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jueves, octubre 15, 2026

El liberalismo de Natalicio González

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El uruguayo Juan de Ibarburu nos habla de un tema pocas veces mencionado: los aspectos del liberalismo existentes en el pensamiento del célebre intelectual colorado Natalicio González.

 

Últimamente se está hablando mucho del filósofo «colorado» y ex presidente de la República del Paraguay en 1948 – 1949, don Juan Natividad González Paredes, más conocido por su «nom de plume», Natalicio González. No es de extrañarse, pues este autor tal vez haya sido el más brillante de los intelectuales paraguayos en el siglo XX.

Pero, como suele suceder en este maravilloso país en el que vivo hace más de 30 años, la gran mayoría de los críticos a la obra de Natalicio González, verdaderamente, nunca lo leyeron, y si es que lo hicieron, no quisieron comprenderlo a cabalidad.

Me propuse revisar al pensamiento de Natalicio González con mayor profundidad, mirarlo con más detenimiento y mostrar por este medio, aun si fuera en un pequeño artículo periodístico, que el citado filósofo colorado, más actual que nunca, combinaba en su obra a muchos aspectos del liberalismo para sorpresa de sus acérrimos críticos, que mucho hablan de él, pero poco le conocieron.

Don Natalicio es un hijo de su espacio y tiempo. El Paraguay de la primera mitad del siglo XX, su lugar y época, todavía estaba en proceso de reconstruirse a sí mismo y de encontrar a sus perfiles característicos, soterrados por siglos de falseamiento histórico. En todo esto, González no estuvo solo pues contó con el apoyo de antecesores que apuntalaron a sus ideas y lo condujeron por el camino del nacionalismo reconstructor de la identidad paraguaya: Blas Garay, Ignacio A. Pane, Manuel Domínguez y, especialmente, Juan E. O’Leary (otro incomprendido de la historia paraguaya).

En el conocido libro «El Estado Servidor del Hombre Libre» de don Natalicio, que lo escribió en una etapa en una etapa madura o tardía de su producción bibliográfica, se plantea la necesidad de crear una «democracia» que surge desde el pueblo o desde la nación para conformar a un nuevo Estado, y no viceversa. Allí, González toma como modelo a la poli ateniense, con Pericles y Demóstenes como los grandes líderes que encarnan al sentimiento de la nación griega, los «filósofos geniales que conducen a su pueblo hacia altas metas espirituales, lo mismo en la paz que en la guerra».

No obstante, el intelectual colorado llega a afirmar en un punto de la misma obra que, en el modelo de Atenas, «la soberanía reside en el pueblo y cada ciudadano retiene una fracción de ella», lo cual es un eco del «Contrato Social» del ginebrino Juan Jacobo Rousseau. Yo no me atrevería a hacer semejante parangón, me parece que la Antigua Grecia dista un mundo entero del pensamiento revolucionario de Rousseau; pero lo importante aquí es que Natalicio González se aferra a una concepción de la «soberanía» que es más propia del «liberalismo ideológico»: el «pueblo» como «forjador» de su «propia soberanía», independientemente a leyes, instituciones o gobernantes anteriores al mismo.

Lo simpático es que los liberales, clásicos o modernos, siempre reniegan del hecho de que la idea de los «soviets» ya estaba configurada en los libros de John Locke sobre «El Gobierno Civil» y en el ya mencionado «Contrato Social» de Juan Jacobo Rousseau.

González continúa diciendo que, según su interpretación, los Atenienses ejercían una especie de «democracia integral, de primer grado», en la que el ciudadano «interviene en un plebiscito casi cotidiano, y hace sentir directamente la voluntad de las decisiones del Estado», aseveración que nos muestra la fe que tenía don Natalicio a las ideologías y filosofías del «liberalismo clásico». Por mi parte, creo que los «tiranos» de la Antigua Grecia querrían tomar la palabra y contestarle, diciéndole algo así como que Draco y Solón, que inspiraron al sabio Platón, no pensaban que la plebe podía estar dando su voto diario a las decisiones de los gobernantes. Pero ¿quién soy yo para cuestionar al genial Natalicio González?

El gran pensador colorado insiste en su idea de que el ciudadano «ejerce la soberanía mediante la técnica del voto libre», y en esa convicción, se acerca muchísimo al pensamiento de un liberal recalcitrante como el austríaco Ludwig von Mises, quien afirmaba que la democracia, en política, no era otra cosa sino la aplicación de las leyes del libre mercado: «el consumidor, mediante sus compras y su abstención a comprar, decide quién debe poseer la propiedad», y vista la cosa de este modo, surge como corolario que la «democracia integral» de Natalicio González termina siendo un «sufragio mercantilizado de compra y venta de candidatos eventuales».

