Itaipú evacuó hasta este jueves a 183 familias del barrio San Rafael de Ciudad del Este por la crecida del Paraná, que superó los 121 metros sobre el nivel del mar. A la misma hora, el puerto de Asunción marcaba 1,80 metros, cuando su nivel normal es de 4,50. El país está inundado y seco al mismo tiempo, y eso dice mucho sobre lo que Paraguay puede y no puede manejar.
En San Rafael el agua cubrió las calles y la cancha de fútbol, y algunos vecinos salieron a trabajar en canoa. Itaipú evacuó y reubicó a 183 familias de ese barrio, priorizado por su alta vulnerabilidad, y asistió a unas treinta más en San Agustín. El lunes 13, en el barrio Pablo Rojas, la casa de Ana María Silvero, de 58 años, se derrumbó durante una lluvia intensa; fue trasladada al Hospital de Trauma y llegó sin signos de vida. Las familias afectadas pidieron carpas, colchones y alimentos, y en San Rafael reclamaron que la asistencia municipal no llegaba.
La crecida del Paraná tiene una causa identificada. Llovió mucho en la cuenca incremental, en el embalse de Itaipú y en la cuenca del río Iguazú, y las represas empezaron a soltar lo que ya no podían guardar. Itaipú abrió de manera temporal el canal central de su vertedero y después lo cerró; Yacyretá descarga 26.000 metros cúbicos por segundo, y aguas abajo el agua avanzó sobre Ayolas, Yabebyry y Cerrito. Benjamín Martínez, jefe de Hidrología de la Administración Nacional de Navegación y Puertos, lo resumió así: «Los embalses empezaron a largar el agua porque ya no tienen la capacidad de retener»
Al norte ocurre lo contrario y por el mismo fenómeno. El río Paraguay depende casi por completo del agua que almacena el Pantanal, y en el Pantanal no llovió. La bahía de Asunción pasó de 0,43 metros a fines de septiembre a 1,81 el 12 de octubre, una suba que suena impresionante y que deja al río en menos de la mitad de su nivel normal. La proyección oficial para fin de año va de 2 a 2,5 metros, y Martínez puso el techo sin rodeos: «Difícilmente el río Paraguay llegue a 7 u 8 metros». Mientras eso siga así, el calado permanece limitado a 9,5 pies al norte de Asunción y a 11,5 al sur, según informó el Centro de Armadores Fluviales y Marítimos, y las embarcaciones cargan menos de lo que podrían.
La diferencia entre los dos ríos no está en el clima, sino en la ingeniería. El Paraná tiene más de cincuenta represas en su recorrido, la mayoría en territorio brasileño, más Itaipú y Yacyretá en el tramo paraguayo: esa cadena retiene agua cuando falta y la libera cuando sobra, y los extremos llegan atenuados hasta que ya no alcanza. El río Paraguay no tiene ninguna estructura de regulación en todo su curso, así que lo que baja es exactamente lo que el Pantanal suelta, y el Pantanal está en Brasil, fuera de cualquier decisión paraguaya. A eso se suma una cadena que viene desde la sequía de 2023 y pasó por La Niña y por un 2025 neutral sin que los ríos se recuperaran en ningún momento.
Entre el dato y la respuesta hay una distancia que el Estado todavía no cerró. La ANNP comparte a diario los niveles de los ríos con otras instituciones y su propio jefe de Hidrología pidió un sistema preventivo más fuerte, sobre todo en los años de sequía. Mientras ese pedido circula en informes, la asistencia en Ciudad del Este llegó por la vía de siempre: Itaipú, la Secretaría de Emergencia Nacional, los bomberos de tres ciudades, militares y voluntarios moviendo muebles. El boletín hidrológico sale todos los días pero el colchón aparece cuando el agua ya entró.
Itaipú recordó esta semana que el Paraná tuvo crecidas mayores en 1983, en 1992 y en 2014. Esas tres fechas son el marco real de lo que estamos viendo, porque muestran cada cuánto el país vuelve a la misma situación y cuántas veces eligió tratarla como una sorpresa. Paraguay va a seguir viviendo entre un río que no puede frenar y otro que no puede llenar, y lo único que depende enteramente de nosotros es con cuánta antelación empezamos a mover a la gente de donde el agua siempre llega.



