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martes, julio 21, 2026

El apellido colorado

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Para el sociólogo Martín Duarte, la permanencia de la ANR no depende únicamente de su maquinaria electoral, sino también de una pertenencia social y afectiva que se transmite en las familias, en la memoria histórica y en la cultura popular.

Por: Martín Duarte*

La ANR difícilmente pueda ser comprendida de manera adecuada si se la reduce a la imagen de una maquinaria electoral, porque esa representación, aun siendo útil para describir su capacidad de movilización, su disciplina interna y su capilaridad territorial, deja sin resolver el problema decisivo, que es el de las condiciones sociales que sostienen su persistencia histórica y del tipo de vínculo que la une, de manera duradera, con amplios sectores de la sociedad paraguaya.

En ese punto, el aporte de Marcelo Lachi en Correligionarios resulta especialmente valioso,  ya que permite advertir que, en Paraguay, la pertenencia a los partidos tradicionales suele configurarse menos como el resultado de una elección individual que como una forma de adscripción social temprana. Esto tiene su lugar en el interior de la familia, donde se transmiten lealtades, disposiciones y modos de habitar el mundo político que hacen que la afiliación aparezca, desde el comienzo, bajo la forma de una pertenencia incorporada antes que de una decisión plenamente reflexiva.

Sin embargo, la productividad de ese enfoque tiene sus propios límites, porque si bien ayuda a describir con claridad los mecanismos sociales de reproducción de la pertenencia partidaria, no siempre alcanza para captar del todo la fuerza afectiva, estética y pre-reflexiva mediante la cual esa pertenencia se vuelve experiencia vivida. De modo complementario, es necesario pensar en que la identificación partidaria no solo circula como lealtad socialmente heredada, sino también como una sensibilidad incorporada que muchas veces antecede incluso a la formulación explícita de una identidad política.

Dicho de otra manera, el planteo de Lachi ilumina con precisión la dimensión sociológica de la adscripción, aunque deja todavía abierto un problema más hondo, que es el de cómo esa pertenencia logra arraigarse no solo como norma familiar o continuidad organizativa, sino como una manera de sentir, percibir y habitar el mundo social. Allí es donde una clave fenomenológica puede agregar un nivel de comprensión superador, en la medida en que permita pensar que el partido se incorpora como horizonte de experiencia, anterior a la reflexión y decisivo en la orientación posterior de las prácticas.

Dentro de esa trama, el folclore ocupa un lugar central, puesto que en Paraguay la música, la poesía popular y, de manera muy especial, la polka, funcionan como soportes de transmisión de sensibilidades colectivas en las que circulan relatos históricos, tonalidades nacionalistas y marcas partidarias que, al integrarse a la vida familiar, a las celebraciones y a las memorias compartidas, inscriben la pertenencia política en una experiencia estética y afectiva que refuerza su arraigo cotidiano y la vuelve más profunda que una simple identificación doctrinaria.

Además, y este punto es fundamental, esa inscripción de la pertenencia tiene una base histórica concreta, porque episodios de alta intensidad política, entre los que sobresale la Guerra Civil Paraguaya de 1947, no solo estructuraron el sistema político sino que penetraron de manera profunda en la vida social, dejando marcas en las memorias familiares, en las experiencias de protección y persecución, en las formas de inclusión y exclusión, así como en la cristalización de lealtades que fueron transmitidas intergeneracionalmente junto con el recuerdo de esos acontecimientos.

De allí emerge una forma de reproducción microcapilar del partido, sostenida en prácticas cotidianas, vínculos familiares y registros afectivos que atraviesan la vida social en su conjunto. Esta es la razón por la cual la ANR se reproduce también en el tejido mismo de las experiencias ordinarias, allí donde se forman hábitos, fidelidades y disposiciones duraderas que luego encuentran expresión organizativa e institucional.

Por esa misma razón, los enfoques que interpretan la política exclusivamente desde el cálculo racional o desde la competencia institucional resultan limitados para pensar la identidad colorada. Erradamente, parten de una imagen abstracta del sujeto político y dejan de lado el hecho de que los individuos ingresan al espacio político portando memorias, afectos y sensibilidades previamente constituidos, que orientan su práctica antes de cualquier deliberación plenamente consciente, algo que el trabajo de Lachi permite ver con claridad en el plano de la socialización partidaria, aunque sin abarcar del todo la dimensión experiencial e histórica de ese proceso.

Reconocer esta dimensión no supone renunciar a una mirada crítica sobre las formas efectivas de la política paraguaya, aunque sí exige comprender con mayor precisión la lógica social de su reproducción, dado que la naturalidad del llamado “apellido colorado” remite a una construcción histórica de larga duración, asentada en la articulación entre familia, cultura e historia, cuya persistencia solo se vuelve clara cuando se atiende a ese nivel profundo de inscripción afectiva y cotidiana.

La ANR es una comunidad de pertenencia cuya reproducción descansa en la transmisión de una sensibilidad común, desplegada en registros familiares, culturales e históricos que le otorgan espesor social y continuidad temporal, de manera que el coloradismo, más que un simple dispositivo de competencia electoral, funciona como una forma de experiencia social arraigada, y es precisamente en esa profundidad donde se encuentra una de las claves más importantes de su perdurabilidad.

Martín Duarte es sociólogo de la Universidad de Buenos Aires.

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