El acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea abre un mercado extraordinario para la producción paraguaya, pero todavía falta resolver cuánto le corresponderá a cada socio en las cuotas de exportación. Paraguay reclama una cuarta parte y hace bien. Haber negociado juntos para repartir después las oportunidades según el peso de los países convertiría la integración regional en un negocio bastante desigual.
Paraguay conoce demasiado bien lo que significa negociar dentro de un bloque dominado por dos economías mucho mayores. Brasil y Argentina poseen mercados, población y capacidad industrial que condicionan inevitablemente al Mercosur, pero esa diferencia no convierte a los demás miembros en acompañantes. La discusión sobre las cuotas de carne y arroz acordadas con la Unión Europea pondrá nuevamente a prueba esa relación. El Gobierno paraguayo reclama que cada uno de los cuatro socios reciba el 25%. Detrás de los porcentajes existe una cuestión elemental: Paraguay participó de la negociación como miembro pleno y pretende participar de sus beneficios en la misma condición.
El planteamiento defendido por el canciller Rubén Ramírez Lezcano llegará a una instancia decisiva en octubre. Brasil y Argentina defenderán naturalmente aquello que consideren más favorable para sus productores, y Paraguay tiene exactamente el mismo derecho. El tamaño de una economía puede explicar su capacidad exportadora, pero no debería otorgarle propiedad preferente sobre una concesión obtenida por el bloque. Si el acceso europeo termina distribuido de acuerdo con la fuerza económica previa de cada socio, el Mercosur habrá conseguido una curiosa hazaña: abrir un mercado nuevo para reproducir dentro de él las mismas asimetrías que arrastra desde su nacimiento.
Paraguay tampoco llega a esta discusión pidiendo una concesión caritativa. La ganadería atraviesa un momento excepcional, con precios que alcanzaron niveles históricos, mientras las exportaciones industriales bajo maquila continúan creciendo y la producción agrícola amplía su frontera. El país tiene productos para vender y productores capaces de competir. Una mayor cuota europea significa más exportaciones, inversión, empleo y entrada de divisas. Después de décadas reclamando mejores accesos para una economía mediterránea, sería absurdo aceptar voluntariamente una participación reducida precisamente cuando se abre uno de los mercados de mayor poder adquisitivo del planeta.
La posición del Gobierno expresa además un cambio saludable en la manera paraguaya de relacionarse con sus socios. Defender el interés nacional no requiere gesticulaciones patrióticas ni peleas innecesarias. Requiere identificar aquello que beneficia al país y sostenerlo incluso cuando incomoda a interlocutores más poderosos. Santiago Peña ha buscado ampliar la presencia internacional del Paraguay y esa política solamente adquiere consistencia cuando produce capacidad de negociación. Fotografiarse con mandatarios, participar de cumbres y celebrar acuerdos sirve poco si llegado el momento de distribuir sus beneficios Paraguay vuelve disciplinadamente al último lugar de la fila.
La visita del príncipe Fumihito de Akishino y de la princesa Kiko ofrece esta semana otra expresión de esa apertura. Noventa años de inmigración japonesa permiten celebrar una historia compartida, pero Japón interesa también por lo que puede significar hacia adelante: tecnología, industria, inversión y conocimiento. Mientras fortalece esa relación, Paraguay negocia mejores condiciones comerciales con Europa y procura ampliar sus mercados. Para una economía pequeña y mediterránea, multiplicar conexiones internacionales constituye una necesidad económica. Cuantos más mercados, inversiones y socios tenga el país, mayor será también su libertad para defender intereses propios.
La negociación será difícil y nadie debería confundir firmeza con garantía de victoria. Los demás miembros del Mercosur tienen argumentos, intereses y capacidad de presión. El resultado deberá evaluarse cuando llegue octubre. Lo importante ahora es que Paraguay dejó claramente establecido que una distribución residual no será considerada satisfactoria. Durante demasiado tiempo nuestro país ingresó a negociaciones regionales calculando primero aquello que las potencias vecinas estarían dispuestas a concederle. Esa predisposición termina convirtiendo la asimetría económica en subordinación política, precisamente aquello que ninguna integración entre Estados soberanos debería producir.
Las urgencias nacionales seguirán ocupando titulares y el Gobierno deberá responder por ellas, desde la crisis sanitaria hasta las consecuencias de la tragedia de Pedrozo. Ninguna negociación internacional reemplaza esas responsabilidades. Pero gobernar un país exige también disputar oportunidades cuyos resultados sobrevivirán a la polémica de esta semana. El acceso europeo puede modificar durante años las posibilidades de sectores enteros de nuestra producción. Paraguay ayudó a abrir esa puerta y ahora reclama atravesarla en condiciones justas. Peña hace bien en sostener el 25%: pertenecer al Mercosur debe servir para multiplicar nuestras oportunidades, no para recibir educadamente lo que quede después del reparto.



