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martes, julio 21, 2026

Therian y la crisis del actor social: una lectura desde Alain Touraine

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En una época donde se erosionan clase, nación, trabajo e ideologías, el sujeto queda cada vez más solo frente a la tarea de darse una identidad. Desde Alain Touraine, esto se lee como debilitamiento del “actor social”: ya no hay conflictos, proyectos ni relatos comunes con suficiente densidad. En ese vacío, la identidad se vuelve autorreferencial y la imaginación reemplaza a la acción colectiva. El fenómeno therian puede entenderse así menos como excentricidad y más como síntoma. Un “yo soy” extremo cuando el “nosotros” se ha deshilachado. Por: Martín Duarte Penayo*

 

La emergencia de identidades como la therian puede leerse menos como una simple excentricidad individual y más como un síntoma de una transformación profunda en la relación entre sujeto y sociedad. En la tradición de Alain Touraine, el “actor social” es aquel que se reconoce a sí mismo como parte de un conflicto, de un proyecto histórico y de un horizonte colectivo de sentido. Cuando ese actor se debilita o desaparece, no queda simplemente un individuo más libre, sino un sujeto desanclado, privado de mediaciones sociales fuertes, de relatos comunes y de referencias normativas estables. En ese vacío, la identidad deja de construirse en diálogo con instituciones, movimientos o proyectos colectivos, y comienza a girar sobre sí misma como un ejercicio de autoafirmación imaginaria. El fenómeno therian puede pensarse, en este marco, como una de las formas extremas en que el yo intenta producir sentido cuando el sistema social ya no ofrece lenguajes compartidos para hacerlo.

Touraine sostuvo que la modernidad tardía está marcada por la crisis de las grandes estructuras que organizaban la experiencia social: clase, nación, trabajo, ideología. En ese contexto, el actor social -entendido como sujeto capaz de inscribirse en luchas y proyectos históricos- se fragmenta o se disuelve. La política se tecnocratiza, la economía se autonomiza y la cultura se privatiza, mientras el individuo queda cada vez más solo frente a la tarea de darse una identidad. Lo que aparece entonces no es una subjetividad más emancipada, sino una subjetividad más frágil, obligada a inventarse sin apoyos sólidos y sin tradiciones que encaucen su experiencia. Desde esta perspectiva, la identidad therian no es simplemente una fantasía personal, sino una respuesta a la pérdida de esos marcos colectivos: una forma de decir “yo soy” cuando ya no hay un “nosotros” con suficiente densidad simbólica para sostener ese decir.

La “muerte del actor social” no implica la desaparición del individuo, sino, paradójicamente, su hipertrofia imaginaria. Allí donde antes el sujeto se definía en relación con roles sociales, pertenencias políticas o tradiciones morales, ahora se ve empujado a producir una identidad puramente autorreferencial. En ese movimiento, la imaginación deja de funcionar como proyección de un futuro compartido y se convierte en una huida en negativo frente al vacío de lo social. Identificarse con un animal, con una entidad no humana o con una figura simbólica desligada de cualquier práctica colectiva puede leerse como una forma de escapar a un mundo que ya no ofrece lugares reconocibles para la acción significativa. No es tanto un exceso de libertad lo que está en juego, sino una carencia de estructuras de sentido que orienten esa libertad.

Desde un punto de vista tourainiano, el problema no es la proliferación de nuevas identidades en sí misma, sino el hecho de que estas surjan en un espacio social cada vez más despolitizado y deshistorizado. Cuando la sociedad deja de ser un escenario de conflictos y proyectos y se transforma en un sistema cerrado de gestión técnica, el sujeto pierde la posibilidad de reconocerse como actor. La identidad se desplaza entonces del terreno de la acción al de la autoexpresión simbólica. El therian puede interpretarse como una figura límite de este desplazamiento: una identidad que ya no busca inscribirse en un mundo común, sino afirmarse en una narrativa íntima, desligada de cualquier horizonte de transformación social o de pertenencia compartida.

En este sentido, estas modalidades identitarias no emergen ni resuenan con la misma intensidad en cualquier contexto, sino especialmente en aquellos territorios nacionales donde se ha debilitado el control moral y político del actor sobre el sistema y sobre sus propias pretensiones de sentido. Allí donde la sociedad renuncia a pensarse a sí misma como proyecto, y donde los actores ya no disputan el rumbo del orden social sino que lo padecen o lo administran pasivamente, el espacio queda abierto para formas de subjetivación desligadas de toda referencia común. La pérdida de esa tensión entre actor y sistema —que para Touraine es constitutiva de la modernidad democrática— deja al individuo sin mediaciones normativas fuertes, y es precisamente en ese vacío donde identidades como la therian pueden volverse socialmente resonantes: no como simple extravagancia, sino como síntoma de una sociedad que ha abandonado la tarea de producir sujetos capaces de inscribirse críticamente en un horizonte colectivo.

Finalmente, pensar el fenómeno therian desde Touraine permite devolver la discusión al plano de lo social y lo político. No se trata de juzgar moralmente estas identidades, sino de interrogar el tipo de sociedad que produce sujetos que ya no pueden reconocerse como actores en un mundo común. La huida hacia identidades imaginarias aparece así como el reverso de una sociedad que ha dejado de ofrecer proyectos colectivos creíbles y formas densas de pertenencia. Allí donde antes la nación, el trabajo o los movimientos sociales organizaban la experiencia y daban un horizonte de sentido, hoy queda un espacio fragmentado en el que el individuo debe inventarse solo. El therian no sería entonces una rareza aislada, sino una expresión extrema de la crisis del actor social y de la dificultad contemporánea para articular identidad, acción y pertenencia en un mismo horizonte histórico.

*Martín Duarte Penayo es sociólogo de la Universidad de Buenos Aires

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