El gobierno de Santiago Peña cerró el tercer trimestre con el desempleo en apenas 4,1%, 66.149 personas más trabajando y 92.166 nuevos empleos formales en un año. En ese tablero en verde, el rojo más alarmante está en el campo: 50.765 trabajadores menos, y un ministro encargado de cuidarlo que todavía no sabe dónde está parado.
Carlos Giménez tiene un talento singular. Mientras el resto del Gabinete exhibe números que cualquier gobierno de la región envidiaría, él consiguió que su área sea la mancha en la foto. Según la Encuesta Permanente de Hogares Continua del INE, publicada el viernes 30 de octubre, el sector agropecuario cerró el tercer trimestre con 50.765 ocupados menos que un año antes. El informe calificó la caída de estadísticamente significativa.
La curva tiene la forma de un tobogán pronunciado. En el primer trimestre, el MAG celebró que el empleo agropecuario en el área rural había crecido 3%, unas 10.500 personas. En el segundo, el sector perdió casi 15.000 ocupados en todo el país. En el tercero se desplomó en 50.765, una pérdida del 11,4% de los trabajadores del campo en apenas doce meses.
Lo notable es que todo lo demás funciona. En el mismo período, comercio, restaurantes y hoteles sumaron 83.289 trabajadores; la industria manufacturera, 35.558; los empleados y obreros del sector privado, 108.143. La economía que conduce el presidente Peña genera trabajo a un ritmo sostenido. La peor caída se concentra justamente en el sector que tiene un ministerio exclusivo dedicado a él.
Giménez tampoco puede culpar a la cosecha. Según las Cuentas Nacionales del Banco Central, la agricultura creció 11,1% en el segundo trimestre y 12,3% en el primer semestre, más del doble que el PIB. La soja cumplió. Los productores cumplieron. El campo produce a un ritmo envidiable y pierde gente a uno alarmante, y hace falta cierta pericia para quedarse siempre con la mitad equivocada de esa ecuación.
En mayo, cuando el dato era bueno, el MAG lo celebró con bombos y platillos. Su director de Censos y Estadísticas Agropecuarias, Anselmo Maciel, aseguró que «el crecimiento del campo trasciende las fincas y se proyecta hacia las ciudades». Tenía razón, aunque no en el sentido que imaginaba: seis meses después, lo que parece proyectarse hacia las ciudades son los desocupados. Solo en el área rural, la misma que el MAG eligió para su festejo, el sector perdió 36.294 ocupados en el tercer trimestre: más del triple de la ganancia que celebró en mayo.
Los trabajadores familiares no remunerados, figura típica de la chacra campesina, se redujeron en 37.875. Es la población con la que Giménez, en su balance de fin de 2025, se propuso «dejar atrás la agricultura de subsistencia». A juzgar por la encuesta, algunos lo tomaron al pie de la letra y dejaron atrás la finca.
Las promesas tampoco ayudaron. En abril, tras el Consejo de Ministros, el Gobierno fijó como meta sumar 10.000 nuevos productores a los programas de apoyo estatal durante 2026. Pero por cada productor que el ministerio aspiraba a incorporar, el campo perdió cinco trabajadores en un año. La desproporción habla por sí sola.
Ante la Comisión Bicameral de Presupuesto, en octubre, Giménez ensayó su “explicación”: el MAG acumula un recorte del 42% en cinco años. El argumento tiene un detalle incómodo. La comparación va de 2021 a 2026, y Giménez ocupa el despacho desde agosto de 2023: más de la mitad de ese período es suyo.
En la misma exposición, Giménez estimó que El Niño dañará al menos 10.000 fincas. Si el campo pierde gente en un año de cosecha abundante, la pregunta sobre lo que pasará en una mala campaña se responde casi sola.
El presidente Peña construyó una economía que crece por encima de la media regional, con desempleo en mínimos y formalización en alza. En ese equipo hay una sola pieza que no sabe dónde está parada, y tiene despacho en el MAG. Si bien estos datos duros fueron publicados hace apenas unos días, solo estaría faltando que alguien en el Palacio de López los lea.



