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viernes, junio 5, 2026

¿Qué significa evidencia en psicología?

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Santiago Duarte Penayo cuestiona el uso ligero de “terapia basada en evidencia” como sello automático de legitimidad. Advierte que muchas veces funciona como eslogan que divide terapias “válidas” y “sospechosas”, sin explicar qué se mide ni cómo. Sostiene que la evidencia siempre está mediada por supuestos (qué es síntoma, qué es éxito, qué variables cuentan). El riesgo no es investigar, sino simplificar la experiencia subjetiva a lo que puede protocolizarse y cuantificarse. Propone una actitud más científica: sostener preguntas incómodas y evitar que la evidencia se vuelva dogma.

Por: Santiago Duarte Penayo*

 

En el campo de la salud mental hay una frase que funciona como clave de legitimidad: una terapia debe ser “basada en evidencia científica”. La expresión aparece en congresos, redes sociales, páginas institucionales y recomendaciones oficiales. Opera como un sello de calidad. Si algo está “basado en evidencia”, entonces sería serio, moderno, confiable. Lo demás queda bajo sospecha.

El efecto es inmediato: se arma una división. De un lado, las terapias correctas. Del otro, las dudosas. El psicoanálisis suele ocupar el lugar del acusado habitual: no tendría suficiente evidencia. En cambio, la terapia cognitivo-conductual (TCC) se presenta como la campeona del método científico. Está en manuales, escuelas, hospitales, programas para la ansiedad, talleres de mindfulness, intervenciones breves en contextos de crisis. Su expansión es tan amplia que parecería no haber rincón del malestar humano donde no pueda aplicarse un protocolo validado.

Ahora bien, conviene detenerse un momento. ¿Qué quiere decir exactamente “basado en evidencia”? Cuando uno pregunta, descubre que muchas veces la expresión funciona como un comodín sin más explicitaciones. Se repite con seguridad, pero rara vez se explica.

¿Cómo se produce evidencia en psicología? ¿Qué se mide cuando se mide “mejoría”? ¿Cuánto dura esa mejoría? ¿En qué contexto cultural? ¿Con qué tipo de pacientes? ¿Qué aspectos de la experiencia quedan fuera de lo que puede cuantificarse? Y, sobre todo, ¿es tan simple trasladar el ideal metodológico de las ciencias naturales -donde se estudian fenómenos físico-químicos- a un campo atravesado por el lenguaje, la historia singular de cada persona y el encuentro particular entre terapeuta y paciente dentro de un dispositivo cultural como la psicoterapia?

La propia historia de la psicología experimental debería volvernos más prudentes. El célebre caso del caballo Hans mostró que un fenómeno aparentemente objetivo podía depender de señales involuntarias del experimentador. Más tarde, los estudios de Rosenthal evidenciaron cómo las expectativas del investigador pueden influir en los resultados. La neutralidad absoluta es más un ideal que una realidad.

Nada de esto invalida la investigación empírica. Lo que sí invita es a desconfiar de la transformación de la “evidencia” en eslogan, porque cuando una herramienta metodológica se convierte en bandera identitaria, deja de ser una pregunta abierta y empieza a funcionar como dogma.

Además, la evidencia nunca es pura, siempre está mediada, o construida, desde ciertos supuestos. Decidir qué contar como síntoma, cómo definir el éxito terapéutico, qué variables medir y cuáles ignorar ya implica una toma de posición. No hay datos sin marco conceptual, tampoco hay números sin interpretación.

El riesgo no es investigar, sino simplificar, porque cuando la complejidad de la experiencia subjetiva se reduce a lo que puede protocolizarse y replicarse en estudios controlados, lo que no entra en la planilla estadística corre el riesgo de desaparecer.

Entonces, tal vez el problema no sea exigir evidencia, sino convertirla en una suerte de religión vacía . La ciencia no avanza por consignas repetidas, sino por preguntas incómodas, y sobre todo por problemáticas definidas. Y quizás, en salud mental, la actitud verdaderamente científica consista menos en repetir que algo está “validado” y más en sostener la incomodidad de no tener la última palabra.

Hay una idea sugerente -la de “quedarse con el problema”- que invita a no apresurar respuestas que tranquilizan, sino solo empobrecen la pregunta. En lugar de cerrar el debate con una etiqueta, tal vez convenga sostener una tensión: preguntarnos qué entendemos por evidencia, qué dejamos afuera cuando medimos, qué supuestos sostienen nuestros métodos.

Porque hacer buenas preguntas no debilita a la ciencia; la fortalece. Lo que la debilita es el dogma. Y cuando la evidencia se transforma en dogma, deja de ser ciencia y empieza a parecerse demasiado a aquello que dice combatir.

*Licenciado en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.

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