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viernes, marzo 6, 2026

El Natalicio de Frankl

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Paranaländer transcribe varios pasajes del ensayo -de una claridad expositiva magistral- que le dedica el filósofo austriaco Viktor Frankl a la obra filosófico-histórica de Natalicio González.

 

«La filosofía de la historia en la obra de J. Natalicio González» apareció en la revista Guarania n°3 marzo-abril del año 1948, obra del neurólogo, psiquiatra y filósofo austriaco Viktor Frankl (1905-1997).

El texto tiene una claridad de conceptos y un desplazamiento tan natural de los entresijos del pensamiento del filósofo-gobernante paraguayo Natalicio González, que temo esta columna será una mera reapropiación selectiva y fragmentaria de muchos párrafos del magistral ensayo de Frankl.

Paraguay tiene para el neo-romántico Natalicio un arquetipo que es antiliberal y anti-individualista por naturaleza» (En: «El Paraguay Eterno», 1935, р. 75). Hay que conservarlo con un nuevo solidarismo. Sus enemigos J. Natalicio González los caracteriza como «valores coloniales» que carecen de toda conexión con la tierra que invaden» (Proceso y Formación…, p. 15). También la Constitución exótica que organiza un Estado esencialmente antiparaguayo» (El Paraguay Eterno, p. 9), sea la Constitución liberal-individualista de 1870 o la Constitución fascista de 1940.

Invirtiendo los conceptos «Barbarie y Civilización» de Sarmiento, de los cuales el primero significa para el estadista argentino precisamente lo autóctono, y el segundo lo europeo. El historiador-filósofo paraguayo caracteriza a «los servidores de una cultura autóctona como los verdaderos amigos de la Civilización», y a los europeizantes, como «bárbaros» (El Paraguay Eterno, p. 910).

Invierte al (per)vertido de Sarmiento. Pues pone de pie again al mundo al revés.

La concepción goetheana de que hemos partido y que forma, sin duda, el fundamento del andamiaje filosófico de la obra del historiador paraguayo -o sea la distinción entre dos tipos de ciencias, uno dirigido a los detalles individuales del mundo empírico y otro orientado a la visión de las formas generales originarias, y la distinción correspondiente entre dos tipos de hombres, el uno dedicado a hurgar en la corteza de las cosas, el otro a buscar la esencia filosófica de las mismas-, representa un fruto del movimiento romántico alemán al que rindió tributo el anciano príncipe de los poetas desde el comienzo del siglo XIX.

La Filosofía social del Romanticismo -que es lo que nos interesa en el contexto de nuestra investigaciónante todo organicista y espiritualista: ella reconoce las agrupaciones humanas, Naciones y Estados, como entes orgánicos, grandes individuos y personas morales, que evolucionan a partir de un germen espiritual que representa -para usar un concepto aristotélico- su «entelequia», o sea, la forma creativa intrínseca del organismo, el agente espiritual de su evolución que lo encamina a su perfección. El concepto platónico-goetheano del «Arquetipo» -que encontramos en la obra de J. Natalicio González para significar a la vez el germen social y el tipo ideal del hombre paraguayo- no fue aplicado durante la primera época del Romanticismo (o sea en la primera treintena del siglo pasado) a objetos históricos, Naciones o Estados, sino solamente al reino natural y, de vez en cuando, a objetos del arte.

Aquellos pensadores llaman a este elemento seminal «Alma o Espíritu Nacional», «Espíritu Popular», etc., comprendiéndolo como «una entidad real, de naturaleza psíquicа, aunque inconsciente y misteriosa, que, si bien no podemos conocer por experiencia directa, se nos hace ostensible en sus productos culturales: en el idioma, en el Derecho consuetudinario, en las tradiciones y leyendas, en el arte popular, en los mitos, etc.».

