Cada 30 de abril, el Paraguay se detiene a honrar a quienes sostienen el oficio más silencioso y más fundacional de la República. La fecha conmemora una convicción nacional: el aula es trinchera, y el magisterio es servicio a la patria.
La elección de este día se remonta al Congreso de Educadores de 1915, en coincidencia con el nacimiento de la formación docente sistemática en el país. Aquel gesto fundacional reconocía a los maestros que, tras la Guerra contra la Triple Alianza, comprendieron que levantar al Paraguay de las cenizas exigía una tiza antes que un fusil.
El historiador David Velázquez Seiferheld, referente en historia de la educación paraguaya, sitúa el origen de la instrucción científica impulsada desde el Estado en 1894, con la creación de la Escuela Normal. Antes de esa fecha, según consigna el investigador, la enseñanza recaía en extranjeros con título o en personas con apenas el dominio mínimo de la lectura y la escritura. La Escuela Normal abrió la era de un magisterio profesional, paraguayo y formado bajo criterios pedagógicos rigurosos.
Esa primera generación tuvo nombres que la patria conserva con gratitud. Rosa Peña de González regresó del exilio argentino para reconstruir la educación primaria en un país con la infraestructura arrasada. Las hermanas Adela y Celsa Speratti fundaron la primera Escuela Normal de Maestras en Asunción y abrieron a la mujer paraguaya las puertas de la formación profesional. Delfín Chamorro renovó la enseñanza del castellano. Ramón Indalecio Cardozo introdujo la Escuela Nueva y colocó al niño en el centro del aprendizaje. María Felicidad González, formada bajo la tutela de las Speratti, defendió métodos activos y abrió camino a las mujeres en la vida universitaria e intelectual.
La Guerra del Chaco volvió a probar al magisterio. Los maestros organizaron chacras escolares, fabricaron frazadas y ponchos para el frente, y protegieron a los huérfanos del conflicto. La obra de Velázquez Seiferheld Enseñar, alimentar, cuidar. Las escuelas paraguayas durante la Guerra del Chaco documenta que entre octubre de 1932 y mayo de 1933 los aportes de salarios docentes, contribuciones estudiantiles y donativos sostuvieron cuatro salas hospitalarias dentro de una escuela y financiaron cien camas en la sede de la Cruz Roja. La guerra también consolidó la presencia femenina en la enseñanza: las mujeres ocuparon los espacios laborales que dejaron los varones movilizados, y el aula se transformó en una de las primeras conquistas profesionales de la mujer paraguaya. Hoy, según datos oficiales de 2024, las maestras representan cerca del 65 por ciento del plantel docente de la Educación Escolar Básica y la Educación Media.
Esa herencia continúa viva en cada rincón del país. El maestro paraguayo es el que cruza el Tebicuary en canoa para llegar a su escuelita rural. Es la profesora que enseña en guaraní y en castellano a los niños de una comunidad indígena del Chaco. Es el educador que prepara a sus alumnos en una escuela de frontera con los recursos que tiene a mano y la convicción que le sobra. Esa vocación, transmitida de generación en generación, sostiene uno de los pilares más firmes de la identidad nacional.
El magisterio enfrenta hoy desafíos propios de un país en crecimiento. La integración de tecnologías en el aula, la atención a la pluriculturalidad, la expansión de la infraestructura escolar y la formación continua del docente son tareas en marcha. El Estado paraguayo viene acompañando este proceso con políticas educativas sostenidas, y el desafío compartido entre Gobierno, comunidad educativa y familias es seguir ampliando esas conquistas para que cada niño paraguayo encuentre su lugar en el aula.
En este 30 de abril, el Paraguay reconoce a sus maestros con la gratitud que merece quien ha hecho de su vida un servicio. Detrás de cada profesional, de cada técnico, de cada ciudadano formado en este suelo, hay un maestro que sembró la primera letra. La Patria los saluda con respeto y los reafirma como protagonistas insustituibles de su presente y de su porvenir.



