Hay un dato que debería estar en la conversación pública de este país con mucha más fuerza de la que tiene: Paraguay está a punto de completar cuatro años consecutivos de crecimiento económico por encima del 4%. Es un hecho que no ocurría desde el trienio 2006-2008, y que adquiere un significado especial cuando se recuerda de dónde venimos.
En 2020, la pandemia golpeó a Paraguay como al resto del mundo. La economía se contrajo, los empleos se evaporaron, las cadenas productivas se quebraron. En 2021 y 2022 el rebote fue desigual, con una sequía histórica que castigó al agro y una crisis energética en Itaipú por la bajante del Paraná. El panorama era sombrío. Muchos analistas pronosticaban una recuperación lenta y dolorosa.
No fue así. En 2023, primer año de la administración Peña, el PIB creció 4,5%. En 2024, consolidó la tendencia con un 4,7%. En 2025 vino el salto: un crecimiento del 6,6%, el más alto en más de doce años, un desempeño que el Banco Central del Paraguay calificó como algo que no se observaba desde la etapa de construcción de Itaipú. Y para 2026, el Banco Mundial proyecta un 4,4%, ubicando al país como la segunda economía de mayor expansión en toda la región, solo detrás de Guyana.
Estos no son números de papel. La semana pasada, el Banco Mundial publicó un artículo firmado por su vicepresidenta para América Latina, Susana Cordeiro Guerra, y el vicepresidente de Prosperidad, Pablo Saavedra, titulado “Crecimiento, empleo y reducción de la pobreza: Lecciones aprendidas de Paraguay”. El organismo más importante del sistema financiero internacional no dijo que Paraguay “va bien” o que “tiene potencial”. Dijo que la experiencia paraguaya merece ser estudiada y es replicable. Dijo que la pobreza pasó del 50% al 16% en dos décadas, que 300.000 personas salieron de esa condición solo en los últimos dos años, y que el motor principal fue el incremento de los ingresos laborales. No la asistencia. No la caridad. El trabajo.
Ahora bien, celebrar no es conformarse. Hay tres grandes desafíos por delante para que el crecimiento no se convierta en una anécdota estadística sino en un cambio estructural. El primero es sostener la red de protección social sin perder el rumbo fiscal. El presidente Peña lo planteó con franqueza al tomar juramento al nuevo ministro de Economía, Óscar Lovera: no está dispuesto a negociar los programas sociales que su gobierno construyó.
Hambre Cero alimenta a más de un millón de niños en escuelas públicas. Las Becas de Gobierno pasaron de 5.000 a 7.600 beneficiarios, unificando programas antes dispersos entre Itaipú, Yacyretá, el MEC y la Secretaría de la Juventud. La Pensión Alimentaria para Adultos Mayores se expandió. Son conquistas que no se pueden sacrificar en el altar del ajuste fiscal. Pero el ajuste es real: el Tesoro dejará de percibir entre 540 y 600 millones de dólares respecto de lo presupuestado, la caída del dólar redujo los ingresos de las binacionales y las deudas con proveedores superan los mil millones de dólares. La ecuación es compleja, pero el gobierno ha elegido el camino correcto: recortar burocracia antes que programas sociales, ajustar el gasto superfluo antes de tocar lo que protege a los más vulnerables. Ese equilibrio es el mayor acto de responsabilidad política de esta gestión.
El segundo desafío es dar el salto en complejidad industrial. Paraguay dejó de ser un país exclusivamente agrícola, pero todavía no es un país industrial en el sentido pleno del término. El régimen de maquila, recién modernizado con la reglamentación de la Ley 7547/2025, exportó 1.309 millones de dólares en 2025 y genera más de 35.000 empleos directos. Prendas paraguayas se venden en Londres, Tokio y Nueva York. Autopartes fabricadas en Alto Paraná mueven vehículos en São Paulo. Pero el 69% de las exportaciones industriales del país sigue concentrado en la maquila, y dentro de ella los rubros de mayor valor agregado tecnológico son todavía minoritarios.
La incorporación de la maquila de servicios en la nueva ley es un paso estratégico: empresas como Nestlé Business Service LATAM ya exportan servicios intangibles desde Paraguay. El acuerdo Mercosur-Unión Europea, vigente provisionalmente desde el 1° de mayo, abre un mercado de 450 millones de consumidores europeos. Y el plan Paraguay 2X propone duplicar el PIB en diez años con un crecimiento del 7% anual.
La ambición está. El marco legal está. Lo que falta es ejecución: más capacitación técnica, más descentralización industrial más allá de los cuatro departamentos donde se concentra el 91% de las maquiladoras, y más articulación entre las universidades y el sector productivo para que los jóvenes que hoy reciben becas del gobierno se formen en las competencias que la industria demanda.
El tercer desafío es de narrativa. Paraguay tiene un problema de comunicación consigo mismo. Un país donde la pobreza bajó 34 puntos porcentuales en dos décadas, donde el Banco Mundial lo pone como ejemplo regional, donde el empleo formal supera los 827.000 aportantes, donde la inflación se mantiene controlada en torno al 3,5%, debería tener una ciudadanía más consciente de sus propios logros.
No para caer en el triunfalismo vacío sino para tener la confianza necesaria en que los desafíos pendientes —infraestructura, educación, seguridad, reforma tributaria— son abordables desde una posición de fortaleza y no de desesperación. El relato catastrofista que ciertos sectores de la oposición y algunos medios promueven no resiste el contraste con los datos. Como lo expresó el ministro del Interior, Enrique Riera: “datos matan relatos”.
Esto no significa que todo esté bien. Significa que lo que está bien es fruto de decisiones de política pública, no del azar, y que lo que falta también requiere decisiones, no lamentos. Departamentos como Caaguazú, Caazapá y San Pedro mantienen tasas de pobreza superiores al promedio nacional. La informalidad laboral sigue siendo alta. La presión tributaria del 11% del PIB es insuficiente para sostener un Estado moderno. El conflicto en Medio Oriente y la guerra comercial global generan incertidumbre sobre los precios de los combustibles y las cadenas de suministro. Son problemas reales que requieren respuestas serias.
Pero la mejor base para enfrentar esos problemas es exactamente la que Paraguay tiene hoy: una macroeconomía sólida, un grado de inversión reconocido por Moody’s y Standard & Poor’s, un acuerdo comercial histórico con Europa, un sector industrial en expansión y una red de protección social que no existía hace una década. Todo eso se construyó con políticas de Estado sostenidas durante más de veinte años por gobiernos colorados, y se aceleró notablemente bajo la conducción de Santiago Peña.
Cuatro años creciendo. No es poco. Lo que viene ahora es convertir el crecimiento en desarrollo. Y para eso, Paraguay tiene algo que muchos países de la región perdieron: rumbo, estabilidad y la voluntad política de no detenerse.