De esta manera, vemos que Natalicio González no era el «cuasi fascista» ni el «cuasi totalitario» que sus adversarios ideológicos, que nunca le leyeron bien, afirman que fue.

Además, recordemos de nuevo al contexto ideológico de esos tiempos. Don Natalicio vivió en pleno auge de la denominada «Guerra Fría» y toda Latinoamérica estaba muy atravesada por el clima «americanista» que entonces pisaba muy fuerte en el continente. Los pensadores como González, casi sin excepción, prefirieron alinearse, por variopintos motivos, a la corriente estadounidense para ponerse en contra de la Unión Soviética.

Véase lo siguiente, que proviene del libro «El Estado Servidor del Hombre Libre», ya citado:

«La libertad no es un don amable de la naturaleza; es una creación lúcida e intencionada de la voluntad humana […]. El individuo aislado, átomo refractario que no se mueve por la ley de afinidad sino por espíritu egocentrista, no llega nunca a participar en el acto creador de la libertad, porque ella es un producto del esfuerzo colectivo, un milagro espiritual de la solidaridad social».

Por una parte, el célebre pensador muestra su oposición al individualismo «egocentrista», en lo que se percibe una fuerte influencia del británico Tomás Hobbes, especialmente en la manera en que describe al asunto. Por la otra, y por el mismo motivo que en lo que ya se vio con anterioridad, el filósofo paraguayo declara que la libertad es una «creación lúcida e intencionada de la voluntad humana… producto del esfuerzo colectivo». Aquí relucen, de nuevo, las influencias de Rousseau y sus precursores desde el liberalismo inglés en el pensamiento de Don Natalicio. Otros autores, por la preponderancia que el pensador paraguayo daba al aspecto de la voluntad y el esfuerzo colectivo, dirían que también se perciben allí elementos del «idealismo» y del «voluntarismo» germánico, alimentado por filósofos como Herder, Schopenhauer, Hegel y Nietzsche, quienes, en mayor o menor medida, proclamaban que la autoridad política emana de una voluntad popular y soberana.

La combinación de «liberalismo» y «voluntarismo» es el caldo de cultivo perfecto para el surgimiento de las formas modernas del pensamiento liberal, eso que los jóvenes hoy llaman «libertarianismo».

Ahora, no me malinterpreten. No estoy diciendo que Natalicio González fuera un liberal, precursor de los «libertarios» que están de moda hoy entre la juventud descarriada.

Lo que sí digo, es que mucho de su pensamiento estaba alimentado por categorías o conceptos propios del «liberalismo», que era la ideología predominante en su época, y que, en el Paraguay, desde la muerte del mariscal don Francisco Solano López, la filosofía liberal nunca fue severamente contestada porque un hombre genial como Natalicio González terminó incorporando, no rechazando, a importantes aspectos del liberalismo en su propia doctrina.

Tal vez no exista mayor prueba de lo que afirmo en el párrafo anterior que la apología realizada por Natalicio González al «discurso de Gettysburg», dado por el presidente de EE. UU., Abraham Lincoln, el 19 de noviembre de 1863. Del libro «El Estado Servidor del Hombre Libre», se extrae:

«En el camposanto consagrado de Gettysburg a los que allí cayeron cuatro meses antes, Abrahan Lincoln enalteció a quienes “dieron sus vidas para que pueda vivir la nación” (…). La breve arenga termina en la fórmula precisa de la nueva democracia: “Debemos quedar comprometidos a que la muerte de los que aquí cayeron no sea vana: a que esta nación, con la ayuda de Dios, renazca para la libertad, y a que no desaparezca de la tierra el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” (…). La sociedad democrática quedó definida para siempre, en esos dos breves instantes, en que un aristócrata de Atenas y un leñador de Springfield, ambos erigidos en jefes de pueblos, precisaron sus fundamentos».

Aquí se cierra el círculo. ¿Podía Ud. creer, estimado lector, que Natalicio González sería tan admirador de la democracia al estilo liberal y estadounidense?

Bueno, como ya dije, lo que hizo don Natalicio es incorporar aspectos del liberalismo dentro de su propia doctrina. Los que nos tomamos el tiempo de leerle, lo sabemos perfectamente. Son sus habituales acusadores quienes, por lo visto, jamás dedicaron su tiempo a profundizar en las doctrinas que el célebre caudillo colorado defendía.

De igual manera, este humilde y no tan humilde uruguayo se atreve a decir que «El Estado Servidor del Hombre Libre» no es el mejor ni el más representativo de los libros que escribió don Natalicio González. Su faceta más límpida, más cautivante y rotunda, aparece en una obra más prosaica, más sencilla y directa pero que, al mismo tiempo, es mucho más penetrante y consistente: «El Paraguay Eterno». Tal vez escriba sobre esto más adelante.

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