La única función admisible que puede cumplir la ley es la de traducir fielmente aquello que ya se había manifestado antes como costumbre…

En este aspecto, la Escuela Histórica del Derecho está animada por el propósito de oponerse terminantemente a la Revolución Francesa. Esta representa la expresión del jusnaturalismo ideal, de la fe en los principios de la razón (abstracta). Frente a todo ello, el Romanticismo jurídico de Savigny defiende la continuidad histórica y la tradición… cree que el Derecho se desenvuelve y progresa en un proceso sin esfuerzo y sin dolor… como la hierba… mediante un crecimiento orgánico».

La consecuencia de estas concepciones para el juicio valorativo es la fundamentación de un dualismo radical: por un lado, lo positivo que consiste en lo «auténtico», lo arraigado, lo orgánicamente desarrollado, la obra inconsciente de la comunidad, por el otro lo negativo que es lo impuesto desde afuera, lo extraño, o lo construido artificialmente por la voluntad arbitraria de un individuo desarraigado.

El reflejo fiel de estas concepciones savignianas lo hallaremos en la obra de J. Natalicio González.

La Historia aparece en la concepción del gran geógrafo romántico Carlos Ritter -como ya antes en la obra de Herder, «Ideas para una Filosofía de la Historia de la Humanidad»-, como subordinada a la Geografía; la situación geográfica de un territorio forma y da su sello característico a la nación que lo habita y determina su evolución histórica.

El andamiaje estructural de la obra histórica de J. Natalicio González se deriva de la filosofía de la Historia y de la Sociedad, elaborada por el Romanticismo alemán en el primer tercio del siglo pasado, y ante todo del «Romanticismo jurídico» de la llamada «Escuela Histórica del Derecho», fundada por Federico Carlos von Savigny (1779-1861), cuya obra sobre «La vocación de nuestro tiempo para Legislación y Ciencia Jurídica» (1814) resuena fuertemente en muchos pasajes importantes de la obra del paraguayo. Las concepciones básicas de la visión histórica de J. Natalicio González, la interpretación de la evolución nacional como despliegue orgánico de un «Arquetipo», o sea de una forma creadora de vida de carácter único e individual y de un estilo original de la sociabilidad humana, y la afirmación apasionada de la necesidad de defender inexorablemente la dirección rectilínea y autónoma de esta evolución frente a posibles influencias desviadoras desde afuera o desde adentro, son genuinamente románticas (esto sea dicho sin menoscabo del hecho de que el dinamismo dramático de esta defensa, que tanto impresiona en la obra de J. Natalicio González, es ajeno a la actitud quietista de los Románticos y especialmente de Savigny, quienes mantienen frente a los seudovalores culturales intrusos más bien una posición de resistencia pasiva, en correspondencia con su ideal de un devenir lento y silencioso, comparable al crecimiento de una planta, del ser nacional).

Las leyes «en el mundo físico como en lo social, no son construcciones arbitrarias de la mente humana, sino deducciones de reglas preexistentes en la realidad y en la vida. La ley no se inventa ni se impone; se la deduce. No crea hábitos; se limita a consagrarlas en fórmulas claras para evitar su degeneración».

Para Frankl no hay un puente que una el romanticismo alemán con el nazismo, al contrario de lo que piensan muchos como por ej. Habermas:

«Anotemos, de paso, para quienes quieren construir o descubrir un puente que conduzca de los Ro- mánticos alemanes al Nacionalsocialismo (7), que la concepción romántica de la función del legislador y de gobernante en general, con su estrecha limitación al papel del observador y servidor del desarrollo orgánico de la nación, es precisamente lo opuesto a la concepción totalitaria de la función del Estado que comprende la omnipotencia y el absolutismo de la arbitrariedad del poder ejecutivo».

