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viernes, marzo 6, 2026

Prieto busca ocupar el lugar vacío de la inexistente disidencia colorada

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Desde la lectura del politólogo Fernando Martínez Escobar, la política paraguaya durante décadas funcionó bajo una lógica clara de correlación de debilidades. Ningún actor poseía la fuerza suficiente para imponerse plenamente, pero todos eran lo bastante fuertes para impedir la hegemonía del otro.

El Partido Colorado ocupa el centro de este equilibrio no por una superioridad absoluta, sino porque nadie lograba desplazarlo en un contexto de fuerzas fragmentadas y fragilizadas.

Sin embargo, por diferentes razones, esa matriz no logra describir con exactitud el presente interno de la ANR. Hoy existe un liderazgo hegemónico nítido, construido sobre victorias electorales consecutivas, cohesión dirigencial y una capacidad inédita para articular al conjunto.

En este escenario, no hay facción, figura ni discurso que pueda oponerse eficazmente al liderazgo de Horacio Cartes. La disidencia residual —Wiens, Pettengill y otros nombres menores— no solo carece de empuje, sino sobre todo carece competitividad electoral. No amenaza, no interpela y, sobre todo, no expresa ninguna variante de proyecto de país.

Es justamente en ese vacío donde debe inscribirse la apuesta de Prieto. Su movimiento no se basa en separar roles —ser líder nacional de la oposición por un lado y hablar al electorado colorado por otro—, sino en combinarlos estratégicamente en una única operación política.

Prieto quiere ser el líder nacional de la oposición, pero no desde la lógica clásica de la oposición anti-colorada, sino desde una interpelación frontal al afiliado colorado, en todos sus anillos de pertenencia. Desde el afiliado urbano de clase media hasta el votante tradicional que mantiene identidad partidaria, pero no encuentra en la élite actual un horizonte estimulante.

En vez de enfrentarse al coloradismo como identidad —como lo hizo el efrainismo durante más de una década—, Prieto busca reconfigurar el sistema mismo de partidos, disputando el sentido de pertenencia y el relato.

Es una novedad estratégica de fondo: rompe con la idea de oposición que demoniza a la ANR, que desprecia símbolos colorado-centrales y que construye su épica desde el anti-coloradismo emocional.

Ese modelo, el del “efrainismo cultural”, produjo un largo ciclo de derrotas. Prieto quiere dejarlo atrás y propone otra cosa: hablar el idioma emocional del votante colorado sin ser prisionero de la estructura colorada.

Su mensaje —“vengo de familia colorada”, “quise ser colorado y no me dejaron”, “hablo a los buenos colorados”— no es folclórico, sino estratégico. Busca ocupar el lugar simbólico que la disidencia interna hoy no ocupa: el del referente con narrativa nacional, con promesa de renovación y con un discurso que genere sensación de empuje.

De triunfar, el PLRA quedaría en un lugar secundario, como una fuerza sin capacidad de fijar agenda ni de disputar narrativas, similar a lo que ya viene ocurriendo.

Y el “efrainismo cultural”—con su marco identitario adversarial hacia la ANR—quedaría archivado como una fase histórica superada, incapaz de competir en un país donde la identidad colorada sigue siendo central.

Ahora bien, ningún actor avanza desde una fortaleza pura. Prieto trae consigo un lastre serio: su gestión municipal terminó intervenida y señalada por irregularidades documentadas por la Contraloría. Esa marca debilita el componente ético de su propuesta y ofrece al oficialismo un flanco abierto.

Ante este desafío, el coloradismo necesita una respuesta firme y estratégica: fortalecer sus reglas internas, revitalizar sus mecanismos de competencia y volver a encender la energía cívica que históricamente distinguió a sus internas.

El Partido Colorado solo podrá sostener su centralidad si ofrece propuestas electorales modernas, con figuras nuevas, atractivas y conectadas con el Paraguay que emerge en el siglo XXI, apoyándose en la fuerza territorial de su dirigencia política.

A diferencia del proyecto de Prieto —construido desde afuera, sin estructuras consolidadas ni reglas institucionales claras—, el coloradismo cuenta con procedimientos claros de selección democrática que deben ser reactivados y puestos en valor sin pérdida de tiempo.

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