Hay hijos de comunistas que se llaman Ernesto, Vladimir o directamente Lenin. En el otro extremo del repertorio ideológico encontramos combinaciones de resonancia más macabra, como Adolf Sauer, nombre de pila y apellido alemán que evocan inevitablemente al célebre pintor austríaco de la Segunda Guerra Mundial. Ignoramos las preferencias de sus padres, pero nuestro Adolf tiene méritos propios para ingresar en esa zoología de grandes curiosidades que es el funcionariado paraguayo, como un ejemplar particularmente resistente a los vaivenes de la coyuntura.
Sauer ocupó cargos durante los gobiernos colorados de Horacio Cartes y Mario Abdo Benítez, llegando a percibir en el MITIC más de 19 millones de guaraníes mensuales. Nada mal para quien luego encontró en el anticoloradismo una causa suficientemente apasionante como para abrazarla públicamente. Hoy integra el equipo de transición de Soledad Núñez y ya se lo ve recorriendo los pasillos de la municipalidad. Hay conversiones religiosas menos espectaculares y, sobre todo, bastante menos rentables.
Estamos ante un espécimen arquetípico del travestismo ideológico paraguayo, de día ferviente anticolorado, predicador de la renovación y enemigo de los zoqueteros; de noche, antiguo comensal de las administraciones de la ANR. Una modalidad de militancia que permite combatir al Partido Colorado sin necesidad de haber renunciado previamente a sus generosas remuneraciones.
En cuanto a sus méritos técnicos, la cuestión merece una investigación casi arqueológica. La prensa ya había señalado sus antecedentes de formación universitaria inconclusa mientras desempeñaba altas funciones públicas. ¿Qué grandes proyectos dirigió? ¿Qué productos entregó? ¿Qué conocimientos extraordinarios justificaron semejante carrera? Quizás estemos ante una nueva especialidad profesional, la consultoría de proyectos cuyo principal producto consiste en la permanencia del consultor.
El zoquetero multicolor representa, en realidad, una evolución del zoquetero tradicional. Aquel necesitaba un partido, una seccional y un padrino político; este dispone de amistades transversales, vocabulario progresista y una admirable flexibilidad ideológica. Donde el primero invocaba la lealtad partidaria, el segundo ofrece diversidad, inclusión, innovación y otros servicios de traducción presupuestaria. El viejo zoquetero al menos tenía la cortesía de reconocer a quién debía el favor.
Y así, después de tantos años de indignación contra el Estado colorado, asistimos al retorno de sus antiguos beneficiarios, ahora convenientemente reciclados para los nuevos tiempos. Sauer constituye una curiosidad de nuestra zoología política, una garrapata institucional de vocación multipartidaria, capaz de cambiar de discurso con mayor facilidad que de empleador. Porque en el maravilloso universo de las diversidades partidarixs, los gobiernos pasan, las ideologías cambian, los enemigos se renuevan, pero el zoquete, ese noble patrimonio nacional, permanece.



