¿Qué hay realmente de nuevo en la crisis del coloradismo? Nuestros grandes analistas y formadores de opinión descubren, con el entusiasmo de los primeros exploradores y un formidable despliegue de categorías académicas, que la ANR funciona conforme a una lógica que se remonta a comienzos de los años ochenta. ¡Qué prodigio de perspicacia!
La crisis de Honor Colorado ha provocado una pequeña crisis paralela, acaso menos importante para el destino del país, pero bastante entretenida para quienes seguimos la producción intelectual de nuestros analistas políticos. Durante años escuchamos hablar de hegemonía cartista, captura del Partido Colorado, gobierno dual, gobierno títere y otras categorías de considerable grandilocuencia académica. Algunas fueron repetidas por periodistas, otras por investigadores que desempeñan sus tareas en universidades financiadas con recursos públicos, de quienes cabría esperar cierta precisión en el uso de los conceptos, aunque solo fuera por consideración al contribuyente. Ahora resulta que los supuestos capturados se rebelan, el presunto títere organiza su propia tropa y la hegemonía descubre, con evidente sorpresa, que es lo que siempre fue, una situación disputada.
Las palabras tienen significados, incluso en las ciencias sociales. La hegemonía no es sinónimo de mayoría parlamentaria, la captura de una organización no se demuestra mediante una fotografía de sus dirigentes y la existencia de relaciones de influencia entre un presidente y el conductor de su partido no constituye, por sí sola, un gobierno dual. Por supuesto que Horacio Cartes construyó un liderazgo de enorme gravitación dentro del coloradismo, que su movimiento acumuló recursos políticos extraordinarios y que Santiago Peña llegó a la Presidencia con su respaldo decisivo. Son hechos que merecen análisis. Lo que resulta bastante menos convincente es convertir esas relaciones en categorías absolutas y después pretender que la realidad tenga la delicadeza de comportarse conforme a ellas.
Dos investigadores merecen consideración por el contraste con la mediocre élite cultural e intelectual de nuestro país. Fernando Martínez Escobar, en El sistema de partidos del Paraguay a través de la distribución del poder y las reglas de juego (1989-2013), reconstruyó cómo las disputas internas de los años ochenta y la posterior apertura política dieron lugar a nuevas reglas de competencia y cooperación. La incapacidad de los distintos sectores para imponer unilateralmente su voluntad contribuyó a producir mecanismos formales e informales de distribución del poder, incorporando también a los partidos opositores. Aquello que podía parecer una debilidad de los actores terminó siendo un factor de reorganización del sistema político.
José Tomás Sánchez Gómez desarrolló una interpretación complementaria en su excelente artículo de 2018, Todo lo puedo en mis debilidades que me fortalecen. El Partido Colorado y la fuerza de su inestabilidad interna. Recuperando una expresión de Manuel Vázquez Montalbán, Sánchez describió la existencia de una «correlación de debilidades» dentro de la ANR. Los movimientos colorados podían ser suficientemente fuertes para disputar el gobierno nacional, pero no tanto como para eliminar definitivamente a sus adversarios internos. Esa imposibilidad de monopolizar el partido obligaba a negociar, competir, reagruparse y convivir. La inestabilidad de los movimientos, lejos de traducirse necesariamente en la debilidad de la organización, contribuía a ampliar sus vínculos sociales y su capacidad de representación.
Ambas investigaciones permiten comprender algo que buena parte de nuestros comentaristas de la política, de dudosa cognición promedio, parece descubrir con asombro cada cinco años: el Partido Colorado funciona, desde los años ochenta, mediante una sucesión de conflictos, reacomodamientos y relevos. El enfrentamiento entre militantes y tradicionalistas, las disputas entre Rodríguez, Argaña, Wasmosy y Oviedo, los liderazgos posteriores de Nicanor Duarte Frutos, Cartes y Mario Abdo Benítez no describen una historia de pacífica continuidad, sino una organización atravesada por conflictos que ningún conductor consiguió clausurar definitivamente.
Cada movimiento que intenta identificarse con la totalidad del partido termina encontrándose con los límites de su propia fuerza. Y cuando un liderazgo pierde capacidad de integración, aparecen otros que buscan ocupar ese espacio. No es una anomalía del coloradismo, es parte de su funcionamiento histórico.
Desde esta perspectiva, la crisis de Honor Colorado resulta menos misteriosa de lo que sugieren los que cultivan con virtud la tontería. El presidente Cartes conserva una gravitación considerable, es la figura más popular de la ANE, pero eso no significa que sea el sinónimo de todos los recursos de una organización cuyos dirigentes poseen territorio, votos, cargos y relaciones políticas propias. Tampoco el respaldo que reciben Peña y Alliana demuestra que haya surgido una nueva hegemonía. Lo que vemos es una redistribución de apoyos, una disputa por la conducción y la reaparición de mecanismos de competencia que jamás desaparecieron completamente. La famosa hipótesis de la escasez neuronal que habla de captura del Partido Colorado presenta, por lo visto, una curiosa particularidad: los capturados conservan la posibilidad de discutir con su captor.