«La lucha entre Paraguayos y Gubernistas, reside en la contradicción cada vez más violenta que se advierte entre la constitución escrita y la constitución efectiva de la Nación Paraguaya» dice J. Natalicio González en su obra «El Paraguay Eterno» que data de 1935. Con relación a la situación hispanoamericana en general que denota hasta el presente una profunda discrepancia entre Estado y Pueblo, Ley y Costumbre, Letra y Espíritu, porque Estado y Ley llegaron al mundo americano de afuera en vez de crecer de sus propias entrañas, afirma el paraguayo, usando conceptos savignianos: «El Derecho que nace como hijo legítimo de las instituciones importadas, debe ser substituido en América por el Derecho que extrae sus postulados de la constitución efectiva de nuestros pueblos, para articular en leyes de origen positivo, no de origen literario, nuestro común ideal de justicia, nuestra concepción de la libertad, nuestros anhelos de solidaridad social. Únicamente si se decide a frecuentar este camino, América realizará su destino, hará feliz a sus masas desheredadas y dará nacimiento a un nuevo tipo de Cultura» (Proceso y Formación…, p. 70).

Otros influjos sobre el pensamiento de Natalicio, los neo-románticos del siglo XX como Werner Sombart y Spengler.

Y por la llamada «Geopolítica» actual (Rodolfo Kjellén, Carlos Haushofer, etc.), que representa un retoño auténtico del organicismo romántico.

«Resumimos: sin poder individualizar en cada caso la fuente de que deriva un concepto o una expresión en la obra de J. Natalicio González -lo que parece imposible ya a razón del vigor extraordinario de su pensamiento que funde todo lo adquirido por medio de una amplísima formación cultural en una nueva poderosa unidad-, nos es dable afirmar que la obra del gran intelectual paraguayo forma una expresión insigne de la corriente antipositivista, antimaterialista y antiindividualista de la actualidad, que fundó, usando y renovando la ideología del Romanticismo, una nueva ciencia de la cultura de orientación espiritualista y una nueva política de orientación solidarista; la verdadera trascendencia de la obra se sabrá apreciar recordando que la misma representa el resultado de la primera aplicación de la ideología y del método histórico-filosófico del Neoromanticismo a un tema enteramente nuevo, a saber a la Historia de una Nación hispanoamericana, para lo cual no hay ningún precedente, representando, por esto, la obra de J. Natalicio González casi una creación de la nada».

Diferencia que Frankl encuentra entre los románticos y Natalicio:

«En efecto, toda la política de J. Natalicio González fluye con lógica férrea de su visión fundamental del «Arquetipo» paraguayo: su lucha contra los seudo-valores «coloniales» y contra la «Barbarie extranjerizante»; contra el Liberalismo y contra la Constitución liberal-individualista de 1870; contra el fascismo febrerista y el totalitarismo de la Constitución de 1940; el programa del «Estado servidor del hombre libre» y el gran símbolo del «Pynandi», que es, en su esencia, el Arquetipo resucitado del «agricultor-soldado», germen de la Nación paraguaya».

La excepcionalidad del caso de Natalicio como auténtico pensador nacional (paraguayo) al modo que fue vislumbrado por Alberdi:

«Pero no hay ningún pensador hispanoamericano (si se exceptúa algunos comienzos y principios en obras como: «La Raza cósmica» e «Indología» por Vasconcelos, «Discursos a la Nación Mexicana’ por Antonio Caso y «El perfil del hombre y la cultura en México» por Samuel Ramos) que haya realizado el postulado de crear una verdadera «Filosofía de la Nación» a que pertenece, con excepción de uno: solamente la obra de J. Natalicio González -que abarca a la vez filosofía, historia y sociología en mutua compenetración- corresponde al ideal de Alberdi y de Korn. El Paraguay es el único país hispanoamericano que posee -en la obra de J. Natalicio González-, una auténtica Filosofía de su historia, una interpretación científica del sentido de su existencia como Nación, de su destino y de la dirección de su camino evolutivo; y con esto, también, un fundamento firme de toda política y de toda educación nacional».

Concluye con una cita de Platón:

«A menos que los filósofos se hagan gobernantes o los gobernantes se ocupen seriamente de la filosofía, o que los meros políticos sean obligados a retirarse por completo, no habrá ningún término para la desgracia de las naciones, ni para la de la humanidad entera».

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