El caso Manuel Adorni empieza a funcionar como una escena de condensación moral del gobierno argentino de Javier Milei, porque allí se reúnen, en una misma figura, la promesa de pureza, la teatralidad anticasta, la furia contra los privilegios y el rápido aprendizaje de las comodidades del poder. El hombre que fue presentado como ciudadano común, vocero austero y traductor espontáneo de una supuesta revolución liberal aparece ahora asociado a viajes privados, estadías de lujo, beneficios de terceros y zonas patrimoniales que reclaman explicaciones públicas de una contundencia que el oficialismo, hasta ahora, parece incapaz de ofrecer.
Las aventuras antisistema suelen terminar de este modo, con los recién llegados mareados por el poder, con los predicadores de la ruptura descubriendo la alfombra roja, con los fiscales morales de la vieja política aprendiendo demasiado rápido los atajos, las prebendas y los favores que decían venir a demoler. Todo ímpetu de ruptura que desprecia las instituciones, que confunde enojo social con mandato ilimitado y que convierte la provocación en método de gobierno, termina produciendo una versión más pobre, más ansiosa y más desprolija de aquello que prometía superar.
Adorni fue una pieza central de esa ilusión, porque el mileísmo necesitaba un rostro cotidiano para sostener la fábula de que el poder podía ser tomado por ciudadanos puros, incorruptibles, exteriores al sistema, inmunes a sus tentaciones. Esa fábula hoy luce rota, porque el vocero de la austeridad aparece rodeado de señales de privilegio, mientras el gobierno argentino exige sacrificios brutales a jubilados, trabajadores, universidades, provincias y familias que deben aceptar el ajuste como penitencia nacional
La contradicción resulta demoledora, porque el oficialismo hizo de la denuncia contra la casta su principal capital moral, construyó su legitimidad sobre la sospecha permanente hacia todos los demás y pidió obediencia social en nombre de una limpieza histórica. Cuando quienes administran esa promesa empiezan a parecerse demasiado rápido a los beneficiarios de siempre, el problema deja de ser comunicacional y se vuelve existencial para el proyecto, porque un gobierno que se presentó como redención queda expuesto como una maquinaria más de ascenso personal, revancha ideológica y aprovechamiento del Estado.
La provocación permanente, que durante un tiempo funcionó como combustible político, empieza también a quedar en ridículo ante la deslegitimación completa de sus propios voceros. El insulto, la burla, la ironía agresiva y la pose de superioridad moral podían servir mientras el oficialismo conservaba una imagen de incorruptibilidad, pero cuando los hechos empiezan a perforar esa imagen, la provocación se transforma en una máscara vencida, en un gesto cansado, en la mueca de un poder que pretende seguir gritando para evitar explicar.
Ese es el punto más grave del derrumbe de Adorni, porque su figura revela la fragilidad de una apuesta política fundada en el espectáculo del desprecio. El mileísmo se acostumbró a tratar a sus críticos como enemigos, a sus adversarios como delincuentes morales y a la sociedad como una platea que debía aplaudir cada humillación pública, pero la política argentina tiene una memoria demasiado larga para aceptar indefinidamente que los nuevos administradores del poder usen el látigo contra los demás y la indulgencia para los propios.
Adorni queda así como símbolo de una generación oficialista que llegó denunciando privilegios y, apenas tocó el poder, empezó a moverse con la ansiedad de quien teme que la fiesta dure poco. Ese apuro es revelador, porque muestra que detrás del discurso épico de la transformación había también apetitos muy reconocibles, vanidades urgentes, fascinación por el lujo y una voluntad de pertenecer, cuanto antes, al mundo que se había denunciado con furia desde los estudios de televisión.
El gobierno argentino de Milei enfrenta, por eso, algo más profundo que un escándalo incómodo, enfrenta el desgaste acelerado de su mito de origen. La promesa anticasta empieza a parecer una coartada, la austeridad se convierte en consigna para disciplinar a los de abajo, la provocación queda reducida a un recurso de funcionarios acorralados por sus propias contradicciones, y la revolución moral termina ofreciendo una imagen brutalmente reconocible, la de un grupo de recién llegados, fascinados por los privilegios que decían combatir, mareados por el poder y cada vez más parecidos a la decadencia que prometieron clausurar.