El segundo asunto merece especial atención, porque Santiago Peña ha sido uno de los presidentes políticamente más subestimados de nuestra historia reciente. Durante buena parte de su mandato fue descrito como un administrador subordinado, una figura tecnocrática sin estructura ni voluntad política propias.
Sin embargo, en cuestión de días, el presidente mostró capacidad para articular respaldos territoriales, convocar a dirigentes, mantener vínculos con sectores parlamentarios y dar una orientación política explícita a sus actuaciones públicas. El respaldo de los quince gobernadores colorados a la candidatura de Alliana, las reuniones con diputados, senadores, dirigentes y autoridades electas y sus pronunciamientos desde actos de gobierno indican que existe una organización política alrededor del Ejecutivo que no puede despacharse simplemente como una colección de funcionarios obedientes.
No sabemos hasta dónde llegará esta iniciativa, cuánto resistirá ni qué resultados producirá. Pero sí podemos advertir que Peña ha dejado de ocupar exclusivamente el lugar que sus críticos le habían reservado en sus explicaciones.
Sus decisiones recientes muestran que comprende la importancia de relacionar la gestión gubernamental con la construcción territorial de poder, algo especialmente significativo para un presidente que transita sus últimos dos años de mandato y que, por disposición constitucional, no puede aspirar a la reelección.
En el fondo, lo que estamos presenciando es también un relevo generacional dentro de la ANR, no necesariamente porque desaparezcan los antiguos dirigentes, sino porque nuevos actores comienzan a disputar la conducción de estructuras que recibieron, construyeron o fortalecieron durante los últimos años.
El desafío consiste en determinar si esa nueva generación podrá transformar la competencia por los espacios de poder en una propuesta política capaz de organizar la sucesión de 2028. La mera disponibilidad de gobernadores, diputados y recursos gubernamentales no constituye todavía un proyecto nacional, así como el prestigio de un conductor no garantiza la obediencia perpetua de sus seguidores.
Quizás convendría, mientras tanto, concederles a los acontecimientos el modesto derecho de ocurrir antes de proceder a su clasificación definitiva. Ni Cartes ha perdido gravitación en la política, ni el oficialismo ha conquistado el partido.
Todos cuentan con recursos y enfrentan límites. Martínez Escobar y Sánchez Gómez ofrecen herramientas bastante más provechosas para entender esta situación que la sucesión de grandes adjetivos con los que se ha querido sustituir el análisis político.
El coloradismo vuelve a moverse conforme a una lógica que conocemos desde hace décadas. Lo novedoso, acaso, no sea la conducta de sus dirigentes, sino la perseverancia con que algunos de sus intérpretes se empeñan en sorprenderse.
los primeros exploradores y un formidable despliegue de categorías académicas, que la ANR funciona conforme a una lógica que se remonta a comienzos de los años ochenta. ¡Qué prodigio de perspicacia!
La crisis de Honor Colorado ha provocado una pequeña crisis paralela, acaso menos importante para el destino del país, pero bastante entretenida para quienes seguimos la producción intelectual de nuestros analistas políticos. Durante años escuchamos hablar de hegemonía cartista, captura del Partido Colorado, gobierno dual, gobierno títere y otras categorías de considerable grandilocuencia académica. Algunas fueron repetidas por periodistas, otras por investigadores que desempeñan sus tareas en universidades financiadas con recursos públicos, de quienes cabría esperar cierta precisión en el uso de los conceptos, aunque solo fuera por consideración al contribuyente. Ahora resulta que los supuestos capturados se rebelan, el presunto títere organiza su propia tropa y la hegemonía descubre, con evidente sorpresa, que es lo que siempre fue, una situación disputada.
Las palabras tienen significados, incluso en las ciencias sociales. La hegemonía no es sinónimo de mayoría parlamentaria, la captura de una organización no se demuestra mediante una fotografía de sus dirigentes y la existencia de relaciones de influencia entre un presidente y el conductor de su partido no constituye, por sí sola, un gobierno dual. Por supuesto que Horacio Cartes construyó un liderazgo de enorme gravitación dentro del coloradismo, que su movimiento acumuló recursos políticos extraordinarios y que Santiago Peña llegó a la Presidencia con su respaldo decisivo. Son hechos que merecen análisis. Lo que resulta bastante menos convincente es convertir esas relaciones en categorías absolutas y después pretender que la realidad tenga la delicadeza de comportarse conforme a ellas.
Dos investigadores merecen consideración por el contraste con la mediocre élite cultural e intelectual de nuestro país. Fernando Martínez Escobar, en El sistema de partidos del Paraguay a través de la distribución del poder y las reglas de juego (1989-2013), reconstruyó cómo las disputas internas de los años ochenta y la posterior apertura política dieron lugar a nuevas reglas de competencia y cooperación. La incapacidad de los distintos sectores para imponer unilateralmente su voluntad contribuyó a producir mecanismos formales e informales de distribución del poder, incorporando también a los partidos opositores. Aquello que podía parecer una debilidad de los actores terminó siendo un factor de reorganización del sistema político.
