26.3 C
Asunción
viernes, marzo 6, 2026

La verdad sobre los Therians

Más Leído

Los therians llevan al extremo la idea de que la identidad se basa solo en la autopercepción, y al hacerlo la vuelven insostenible, porque si “sentirse” basta para “ser”, entonces también debería bastar para “ser” un animal, con lo cual su exageración funciona como una refutación por el absurdo que desestabiliza el discurso transgénero y obliga a elegir entre poner límites objetivos basados en lo dado o aceptar que la voluntad subjetiva es el único fundamento.

 

En buena parte del clima cultural actual, lo que antes se tomaba como punto de partida se trata como algo “negociable”, de manera que el cuerpo se piensa como material editable, el sexo como una etiqueta revisable, la pertenencia a una especie como una idea discutible y la naturaleza como un relato más, con lo cual se instala una regla práctica muy simple, que lo real no tiene autoridad por sí mismo y que solo vale si se ajusta a lo que cada subjetividad afirma de sí.

Dentro de esa regla, el therian funciona como una refutación por el absurdo, porque toma la tesis central, la identidad es lo que uno se autopercibe y declara, y la empuja hasta su extremo lógico, que si ese criterio no tiene límites entonces también debería valer que alguien diga con seriedad que es un husky o un zorro “atrapado” en cuerpo humano, de modo que la época queda expuesta cuando la misma lógica que se celebraba como liberadora empieza a producir conclusiones que la mayoría percibe como delirantes.

La clave no es burlarse de personas, sino entender el supuesto filosófico que se pone en juego, porque el transhumanismo identitario presenta la autodeterminación como libertad suprema sobre una idea básica, que el cuerpo sería una cárcel y que la voluntad tendría derecho a redefinirlo, por eso la biología queda tratada como dato secundario, mientras el thérian invierte el movimiento y, al afirmarse animal, hace visible que la discusión real no es estética sino ontológica, quién manda en última instancia, lo dado o la declaración.

Cuando la autopercepción se convierte en criterio final, el problema es que ya no existe un freno interno que distinga entre dos cosas distintas, la vivencia subjetiva, que puede ser intensa y significativa, y la afirmación literal sobre lo que uno es, que pretende obligar al mundo compartido a reorganizarse, y esa ausencia de freno obliga a una elección incómoda, o se acepta que cualquier autodeclaración vale en principio, o se reintroducen límites objetivos, aunque sea de manera implícita, que contradicen el dogma de que “todo depende del sentir”.

Por eso el therianismo puede leerse en clave antiwoke, no porque sea un movimiento político, sino porque desarma desde adentro la solemnidad con que se protege la autopercepción convertida en fundamento, ya que al aplicar la regla de manera literal muestra que la regla no distingue por sí sola qué afirmaciones deben ser intocables y cuáles pueden discutirse, y en ese punto reaparece una intuición clásica que el discurso contemporáneo suele rechazar, que la naturaleza no es solo una coartada de opresión, también es un suelo común que pone límites y hace posible una identidad estable.

El voluntarismo puro produce identidades frágiles por una razón comprensible, porque si la identidad se sostiene solo en la declaración necesita confirmación constante, y esa confirmación se vuelve un sistema de protocolos y sanción moral al que pregunta, mientras el therian, al elegir un animal concreto, introduce forma y límite, lo cual revela paradójicamente que incluso en una cultura que idolatra la fluidez se busca una estructura que no dependa del capricho del momento.

En ese sentido, los therians desestabilizan la lógica transgénero en el plano conceptual, no atacando personas ni negando sufrimientos, sino poniendo a prueba el principio de la autopercepción como criterio suficiente, porque si se sostiene ese principio sin matices la autopercepción therian queda incluida, y si se la excluye aparece de inmediato la pregunta decisiva, con qué criterio objetivo se decide qué autopercepciones cuentan como identidad literal y cuáles quedan como metáfora, juego o símbolo.

Lo que queda a la vista es un problema de autoridad y no solo de sensibilidad, porque la discusión deja de ser sobre verdad y pasa a ser sobre quién tiene poder para imponer qué debe tomarse en serio y qué puede discutirse, de modo que el therianismo, al llevar la tesis al extremo, muestra la “locura” de época en un sentido preciso, que se pretende fundar la realidad en la voluntad y luego se necesita un aparato social de validación para sostener lo que la realidad no sostiene por sí.

Los therians no anuncian el futuro, muestran el presente de una modernidad que debilitó los fundamentos trascendentes y los reemplazó por protocolos de reconocimiento, y por eso su absurdo funciona como diagnóstico riguroso, ya que una identidad que quiere durar necesita algo más que voluntad y lenguaje, necesita un suelo compartido, límites y una forma que no se invente a cada instante.

Más Artículos

America TV

Últimos Artículos