Hay una idea bastante extendida según la cual la experiencia debería enseñarnos a no repetir aquello que nos hace daño. Si ponemos la mano en el fuego y nos quemamos, aprendemos a retirarla. La próxima vez que encontremos fuego, probablemente recordemos la experiencia y evitemos acercarnos demasiado. Buena parte del sentido común funciona con esta pequeña teoría del aprendizaje: la experiencia enseña, el error corrige y el sufrimiento debería dejarnos alguna lección.
Por eso, cuando alguien vuelve una y otra vez a situaciones que le producen malestar, aparece con facilidad el reproche: ¿cómo puede volver a cometer el mismo error?, ¿cómo no se da cuenta?, ¿todavía no aprendió?
El problema es que esa lógica, tan eficaz para explicar nuestra relación con ciertos peligros concretos, empieza a mostrar sus límites cuando intentamos trasladarla sin más al terreno de la vida humana.
Supongamos que alguien decide, esta vez sí, aprender de sus errores. Examina minuciosamente lo sucedido, identifica aquello que salió mal, reconstruye las decisiones que lo condujeron hasta allí y toma todos los recaudos necesarios para no volver a caer. Incluso puede conocer muy bien los motivos de su conducta, reconocer patrones, detectar señales de alarma y elaborar un verdadero mapa de aquello que debería evitar.
Y, sin embargo, algún tiempo después puede encontrarse nuevamente en una posición sorprendentemente parecida.
Tal vez no haya elegido a la misma clase de pareja. Quizás haya cambiado de trabajo, de ambiente, de amistades o de ciudad. Quizás incluso pueda afirmar, con razón, que esta vez actuó de manera completamente distinta. Pero algo retorna. No necesariamente la misma conducta, sino una posición semejante: volver a sentirse relegado, esperar insistentemente un reconocimiento que nunca llega, colocarse frente al otro como quien debe demostrar su valor, quedar nuevamente capturado por una mirada, una exigencia o una promesa.
Ahí aparece una distinción importante: no siempre repetimos acontecimientos; muchas veces repetimos posiciones.
Podemos conocer mucho acerca de nosotros mismos y, aun así, quedar una y otra vez en el mismo lugar sufriente. Como si pudiéramos sacar una piedra con una mano y, al mismo tiempo, volver a colocarla con la otra.
Este punto resulta particularmente interesante en una época atravesada por una enorme oferta de autoconocimiento. Se nos invita constantemente a identificar nuestras “red flags”, descubrir nuestro estilo de apego, reconocer vínculos tóxicos, detectar heridas, nombrar patrones familiares y clasificar nuestras maneras de relacionarnos. Hay, sin duda, algo valioso en poder poner palabras allí donde antes había confusión. Pero también existe el riesgo de convertir el conocimiento sobre uno mismo en una especie de garantía imaginaria de transformación: como si saber fuera suficiente.
Podemos aprender el vocabulario completo de aquello que nos sucede y seguir perfectamente instalados en el mismo lugar. Podemos reconocer que una relación posee todas las “señales de alarma”, enumerarlas con precisión e incluso explicarlas a otros, y continuar profundamente capturados por ella. El saber sobre una situación y la posición desde la cual la habitamos no son necesariamente la misma cosa.
Quizás ahí la metáfora del fuego encuentre su límite: el fuego quema con una regularidad relativamente indiferente a nuestra historia. Pero en las relaciones humanas nunca estamos frente a un objeto tan estable. El otro habla, calla, desea, mira, rechaza, reconoce, se ausenta. Y esas acciones adquieren un valor particular según la trama desde la cual cada uno las recibe.
Esto quiere decir que no respondemos solamente a lo que ocurre, sino también al lugar que suponemos ocupar en aquello que ocurre.
Por eso ciertas escenas pueden adquirir una persistencia extraordinaria. A veces estamos tomados por fantasías que organizan nuestra relación con los otros y que ofrecen respuestas –aunque sean precarias– a preguntas difíciles de resolver de manera definitiva: ¿qué quiere el otro de mí?, ¿qué soy para él?, ¿qué lugar ocupo en su deseo?, ¿qué veo de mí mismo en su mirada?
Estas preguntas no suelen presentarse de forma explícita. No caminamos por la vida formulándolas conscientemente. Sin embargo, pueden organizar buena parte de nuestras elecciones y nuestros conflictos.
De allí surge una de las paradojas más desconcertantes de la repetición: algo que sabemos que nos hace sufrir puede conservar, al mismo tiempo, cierto brillo, cierta fascinación.
No porque exista necesariamente un deseo consciente de sufrir. La cuestión es más compleja. Una determinada escena, aun dolorosa, puede brindar cierta estabilidad frente a una pregunta más incierta. Puede ser una manera conocida de responder a aquello que no sabemos del todo cómo responder.
Alguien puede sufrir reiteradamente porque nunca se siente suficientemente reconocido y, sin embargo, encontrarse una y otra vez en escenarios en los que ese reconocimiento permanece en suspenso. Otro puede lamentarse por sentirse siempre responsable de sostener a los demás y, al mismo tiempo, ocupar sistemáticamente lugares desde los cuales los otros terminan necesitándolo. No se trata simplemente de señalar una contradicción ni de concluir que “en el fondo quiere eso”. Se trata de preguntarse qué función adquiere esa posición y qué permite ordenar.
En ese sentido, la repetición no es únicamente la reproducción de un error. Puede ser también una manera de dar consistencia a una escena.
Por eso, desde la clínica, limitarse a explicar por qué determinada conducta resulta perjudicial suele ser insuficiente. Uno puede producir argumentos impecables sobre los daños de una situación sin modificar por ello aquello que la sostiene. La pregunta empieza entonces a desplazarse: no sólo ¿por qué hacés esto?, sino también ¿qué se juega para vos cuando esto ocurre?
¿Qué lugar ocupás en esa escena? ¿Qué esperás del otro? ¿Qué suponés que el otro espera de vos? ¿Qué aparece de tu cuerpo, de tu imagen, de tu palabra? ¿Qué se mantiene constante incluso cuando cambian los personajes y las circunstancias?
Esto no implica buscar un sentido secreto y definitivo detrás de cada repetición, como si existiera una explicación última capaz de resolverla de una vez y para siempre. Más bien se trata de poder reconstruir sus condiciones: cómo se arma determinada escena, qué discursos la atraviesan, qué identificaciones la sostienen y qué lugar adopta alguien dentro de ella.
Aquí aparece otra distinción útil: no escuchar solamente qué dice alguien, sino también desde dónde lo dice.
Una persona puede afirmar: “Siempre termino con personas que no me valoran”. Podríamos detenernos únicamente en el contenido e intentar ayudarla a identificar mejor a quién elegir. Pero también podemos escuchar qué posición se construye allí alrededor del valor, del reconocimiento y de la mirada del otro. Quizás cambien las personas y, sin embargo, algo de esa escena continúe intacto.
Advertir esa posición no garantiza mágicamente dejar de repetir. Pero puede introducir una diferencia decisiva: aquello que hasta entonces parecía simplemente venir de afuera comienza a mostrar su montaje.
Y, a veces, cuando una escena empieza a mostrar cómo está hecha, pierde algo de su evidencia y de su fascinación.Quizás allí aparezca una posibilidad distinta: no la de haber aprendido finalmente “la lección”, sino la de ya no estar obligado a responder siempre desde el mismo lugar.
*Por: Lic. en Psicología Santiago Duarte