José Tomás Sánchez Gómez desarrolló una interpretación complementaria en su excelente artículo de 2018, Todo lo puedo en mis debilidades que me fortalecen. El Partido Colorado y la fuerza de su inestabilidad interna. Recuperando una expresión de Manuel Vázquez Montalbán, Sánchez describió la existencia de una «correlación de debilidades» dentro de la ANR. Los movimientos colorados podían ser suficientemente fuertes para disputar el gobierno nacional, pero no tanto como para eliminar definitivamente a sus adversarios internos. Esa imposibilidad de monopolizar el partido obligaba a negociar, competir, reagruparse y convivir. La inestabilidad de los movimientos, lejos de traducirse necesariamente en la debilidad de la organización, contribuía a ampliar sus vínculos sociales y su capacidad de representación.
Ambas investigaciones permiten comprender algo que buena parte de nuestros comentaristas de la política, de dudosa cognición promedio, parece descubrir con asombro cada cinco años: el Partido Colorado funciona, desde los años ochenta, mediante una sucesión de conflictos, reacomodamientos y relevos. El enfrentamiento entre militantes y tradicionalistas, las disputas entre Rodríguez, Argaña, Wasmosy y Oviedo, los liderazgos posteriores de Nicanor Duarte Frutos, Cartes y Mario Abdo Benítez no describen una historia de pacífica continuidad, sino una organización atravesada por conflictos que ningún conductor consiguió clausurar definitivamente.
Cada movimiento que intenta identificarse con la totalidad del partido termina encontrándose con los límites de su propia fuerza. Y cuando un liderazgo pierde capacidad de integración, aparecen otros que buscan ocupar ese espacio. No es una anomalía del coloradismo, es parte de su funcionamiento histórico.
Desde esta perspectiva, la crisis de Honor Colorado resulta menos misteriosa de lo que sugieren los que cultivan con virtud la tontería. El presidente Cartes conserva una gravitación considerable, es la figura más popular de la ANE, pero eso no significa que sea el sinónimo de todos los recursos de una organización cuyos dirigentes poseen territorio, votos, cargos y relaciones políticas propias. Tampoco el respaldo que reciben Peña y Alliana demuestra que haya surgido una nueva hegemonía. Lo que vemos es una redistribución de apoyos, una disputa por la conducción y la reaparición de mecanismos de competencia que jamás desaparecieron completamente. La famosa hipótesis de la escasez neuronal que habla de captura del Partido Colorado presenta, por lo visto, una curiosa particularidad: los capturados conservan la posibilidad de discutir con su captor.
El segundo asunto merece especial atención, porque Santiago Peña ha sido uno de los presidentes políticamente más subestimados de nuestra historia reciente. Durante buena parte de su mandato fue descrito como un administrador subordinado, una figura tecnocrática sin estructura ni voluntad política propias.
Sin embargo, en cuestión de días, el presidente mostró capacidad para articular respaldos territoriales, convocar a dirigentes, mantener vínculos con sectores parlamentarios y dar una orientación política explícita a sus actuaciones públicas. El respaldo de los quince gobernadores colorados a la candidatura de Alliana, las reuniones con diputados, senadores, dirigentes y autoridades electas y sus pronunciamientos desde actos de gobierno indican que existe una organización política alrededor del Ejecutivo que no puede despacharse simplemente como una colección de funcionarios obedientes.
No sabemos hasta dónde llegará esta iniciativa, cuánto resistirá ni qué resultados producirá. Pero sí podemos advertir que Peña ha dejado de ocupar exclusivamente el lugar que sus críticos le habían reservado en sus explicaciones.
Sus decisiones recientes muestran que comprende la importancia de relacionar la gestión gubernamental con la construcción territorial de poder, algo especialmente significativo para un presidente que transita sus últimos dos años de mandato y que, por disposición constitucional, no puede aspirar a la reelección.
En el fondo, lo que estamos presenciando es también un relevo generacional dentro de la ANR, no necesariamente porque desaparezcan los antiguos dirigentes, sino porque nuevos actores comienzan a disputar la conducción de estructuras que recibieron, construyeron o fortalecieron durante los últimos años.
El desafío consiste en determinar si esa nueva generación podrá transformar la competencia por los espacios de poder en una propuesta política capaz de organizar la sucesión de 2028. La mera disponibilidad de gobernadores, diputados y recursos gubernamentales no constituye todavía un proyecto nacional, así como el prestigio de un conductor no garantiza la obediencia perpetua de sus seguidores.
Quizás convendría, mientras tanto, concederles a los acontecimientos el modesto derecho de ocurrir antes de proceder a su clasificación definitiva. Ni Cartes ha perdido gravitación en la política, ni el oficialismo ha conquistado el partido.
Todos cuentan con recursos y enfrentan límites. Martínez Escobar y Sánchez Gómez ofrecen herramientas bastante más provechosas para entender esta situación que la sucesión de grandes adjetivos con los que se ha querido sustituir el análisis político.
El coloradismo vuelve a moverse conforme a una lógica que conocemos desde hace décadas. Lo novedoso, acaso, no sea la conducta de sus dirigentes, sino la perseverancia con que algunos de sus intérpretes se empeñan en sorprenderse.



