Paranaländer queda anonadado ante la persistencia actual de desvirtuar los fines últimos del cristianismo tanto por sus autoridades como por sus intérpretes.
He pasado esta mañana hojeando el libro de “En busca de la república: ensayos de un transterrado” (2023) del filósofo, docente y diplomático paraguayo Mario Ramos-Reyes.
En especial el capítulo 2: Monseñor Juan S. Bogarin: el alma cristiana de la república.
Explica muy bien el humus que vivifica los últimos brotes intelectuales de la iglesia. Por no ir muy lejos, el giro (o neo giro) fuertemente secularizado de sus recientes cartas y encíclicas papales. El Magnifica Humanitas, ya lo he dicho, incluso llega al ateísmo más descarado, poniendo la preocupación en un ser caído, perdido, y condenado, como es el hombre, por encima o antes de Cristo, su único redentor posible en este valle de lágrimas.
Juan Sinforiano Bogarin nació en Mbuyapey en 1863 y murió en Asunción en 1948.
Se crio con la familia materna, pues perdió a sus padres muy temprano, en Arecayá (creo que queda por Roque Alonso), cerca de Asunción.
Estudió en el Seminario Conciliar en 1880, alcanzando el sacerdocio en 1886.
Consagrado obispo a los 31 anos en 1895 de manos del obispo Lasagna.
Un poco de contexto administrativo eclesial: el Vaticano había decidido en 1866 que la diócesis de Paraguay sea sufragánea de la arquidiócesis de Buenos Aires, en un gesto de intolerable neocolonialismo catoliciensis.
En su carta pastoral primigenia de 1895, que parece venir más de un híbrido de la Liga de Naciones y un gurú estoico, declara:
“Encaminar la república a una sólida paz y verdadera felicidad”.
Recordemos que el célebre papa León XIII ya había incurrido en tales arenas tan alejadas de la doctrina cristina con su Rerum Novarun (De las cosas nuevas) del año 1891.
Incomprensible tal preocupación por lo nuevo teniendo en cuenta que su encíclica anterior tenía una inclinación totalmente diferente y genuinamente fiel a su fe: Aeternis Patris (Sobre el Padre Eterno).
Digámoslo claramente, como el futbol va de goles, el cristianismo va de eternidad y no de cosas nuevas.
Ramos-Reyes justifica tales incursiones en la cuestión social y política del país por parte de Bogarín, a la hegemonía del positivismo laicista y liberal. El positivismo, nos cuenta, ingresa en Paraguay con los ejércitos de ocupación en 1870, influido por la masonería inglesa, laicista y anticlerical.
Entonces el Paraguay niño se metamorfosea en Paraguay joven.
Aquí suelta (como una bomba luqueña) que “la impronta social y política Paraguay nunca tuvo una inspiración cristiana, menos católica”. Y para el nocaut definitivo: “La intelligentsia desde siempre fue positivista, el pueblo católico”.
Jerónimo Irala Burgos define a Bogarín como civilizador. Mal piropo, pues a un obispo lo que le debe obsesionar es la redención eterna no la civilización profana.
El obispo va seguir siendo eclipsado por el redentor social en la segunda carta pastoral:
“Presencia efectiva de Cristo en las realidades del mundo y de la historia”. Esto la verdad no sé como interpretarlo, si Cristo interviene en el flujo del mundo y la historia para salvar al hombre de su atracción demoniaca o, lo contrario, para hundirlo más en ese lodo.
Pero la carta de las cartas de nuestro Monseñor es la del año del señor de 1898, titulada “Sobre la situación del país” (!!!). Transcribo un párrafo maravilloso por su despiste monumental:
“desvalorización de la moneda, aguda inflación, plaga de langostas, sequía prolongada”.
Si me encanta la carta pastoral que dictamina que el matrimonio civil es nulo ante Dios”. Nada más sensato para mis oídos.
No olvido, por supuesto, la carta delirante de 1914 sobre la agricultura!
Tampoco que el lema de su escudo episcopal dicotómico rece:
Pro aris et focis (Para altares y hogares).
Bogarín muere el 25 de febrero de 1948 habiendo emborronado la cifra casi cabalística de 66 cartas pastorales.
A su época corresponde la bula Universi Dominici del 10 de mayo de 1929, que crea, por fin, la Provincia Eclesiástica del Paraguay la Arquidiócesis de Asunción (esto significa la independencia católica del yugo argentino).
Ah, su suprema carta pastoral: Una revolución solo prepara la siguiente…”. Recuerda más las vanidades del arte moderno siempre negándose a sí mismo en cada nueva creación.
El “lucero del Paraguay”, en conclusión, en este ensayo de Ramos-Reyes queda reducido a mero y vulgar alma cristiana de la república en búsqueda de su identidad democrática”.



