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domingo, julio 12, 2026

Recontrarnos con nosotros mismos

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El escritor uruguayo Juan de Ibarburu escribe sobre cómo la Albirroja volvió a reunir al Paraguay alrededor de su identidad, su carácter y su manera propia de competir. Un llamado a transformar esa autoestima recuperada en impulso nacional.

 

En medio de la fiebre mundialista que está llegando a su fin, celebremos que la Albirroja consiguió algo muy importante: reencontrarnos con nosotros mismos.

Tienen razón aquellos que afirman que en el deporte, lo único importante es el triunfo. Se atribuye una frase a Carlos Salvador Bilardo, director técnico de la Argentina campeona mundial de fútbol en 1986: «¿Quién descubrió América? Cristóbal Colón y los españoles. ¿Y quién llegó segundo? A nadie le importa».

Bueno, es comprensible que alguien añada que el descubrimiento de América es un evento muchísimo más importante y complejo que el mundial de fútbol pero el ejemplo sigue siendo válido.

Entonces, viendo a eso, por lógica se llega a la siguiente cuestión. ¿Qué es lo que festejamos en la participación de la selección paraguaya de fútbol en la ronda de los 16 mejores en la Copa del Mundo 2026? ¡Sí nos eliminamos en octavos de final, no hay nada que celebrar!

Permítanme decir que sí, hay mucho que reconocer a la Albirroja. Y para este uruguayo que hace casi tres décadas que adoptó al Paraguay como su segunda Patria y que debió sufrir la infausta eliminación de la «albiceleste» en la fase de grupos, lo que logró el seleccionado de fútbol paraguayo es más que loable.

En primer lugar, algo que ya se habló durante el proceso clasificatorio: volvió la autoestima, la motivación, el espíritu de competencia. Todos los habitantes de este país volvimos a sentir que podíamos dar más y mejores cosas porque la «Albirroja» estaba dando más y mejores cosas.La eliminación de la selección de fútbol de Alemania en la ronda de 32 y la digna derrota contra Francia en octavos de final demostraron que Paraguay tenía armas para competir.

Luego, en segundo lugar, la sensación generalizada de cohesión social que produce el disfrutar de un gran evento deportivo en el que la nación se siente representada. Esto era algo que los antiguos griegos y que el Imperio Romano bien conocían: los espectáculos deportivos que en muchos casos se organizaban para mantener a la población bajo control pero que en otros tantos servían para elevar el ánimo del pueblo y acicatear a sus deseos de conquista. Estoy seguro de que la «Albirroja» consiguió el aspecto positivo de esta faceta: levantó la moral colectiva del pueblo paraguayo y le dio sed de grandeza y de triunfo, cosas que son buenas en su justa proporción y medida.

Pero creo que lo más importante de toda la mini-epopeya de la «Albirroja» radica en un aspecto más profundo, que involucra aspectos mentales y a la vez emocionales. Algo que llamaré el factor «reencontrarnos con nosotros mismos».

Paraguay no es, históricamente hablando, un país que quiera hacer las cosas «a la manera de los otros». En sus siglos de conformación, de lucha para forjar su identidad, desarrolló un instintivo elemento que es ese «ser paraguayo» que combina no solamente la «garra» y el «espíritu de sacrificio» sino que también utiliza a las «propias armas» para dar batalla. El paraguayo, históricamente, adoptó las cosas positivas o útiles de los extranjeros pero ensamblándolas como una pieza dentro del más general y esencial aspecto de aquella gran máquina que es, en su sustancia y su fondo, paraguaya. Es ese histórico mestizaje que acrisola y refuerza a los caracteres positivos de sus materiales constitutivos, manteniendo la identidad y descartando aquello que pueda debilitar a las formas paraguayas.

La «Albirroja» siempre se caracterizó, como el pueblo paraguayo mismo, por su sólido juego defensivo. En esta Copa del Mundo 2026, nuestra selección sacó a relucir todas sus artes futbolísticas en lo que refiere a la defensa. Anuló a rivales más poderosos en el ataque, como Turquía y Alemania, y estuvo a punto de conseguirlo con la archifavorita Francia.

Los europeos y sus repetidores a mansalva, llaman a lo que hizo Paraguay «anti-fútbol». ¿Y cuál es el problema, se puede saber? Cuando Paraguay quiso jugar utilizando aspectos que no son afines a su estilo instintivo y telúrico, no se consiguieron resultados favorables (véase el partido contra EEUU en el que se quiso jugar «de igual a igual», a la romántica, y que también tuvo un poco de factor mala suerte y aspectos psicológicos).

Entonces, la «Albirroja» regresó a aquello que sabe. Defenderse a ultranza, a regañadientes, utilizando todas las artes para el efecto. ¡Y eso nos funcionó! ¿No les gusta, señores románticos europeos? ¡Qué lástima, no estamos para gustarles sino para hacer aquello que a nosotros nos funciona y nos sirve!

Algunos dirán que esa es una visión extremadamente pragmática y utilitarista. Tal vez, pero uno debe trabajar con aquello que posee y de la manera que uno mejor lo siente. Nosotros no podemos jugar como lo hace Francia (por ejemplo) porque no tenemos a los mismos jugadores en primer lugar, y luego, porque no es la manera en que sentimos y vivimos al fútbol.

Nos reencontramos, volvimos a hallar un aspecto muy profundo de nuestra identidad en esa pequeña muestra de cohesión nacional que es el fútbol. Defendernos bien, pelear con nuestras armas, a nuestra manera y al que no le gusta, ¡y bueno! ¡Para gustos, y países, hay colores!

El desafío de los líderes políticos del Paraguay está en utilizar a la «Albirroja» como un ejemplo positivo y como un factor multiplicador para lograr otras grandes hazañas que no se limiten solamente a eliminarnos en octavos de final en la Copa del Mundo 2026. ¿Por qué no soñar con ser campeones del mundo en 2030?

¿Por qué no pensar en todas las grandes cosas que los paraguayos podemos hacer, no solo en los demás deportes sino en asuntos de mayor importancia, sí pudiéramos transferir todo ese espíritu de sacrificio, de competencia, de garra y sí utilizáramos a nuestras artes defensivas para potenciar aún más a lo que somos?

Tenemos cosas sumamente positivas y ellas deben ser conservadas, no menospreciadas. No importa lo que digan los demás, Paraguay es lo que es, no debe renunciar a lo que lo identifica. Lo que debemos hacer es añadir aquello que nos ayude a mejorar pero sin abandonar lo que ya somos. No debemos caer en el error de «querer ser lo que otros quieren que seamos» sino que tenemos que «ser lo que somos y mejorar lo que somos sin perder a la esencia que nos caracteriza».

Al menos eso es lo que piensa este uruguayo pentacampeón del mundo, aunque los demás nos quieran bajar el precio y decir que sólo tenemos dos… Bueno, tal vez tengan algo de razón…

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