Mañana Paraguay elegirá intendentes en 263 distritos, pero sería ingenuo pensar que todas las miradas estarán repartidas por igual. El verdadero centro político estará en Asunción, porque allí se ponen a prueba dos tesis que vienen ocupando la discusión nacional desde hace años. Por un lado, aquella según la cual la oposición solamente necesita ponerse de acuerdo para derrotar al Partido Colorado; por el otro, la capacidad de la ANR de conservar electoralmente un territorio incluso después del desgaste producido por una administración propia severamente cuestionada.
Soledad Núñez llega respaldada por prácticamente toda la oposición, mientras Camilo Pérez encabeza la Lista 1 después de haber irrumpido desde fuera de la política tradicional y ganado con amplitud las internas coloradas.
Una victoria opositora tendría, por eso, una lectura inevitablemente nacional. Asunción sería la demostración concreta de que la unidad puede resolver uno de los grandes problemas históricos de la oposición paraguaya: la fragmentación. Después de tantas elecciones explicadas por candidaturas superpuestas, resentimientos internos y votos divididos, ganar la capital con una candidatura común ofrecería un antecedente que sus dirigentes naturalmente intentarían proyectar hacia 2028. No significaría que una fórmula semejante pueda trasladarse mecánicamente a una elección presidencial, porque son electorados, liderazgos y circunstancias diferentes, pero sí demostraría que la unidad opositora puede dejar de ser una consigna y convertirse en una experiencia electoral exitosa.
Una derrota, en cambio, abriría preguntas bastante más incómodas. Porque pocas veces la oposición llegará a una elección asuncena con condiciones semejantes: una candidatura ampliamente unificada y una ANR obligada a defender la Municipalidad después de la gestión de Óscar “Nenecho” Rodríguez, que terminó anticipadamente luego de la intervención de la comuna y en medio de graves cuestionamientos sobre el manejo de los recursos municipales. Si aun en esas condiciones la oposición no consigue ganar, el debate posterior ya no podrá reducirse simplemente a reclamar mayor unidad, porque esta vez la unidad existe. Tendrá que preguntarse qué ofrece, qué representa y, sobre todo, por qué una parte importante del electorado continúa sin reconocerse en ella.
Del otro lado aparece una cuestión igualmente significativa. Si la ANR conserva Asunción, resultará difícil explicar el resultado solamente por la estructura partidaria. Camilo Pérez tiene una particularidad que altera esa lectura, porque buena parte de su trayectoria se construyó fuera de la política profesional, principalmente como empresario y dirigente deportivo, antes de ingresar a disputar el poder municipal. Su candidatura combina entonces dos elementos que a primera vista parecen contradictorios: la enorme maquinaria territorial de un partido tradicional y una figura cuya legitimidad inicial no provino de esa misma maquinaria. Si esa combinación funciona electoralmente, el coloradismo encontrará allí una experiencia que difícilmente dejará de observar hacia adelante.
Y allí aparece inevitablemente 2028. Una elección municipal no determina una elección presidencial y convertir automáticamente al ganador de Asunción en una figura nacional sería apresurado. Dicho esto, tampoco puede ignorarse lo que representa políticamente administrar la capital. Si Pérez gana después de la experiencia de Nenecho, su resultado podrá ser leído dentro de la ANR como una demostración de que el partido todavía puede renovar figuras sin renunciar a su estructura, incorporando dirigentes provenientes de otros ámbitos, sometiéndolos a una interna y movilizando detrás de ellos a toda su organización. Para la oposición, una derrota significaría enfrentarse a un problema diferente al que viene diagnosticando desde hace años: quizás ya no alcance con sumar partidos si esa suma no consigue construir una identidad política suficientemente potente.
Por eso mañana Asunción elegirá un intendente, pero producirá al mismo tiempo una información política bastante mayor. Si gana la oposición, la unidad tendrá una prueba concreta para exhibir frente a 2028; si pierde, deberá revisar una explicación que durante años atribuyó buena parte de sus derrotas a la dispersión. Si gana la ANR, después del enorme desgaste de su anterior administración municipal, el resultado mostrará la persistencia de su capacidad electoral y, además, la posibilidad de una combinación distinta entre estructura partidaria y figuras provenientes de fuera de la política profesional. Ninguno de esos resultados decidirá lo que ocurrirá dentro de dos años, pero cualquiera de ellos cambiará las preguntas con las que oficialismo y oposición comenzarán a pensar el 2028.



