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viernes, junio 5, 2026

Carlos Giménez, el peor ministro de Agricultura de la era democrática

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En la larga historia de la era democrática paraguaya, Carlos Giménez se erige como probablemente el peor ministro de Agricultura que ha sufrido el país en este periodo que sigue presentado grandes desafíos.

Este veterinario voraz de capacidades cognitivas limitadas, aunque experto consumado en las habilidades prácticas de saqueo y desvío sistemático de fondos, representa el estado puro de la decadencia  que carcome a parte de las clases dirigentes del Paraguay.

Incapaz de reconocer a sus propios hijos hasta que una prueba de ADN lo obligó a confrontar la realidad de una hija adolescente que había negado durante dieciséis años, este mismo hombre es igualmente incapaz de reconocer que sus escuálidas iniciativas no tienen ni la forma más rudimentaria de un trabajo escolar de política pública.

Su paso por la intendencia de Choré ya marcaba el camino. Allí descargó disparos a medio metro del rostro de un párroco simplemente por no asistir a una inauguración municipal, demostrando desde temprano su dudosa hominización, con actitudes de violencia primaria propios de estadios evolutivos ancestrales.

Como gobernador de San Pedro, estas conductas se profundizaron. Agredió físicamente a periodistas que investigaban el uso indebido de maquinarias públicas en sus estancias privadas y la Contraloría General de la República detectó indicios de hechos punibles por más de dieciséis mil millones de guaraníes en un solo ejercicio, plagado de obras fantasmas, fraudes en alquileres y entregas ficticias de medicamentos.

El saqueo alcanzó niveles escandalosos durante la pandemia, mientras el pueblo padecía el dolor de la enfermedad. Habría desviado más de seis mil millones de guaraníes de fondos Covid a través de un esquema burdo de organizaciones receptoras integradas por sus propios funcionarios subordinados. Mientras tanto, su patrimonio personal crecía un ciento cincuenta y cuatro por ciento entre 2016 y 2023, saltando de siete mil ochocientos a veinte mil millones de guaraníes mediante adquisiciones inexplicables.

Ahora, como ministro desde agosto de 2023, ha llevado esa misma expertise en mediocridad y pillaje al corazón del sector productivo paraguayo. Su famoso Plan Nacional del Tomate terminó en importaciones masivas mientras la brecha entre precio en finca y góndola alcanzaba el ciento veintiséis por ciento, es una demostración irrefutable de inoperancia.

La inflación de alimentos y bebidas no alcohólicas cerró el 2025 en un siete coma uno por ciento, más del doble de la inflación general. Carne, hortalizas, mandioca y tomate se han convertido en lujos inalcanzables para la mayoría de los hogares paraguayos, especialmente los más pobres que destinan hasta el setenta por ciento de sus ingresos a la comida.

Presume inversiones récord y entrega de tractores, pero los pequeños productores son expulsados del campo, la población rural se vacía y las ciudades crecen sin control. Cuando productores se atrevieron a protestar por el abandono, fueron tratados como enemigos y castigados con recortes de apoyo.

Para completar el cuadro de ineptitud absoluta, designó como viceministra a una persona imputada por estafa y firmó un acuerdo diplomático con Kailasa, un país que ni siquiera existe, en uno de los capítulos más tragicómicos de la historia nacional.

Carlos Giménez es la expresión más pura y descarada de cómo la mediocridad audaz y la voracidad sin límites pueden instalarse en el centro mismo de las políticas que deberían alimentar al país.

Paraguay no merece seguir cargando ni un día más con este ministro. Cada jornada que permanece en el cargo es una humillación adicional para el campo paraguayo y una burla cruel a los que menos tienen.

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