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jueves, septiembre 24, 2026

Las internas coloradas en modo quinceañera

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La política paraguaya parece asistir a una inesperada deconstrucción de la masculinidad: el hombre público ya no oculta sus heridas ni sus celos, sino que los expone mediante indirectas en redes sociales, frases enigmáticas y mensajes con destinatarios evidentes. El viejo gesto de golpear la mesa empieza a ser reemplazado por los puntos suspensivos y la espera atenta de quién se da por aludido.

César Sosa recibió de Bachi Núñez y Beto Ovelar un recordatorio poco amable: acaba de llegar a “Primera División” y una cosa es llegar y otra mantenerse. Beto, además, sacó a relucir sus treinta años de carrera política. ¿Qué hizo entonces el presidente del Consejo de Gobernadores? Lo que manda nuestro tiempo: no llamó a ninguno de los dos, no les contestó directamente y tampoco armó una conferencia de prensa. Subió una indirecta. “No es necesario pelearse con quien presume de experiencia en política…”, escribió, sin mencionar destinatario. Una pieza perfecta del género. La interna de Honor Colorado ha ingresado así en una fase hasta ahora poco explorada por la ciencia política paraguaya: la quinceañera enojada que sube un estado para que lo vea una persona y después asegura que no se refería a nadie.

Y el caso de César apenas ofrece una fotografía especialmente nítida de algo más amplio. Esta interna está llena de reclamos afectivos: quién recibe atención, quién quedó desplazado, quién merece reconocimiento, quién llegó demasiado rápido, quién tiene más antigüedad, quién es realmente cercano a quién. Bachi llegó a decir que dentro de Honor Colorado ya se están “arañando”, palabra que, para ser justos, describe bastante mejor el clima que cualquier análisis de coyuntura. De repente, la definición de una chapa presidencial empieza a parecerse a un grupo de amigas después de un cumpleaños, cuando alguien descubre por Instagram que hubo una previa a la que no fue invitado. Todos aseguran que “no pasa nada”, pero llevan una semana explicando qué ocurrió, por qué ocurrió, quién dio el primer paso y quién debería pedir disculpas.

Quizás estemos asistiendo a una transformación profunda de la masculinidad política. Durante generaciones se esperaba del hombre público que ocultara sus heridas, disimulara los celos y resolviera sus diferencias entre cuatro paredes; ahora el dirigente contemporáneo se permite sentir, necesita ser valorado, quiere que sepan cuándo algo le dolió y, sobre todo, descubrió esa maravillosa tecnología emocional que durante mucho tiempo el imaginario popular asoció al desamor de una dama: la frase enigmática publicada con destinatario conocido y autor oficialmente sorprendido de que alguien se haya dado por aludido. Un día tendremos que agradecerle a la política paraguaya su contribución a la deconstrucción masculina: el hombre fuerte ya no necesita golpear la mesa, puede poner tres puntos suspensivos y esperar mirando la lista de visualizaciones.

“Estoy en paz” significa que alguien está furioso, “el tiempo pone todo en su lugar” anuncia que alguien quisiera poner personalmente a otro en su lugar, “no necesito demostrarle nada a nadie” suele inaugurar una demostración de siete publicaciones consecutivas y, cuando aparece “cada uno sabe lo que hizo”, ya no estamos ante una diferencia política sino frente a una emergencia sentimental. La prensa, naturalmente, tendrá que actualizar sus métodos: “Senador, ¿vio el estado completo?”, “Gobernador, ¿lo tiene todavía entre sus mejores amigos?”, “Diputado, ¿es cierto que dejó de seguirlo pero todavía mira sus historias?”. Falta apenas la captura de pantalla acompañada por el solemne “yo no iba a mostrar esto, pero me cansé”.

Difícilmente Maquiavelo hubiera sabido desenvolverse en semejante ambiente. Entendía bastante bien la ambición, las alianzas y la traición, pero jamás tuvo que preguntarse por qué Lorenzo de Médici le dejó en visto. Aquí la disputa sigue siendo por poder, candidaturas y espacios; simplemente adquirió los recursos expresivos de una crisis amorosa. Así llegamos a la política del siglo XXI: hombres con poder, cargos, choferes y equipos enteros de colaboradores pendientes de indirectas. La vieja masculinidad quizá no sobrevivió, pero las internas coloradas nunca fueron tan entretenidas.

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