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viernes, junio 5, 2026

La ilusión de la suma: por qué Soledad + Johanna no es 2+2

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Cada vez que dos figuras políticas anuncian un acercamiento, reaparece el reflejo automático: “si juntan sus votos, ganan”. La cuenta parece simple. Pero la política no es aritmética pura. Es comportamiento humano.

 

El primer error es asumir que los votos “pertenecen” al candidato y pueden trasladarse como fichas. No funcionan así. El voto es una decisión individual, contextual y muchas veces emocional. Cuando una candidatura se integra a otra, sus votantes no se convierten en un bloque automático. Vuelven a evaluar. Algunos acompañan la alianza. Otros se abstienen. Otros migran hacia alternativas más coherentes con su identidad original. Y una parte, simplemente, se retira.

En este caso, la diferencia ideológica no es un detalle menor. Johanna Ortega ha construido un perfil más progresista y social; Soledad Núñez se ubica en un espacio más liberal o de centroderecha. Además, su principal antecedente en el sector público fue haber sido ministra durante el gobierno del expresidente Horacio Cartes, y esa es, en términos políticos, su carta de presentación más clara dentro del Estado. Ese dato no es neutro: condiciona percepciones, activa memorias y define posicionamientos.

Pensar que esos electorados son intercambiables es desconocer cómo opera la identidad política. Hay votantes que priorizan valores antes que estrategias. Para un sector progresista, acompañar a una figura asociada a un gobierno colorado anterior puede resultar incómodo e incluso contradictorio con su narrativa histórica. Del mismo modo, un votante de centroderecha puede no sentirse representado por agendas más vinculadas al progresismo que eventualmente quieran filtrarse al proyecto común. No todos están dispuestos a “cruzarse” solo por conveniencia electoral.

Incluso el propio sistema de balotaje demuestra que la transferencia no es mecánica. Si los votos fueran automáticamente trasladables, la segunda vuelta sería un trámite contable. Pero nunca lo es. Siempre hay abstención, voto en blanco, voto castigo o migración hacia opciones consideradas más “puras”.

Por eso, asumir que los votos de Johanna se trasladan íntegros a Soledad es más un deseo que una proyección seria. Las alianzas pueden ampliar competitividad, pero también pueden desdibujar identidad. Y en política, la identidad es un activo frágil.

La verdadera pregunta no es cuánto suman los nombres, sino cuánto se compatibilizan los proyectos. La política real no consiste en juntar cifras, sino en construir consenso sin perder coherencia.

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