluirse con el paso de los días.

El objetivo ya no puede ser simplemente volver, sino volver distintos. Esto implica no conformarse con lo alcanzado y comenzar a construir una selección que aprenda a tener más la pelota, que se anime a proponer y que resulte más peligrosa en ataque, sin resignar la fortaleza defensiva que la caracteriza y que constituye un patrimonio a preservar. No se trata de renegar de la identidad conseguida, sino de completarla con lo que faltó: pasar de ser el equipo que nadie quería enfrentar a ser, además, uno capaz de lastimar cuando tiene el balón. Es una tarea de fondo, que se mide en años y no en un resultado aislado.

En ese punto aparece la incógnita que atraviesa todo el análisis. Alfaro dejó su continuidad en suspenso: pidió tiempo para que baje la efervescencia del momento, admitió que se marcha con dolor y expresó su intención de reencontrarse con su familia. Al mismo tiempo, deslizó una advertencia que no debería pasar inadvertida: que lo hecho hasta aquí no basta de cara a 2030 y que hace falta construir un proyecto de mayor ambición. Lo deseable sería que fuese él quien conduzca esta segunda etapa, la más exigente. Pero si opta por dar un paso al costado, la enseñanza mayor será no empezar de nuevo desde cero, como ocurrió tantas veces. La estructura, el nivel de exigencia y la identidad que instaló deben heredarse y consolidarse.

El contexto ofrece una perspectiva poco habitual: Paraguay ya tiene asegurada su presencia en el próximo Mundial. En 2030, como anfitrión de uno de los partidos inaugurales del centenario, la Albirroja abrirá la competencia jugando de local en Asunción, en una Copa que nació hace cien años en esta misma región. Esa cita no será una hazaña a conquistar contra todo pronóstico, sino una responsabilidad ya asumida, a la que hay que llegar como protagonista y no como un invitado que se conforma con estar.

Por eso, cuando se serene el ánimo, deberíamos observar el conjunto completo. La frente en alto no debe ser el techo de este proceso, sino su piso: el punto desde el cual un Paraguay que demostró poder competirle a cualquiera asume ahora la obligación —difícil y estimulante a la vez— de aprender a hacer algo más que resistir. El desafío para los próximos cuatro años es llegar a 2030 convertidos en una mejor versión: con la solidez de siempre y, esta vez, con una propuesta ofensiva que ofrecer.

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