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viernes, junio 5, 2026

Novedad o innovación: Paraguay no puede ser solo un destino barato para futuros médicos

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Paraguay está en un punto de bifurcación: puede convertirse en el supermercado barato de títulos médicos del Cono Sur o en el hub regional de formación médica de calidad que muchos vislumbran. La diferencia no es de eslogan, sino de modelo de país: vivir de la novedad barata o construir una innovación institucional que reordene el juego a favor del interés público.

Los números del fenómeno son ya imposibles de ignorar. Decenas de miles de estudiantes brasileños cruzan la frontera para estudiar Medicina en Paraguay, atraídos por una combinación explosiva: cuotas mucho más bajas que en Brasil, barreras de ingreso menos competitivas y una fuerte oferta privada orientada al mercado vecino.

Como viene señalando el director ejecutivo de la UFAMEP, José Tomás Sánchez, el país tiene condiciones para ser “un imán para la educación médica en América del Sur, un referente regional donde calidad, inclusión y cooperación vayan de la mano”. Esa propuesta obliga a tomarse el tema en serio: un imán no es solo volumen; es, sobre todo, reputación.

La novedad la conocemos bien: proliferación de carreras, marketing agresivo en ciudades de frontera, promesas de currículos “modernos” y la fórmula que se repite en cada folletería: estudiar Medicina afuera, más rápido y más barato que en casa.

Durante años, la llamada “ventaja comparativa” de Paraguay se resumió en eso: ofrecer un camino alternativo a los jóvenes brasileños expulsados por el filtro del ENEM y por aranceles prohibitivos en el sector privado de su país. Frente a un costo altísimo y cupos limitados en Brasil, Paraguay aparecía como puerta lateral: más accesible, más barata, más flexible.

Pero la cara oscura de esa novedad también está a la vista. Los resultados de los exámenes de revalidación en Brasil para egresados de universidades extranjeras muestran algo incómodo: hay una enorme variabilidad año a año, tanto en las tasas de aprobación como en el desempeño según país y universidad de origen.

En algunos cortes, los egresados de instituciones paraguayas aparecen con desempeños muy débiles; en otros, mejor posicionados frente a colegas formados en otros países de la región. Ese vaivén revela dos cosas: por un lado, que la oferta paraguaya es muy heterogénea en términos de calidad; por otro, que todavía no contamos con series de datos consolidadas, auditadas y analizadas con rigor que permitan distinguir de manera nítida cuáles instituciones están formando bien y cuáles no.

Para un Estado que pretende ser hub de formación médica, esa opacidad es un problema estructural, no un detalle técnico.

Aquí se vuelve decisiva la distinción entre novedad e innovación. Novedad es abrir plazas de Medicina para aprovechar una ola de demanda extranjera; innovación es rediseñar el sistema de aseguramiento de la calidad para que ese flujo se traduzca en capital humano confiable, en reputación-país y en desarrollo sanitario.

La ANEAES, con su sistema de fases, intenta justamente eso: pasar de una lógica de “condiciones mínimas” a un ciclo de Condiciones Básicas → Mejora Continua → Excelencia, con exigencias crecientes, evaluaciones más robustas y trayectorias de mejora visibles.

Eso no es maquillaje normativo; es un intento de innovación institucional: vincular la expansión de la oferta a estándares verificables y a datos, y no solo a la demanda de matrículas.

Desde el punto de vista de mercado, la pregunta clave es si las innovaciones y exigencias que propone la ANEAES son compatibles con la ventaja comparativa de costo que hoy explica buena parte del flujo brasileño.

La respuesta, si se mira con frialdad económica, es que sí: el diferencial de precio con las carreras privadas de Medicina en Brasil sigue siendo enorme.

Incluso si las universidades paraguayas elevan moderadamente sus cuotas para financiar más horas docentes, mejores campos de práctica, simulación clínica y supervisión efectiva, seguirán estando muy por debajo de los costos que enfrenta un estudiante promedio en su país de origen. El colchón existe; la discusión es qué hace Paraguay con ese colchón.

Ahí aparece la diferencia entre ventaja comparativa de costo y ventaja competitiva de calidad. La primera explica por qué los estudiantes miran a Paraguay hoy: es más barato, más accesible y menos competitivo en el ingreso.

La segunda decidirá si seguirán mirándolo mañana: ¿qué probabilidad real tienen de insertarse en sistemas de salud exigentes?, ¿qué percepción tendrán las autoridades sanitarias y las sociedades científicas brasileñas sobre los médicos formados aquí?, ¿qué evidencia puede mostrar el Estado paraguayo para respaldar esa confianza?

Sin esa segunda pata, el país corre el riesgo de consolidarse en el peor lugar posible: un mercado de títulos baratos con resultados académicos y profesionales inconsistentes y difícilmente defendibles ante reguladores externos.

Además, datos de las propias universidades privadas van mostrando que el mercado brasileño es cada vez más exigente y ya no prioriza solo costos bajos de matrícula, sino también infraestructura y plantel docente de excelencia.

En este punto, la línea que viene sosteniendo la UFAMEP es crucial: vincular educación y desarrollo, exigir equilibrio entre accesibilidad y excelencia y evitar la lógica de “abrir plazas” como estrategia casi exclusiva.

Su insistencia en que Paraguay no puede ser solo un destino de oportunidad para quienes fueron excluidos de su propio sistema, sino un espacio de formación rigurosa, va en consonancia con la idea de que el hub regional debe ser algo más que un fenómeno demográfico.

Un hub de calidad necesita datos, estándares y capacidad de corrección: medir bien, distinguir entre instituciones, transparentar resultados, ajustar criterios y, llegado el caso, restringir o cerrar ofertas que no cumplen.

Tomar en serio la propuesta de Paraguay como hub de formación médica implica, entonces, abandonar la comodidad de la novedad barata y apostar por la innovación exigente.

No basta con repetir que “somos más baratos que Brasil”; hay que poder decir, con evidencia en la mano, que “somos más accesibles, pero además garantizamos procesos formativos que cualquier agencia y cualquier sistema sanitario pueden auditar y respetar”.

La novedad vive del marketing; la innovación se sostiene sobre sistemas de evaluación coherentes, políticas de datos, cooperación internacional y un esquema regulatorio como el de fases que diferencie, premie y sancione.

En el corto plazo, los brasileños seguirán llegando por precio y proximidad. Pero el posicionamiento de fondo no se definirá por los folletos de frontera, sino por la capacidad del Estado paraguayo de transformar su ventaja comparativa de costo en una ventaja competitiva de calidad regulada y medible.

Mientras no existan datos sólidos, consistentes y públicos sobre la calidad de la formación, los resultados de los exámenes y la trayectoria profesional de los egresados, el proyecto de hub seguirá siendo más un relato que una realidad.

Si, en cambio, el país asume el desafío de medir con rigor, de innovar en regulación y de alinear a actores como el MEC, la ANEAES, el CONACYT y el Ministerio de Salud en torno a esa agenda, la frase de la UFAMEP puede dejar de ser un deseo para convertirse en descripción: Paraguay como “imán para la educación médica de América del Sur”, no porque venda títulos baratos, sino porque ofrece algo mucho más escaso y valioso en la región: un ecosistema donde precio, calidad y responsabilidad pública tiran en la misma dirección.

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