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lunes, julio 6, 2026

La Albirroja y la unidad nacional

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La Albirroja volvió a tocar una zona profunda del Paraguay, esa zona donde la patria deja de ser una palabra ceremonial y se vuelve una voz común, una camiseta compartida, una bandera en la ventana, una conversación entre desconocidos que por un rato se reconocen parte de una misma historia. En esos días, el país entero pareció respirar con un mismo pulso, desde las casas hasta las plazas, desde los barrios hasta las comunidades del interior, con una emoción que nació del fútbol y terminó recordándonos que todavía existe una fibra nacional capaz de reunir lo disperso.

 

Esa unidad merece una lectura política seria porque la cohesión nacional también se cultiva, se protege y se proyecta. Cuando una selección despierta un sentimiento tan extendido, el Estado, la escuela, los municipios, los clubes, los medios públicos y la diplomacia encuentran una materia viva sobre la cual trabajar. La política pública tiene aquí una tarea concreta: convertir esa energía popular en una estrategia sostenida de pertenencia, presencia internacional y orgullo compartido, sin vaciarla de su origen popular ni reducirla a una campaña pasajera.

Michael Billig llamó nacionalismo banal a las formas cotidianas por las cuales una nación se recuerda a sí misma: la bandera que aparece en un edificio, el nombre del país repetido en un noticiero, el mapa que ordena una imaginación común, el himno que vuelve familiar una pertenencia. La palabra banal, en su sentido, apunta a lo diario, a lo aparentemente menor, a aquello que acompaña la vida social hasta formar una costumbre afectiva. La Albirroja activa precisamente ese fondo cotidiano de nacionalidad y lo vuelve visible con una intensidad que ninguna teoría podría fabricar desde un escritorio.

Por eso debemos empujar toda forma de sentir popular patriótico que une frente a lo disolvente, porque una comunidad política necesita símbolos capaces de ordenar la emoción colectiva hacia una pertenencia más alta que el enojo, la fragmentación y la sospecha permanente. Lo disolvente aparece cuando la vida pública se rompe en tribus incomunicadas, cuando la patria queda encerrada en disputas mínimas, cuando el orgullo nacional se debilita ante modas culturales que enseñan a mirar lo propio con distancia o vergüenza. Frente a esa tendencia, el patriotismo popular ofrece una fuerza integradora que no niega las diferencias y las ubica dentro de un nombre común.

El Estado paraguayo ya está impulsando esta comprensión al tomar el deporte, la cultura, la imagen país y la proyección internacional como piezas de una misma estrategia nacional. La tarea que se abre ahora consiste en profundizar ese camino como política pública, alineada con la estrategia del presidente Santiago Peña de posicionar al Paraguay ante el mundo como una nación confiada en sus capacidades, atractiva para la inversión, orgullosa de su identidad y capaz de hablar con voz propia en los escenarios globales. La Albirroja puede ser una embajadora emocional de ese Paraguay que busca mostrarse con seguridad, disciplina, talento y sentido de destino.

Profundizar esta política exige continuidad, inteligencia institucional y sensibilidad popular. El deporte de selección puede articular programas escolares, infraestructura barrial, formación de talentos, turismo, diplomacia deportiva, industrias creativas, comunicación pública y presencia de la marca Paraguay en el exterior. Cada partido internacional, cada concentración de compatriotas, cada bandera levantada fuera del país, cada niño que aprende a nombrar a sus jugadores como parte de una memoria común, puede integrarse a una política de cohesión que fortalezca el orgullo nacional desde abajo y lo proyecte hacia afuera con orden y ambición.

La Albirroja nos recordó que el Paraguay posee una reserva espiritual de unidad que aparece cuando el país encuentra una causa compartida. Esa reserva debe ser cuidada, ampliada y orientada, porque una nación que aprende a celebrar junta también aprende a confiar en sí misma. La política, cuando comprende la fuerza de esos símbolos, deja de mirar el sentimiento popular como un episodio emotivo y empieza a tratarlo como una energía histórica. Allí está el desafío: hacer de la pasión albirroja una política de patria, una forma sostenida de cohesión nacional y una carta de presentación ante el mundo.

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