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viernes, junio 5, 2026

El PLRA se enfrasca en disputas bizantinas del universo woke

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El Partido Liberal Radical Auténtico volvió a demostrar su insólita capacidad para perderse en los vericuetos menos relevantes de la política nacional. En vez de discutir cómo reconstruir un proyecto capaz de competir, decidió convertir su interna en un debate identitario propio de seminarios universitarios posmodernos. El episodio que terminó de sellar este extravío fue la ya célebre frase de Éver Villalba, quien sugirió, con puntería involuntaria, que si Antonio Buzarquis tanto desea ser vicepresidente debería “autopercibirse mujer y ocupar la viceprimera”. La frase operó como detonante y síntesis: el liberalismo profundizó su viaje hacia una discusión que, lejos de resolver algo, evidencia su desconexión con el país real.

Nada ilustra mejor este extravío que la solemnidad con la que el PLRA discute la paridad. El partido habla de cupos como si éstos tuvieran algún efecto tangible, cuando la verdad es que la arquitectura electoral vigente —con listas desbloqueadas, impulsadas por la propia oposición como un triunfo de la democratización interna— anula cualquier posibilidad efectiva de acción afirmativa. La evidencia es simple: el votante reordena la lista según su criterio personal. Suben y bajan nombres sin respetar el diseño original. El orden se licúa. La paridad se vuelve un gesto simbólico sin capacidad real de corregir asimetrías.

Sin embargo, el partido insiste en tratar la paridad como si fuese una variable determinante. Discute la viceprimera, la identidad de quienes aspiran a los cargos y la “vivencia interna del ser”, conceptos que jamás resolvieron un problema político y que ahora son tratados como si constituyeran el eje doctrinal del liberalismo. Es un debate presentado con un dramatismo inusitado, como si de su resultado dependiera el futuro de la república, cuando lo cierto es que no altera un solo dato de la competencia electoral.

La situación sería cómica si no fuera un síntoma grave. El PLRA no solo se enreda en dilemas identitarios que no modificarán sus posibilidades electorales; lo hace en un momento en que debería concentrarse en reconstruir liderazgos, articular propuestas, recuperar presencia territorial y hablarle a un electorado que dejó de verlo como alternativa. En vez de eso, el partido invierte energía en discusiones bizantinas que ni suman votos, ni ordenan la interna, ni producen un horizonte de poder.

Mientras tanto Paraguay observa un liberalismo dedicado a debatir categorías teóricas que no entiende, mientras los desafíos reales —empleo, seguridad, desarrollo, gobernabilidad— pasan a su costado como si no fueran asuntos de su incumbencia. La identidad que está verdaderamente en crisis no es la de los candidatos que se autoperciben o no como viceprimeras: es la identidad política del propio partido, que hace tiempo dejó de percibirse como fuerza de gobierno.

Si el PLRA quiere volver a ser competitivo deberá abandonar la tentación de convertir cada disputa en un ejercicio de metafísica identitaria y volver a las preguntas que importan: qué ofrece, a quién y con qué liderazgo. Hasta entonces, seguirá debatiendo lo accesorio mientras pierde lo esencial.

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